La intensa mirada masculina

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Columna publicada en EL ESPECTADOR
Vanessa Rosales

 

La mirada de los otros siempre opera en el acto de vestirnos. Después de todo, vestirse es hacer un “performance” –estilizado o no– para aparecer ante los demás.

Leí que el cerebro de los hombres está diseñado para tener un enfoque singular. Es decir, éste sólo puede enfocarse en una cosa a la vez. Esto revela que, en su capacidad de concentración, los hombres son unidireccionales. ¡Ajá! Dicha cualidad permitiría comprender mejor por qué miran de manera tan punzante a las mujeres que les resultan atractivas.

Estudios y comentarios coloquiales confirman que los varones no logran disimular su interés visual en una mujer que les resulte llamativa. Al parecer, todo ello se debe a una constitución cerebral.

Y aunque, sin duda, hay aspectos en el acto de mirar que están anclados en la biología, hay mucho en mirar que también ha sido construido. Y lo que es más interesante aún: hay mucho en la manera de mirar que es, en realidad, una extensión de todo aquello que se considera auténticamente “viril”.

“Ser varón” implica mirar al cuerpo y el vestir femenino como una cosa que puede –o no– ser consumida. Los hombres aprenden que es “viril” mirar a las mujeres con una lujuria que muchas veces no es bienvenida (no se reporta la primera mujer que esté dispuesta a abrirle el corazón –o los muslos– al macho criollo desconocido que le lanza una mirada lasciva).

Pero a los hombres se les enseña a mirar a las mujeres desde una extraña e irreconciliable contrariedad: criatura mundana o virginal. Por su lado, las mujeres aprenden a verse a sí mismas desde esa misma dicotomía. Se les enseña que sean objetos de deseo para la mirada masculina, pero se les prohíbe tajantemente que ellas sean seres sexuales en sí.

Todo esto termina evidenciado en el terreno del vestir. La mirada de los otros siempre opera en el acto de vestirnos. (Después de todo, vestirse es hacer un performance –estilizado o no– para aparecer ante los demás).

Existe sobre esto toda una gama de perspectivas que han manifestado que la mujer es el objeto que se deja mirar, mientras que el observador activo es el masculino. En ese orden, las mujeres han aprendido a verse a sí mismas de una manera también masculina. Por eso el acto de mirar nos habla también sobre esas dependencias que se forjan en contextos donde la gran realización para una mujer es obtener el reconocimiento masculino.

La moda, por ejemplo, se ha ido liberando –en teoría– de esa complacencia a la mirada varonil. El ideal actual celebra la mezcla y la contrariedad –elementos que no despiertan sino la confusión del varón, entrenado para surcar cuerpos y no hembras vestidas–.

Las mujeres que siguen la moda no necesariamente buscan crear una visión compatible con lo que despierta el deseo del varón. (Y sin embargo, incluso las mujeres más vanguardistas pueden, en algunos casos, estilizarse a sí mismas pensando en el varón heterosexual que es objeto de su conquista).

Ahora, la mirada masculina no parece haber evolucionado al mismo ritmo. ¿Se dan cuenta de cómo la forma en que el varón mira es una extensión de esa virilidad donde la mujer es una cosa y no un par?

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