Vestir la Vida: Diario de un lenguaje exquisito

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En el paisaje colombiano, Silvia Tcherassi no requiere mucha introducción. Su nombre evoca moda desde hace más de veinte años, antes de que se instalara el boom que actualmente salpica al país. Pero lo cierto es que más que moda, Silvia es la creadora de un estilo, un lenguaje distintivo, siempre reconocible, impregnado de estética contemporánea y alentado por la elegancia atemporal del Caribe. Un estilo que, además, se extiende a su vida íntima, a la mesa y a los espacios que inventa y habita. Historia visual de una visita y una cena con una mujer cuyo sello es el don de imprimir exquisitez en cada aspecto del vivir.

 

Vanessa Rosales

Miami

Fotos: Juan Dávila para www.2waycreative.com

 

Cargado de mitos y matices, el mundo del estilo suele remitirnos a ideas que en discusiones íntimas, en frases populares y en reflexiones tanto públicas como personales, se repiten. Una de ellas es que el estilo real es extensivo – es decir, que si bien tiene un foco fundamental en el vestir, éste se esparce, deja rastros y cobra vida en todos los aspectos vitales de quien lo posee.

Un mito es la combinación perfecta entre realidad aumentada y hechos fidedignos. El mito del estilo personal suele conducir a la idea de que éste es, por excelencia, un discurso vital, un lenguaje que es palpable en las expresiones más diversas del vivir, en la cotidianidad, en los performances sociales, en la vida íntima, en las atmósferas, en la sensibilidad y en la manera de materializar las percepciones que tiene aquel individuo.

En un mundo de moda saturado por símbolos vacíos, a veces confundimos estilo con vestir trendy o incluso con poder adquisitivo. Pero el aspecto real de ese mito nos revela, con frecuencia, un hecho: que quien posee el don del estilo suele ser una persona hábil para expresar su discurso en cada componente de su vivir.

Ya lo decía Diana Vreeland cuando aseguraba que había que tener estilo – aquello que ayuda a bajar las escaleras, que impulsa a despertarse por las mañanas; aquello que va mucho más allá de tener mucha ropa y que es, en esencia, una forma de vida.

Silvia Tcherassi evoca, con precisión, las cualidades de este mito. Su visión, que tiene como punto de gravedad la ropa y el vestir es, no obstante, extensiva; es decir, se trata, sobre todo, de la creación de un lenguaje visual. Un estilo se reconoce cuando la presencia de su creador se palpa a través de una impresión inicial.

Los diseños de Silvia, por ejemplo, poseen esa cualidad: siempre son distintivos y reconocibles. Ante ellos, la intuición revela con rapidez que se trata de un Tcherassi. Así lo revela la precisión de las líneas, el sensualismo sutil, los volados depurados, las formas fluidas, la lujosa simplicidad. Ese sello, inmediato, fácil de discernir, es uno de los retos más arduos de materializar como creador en el universo del vestir. Y en un contexto donde todo se parece a todo, donde los puntos de origen de algo son más difíciles de trazar, vale celebrar que un lenguaje retenga su propia espíritu.

Una vitalidad exquisita

De manera similar a Coco Chanel, Silvia es la modelo más eficaz para su estilo. Diseña para su experiencia y biografía, y ella misma da vida constante a los características de su visión. También, en sintonía con Chanel, hay en su lenguaje un hábil modernismo atemporal, una asertividad en lo bellamente simple y un recurso a la elegancia que sabe enfatizar a la mujer detrás del vestido. Pero como inventora de su propio discurso, el de Silvia lleva la particularidad de su procedencia y su feminidad Caribe.

Algunos de sus últimos vestidos tienen la estampa de la veraneras, también llamadas buganvillas. Flores características del atlántico caribeño pero también habituales en ciertas latitudes mediterráneas. Hace un tiempo, sus sobres, llamados Callecitas, llevaban consigo la estampación digital de Cartagena y Barranquilla. Si Silvia se anima a la interpretación a una macrotendencia visible, como el fervor por lo off the shoulder, por ejemplo, lo hace con la gracia de su propia visión, forjando una alquimia, haciendo que la colección se sienta empapada del momento pero sin perder el temperamento que la caracteriza.

Y ese temperamento nunca se desprende de la marca caribeña. Esa parte de su lenguaje recuerda con fuerza que si bien el Caribe es vibración colorida, exuberancia visual, calidez e informalidad, también puede ser la expresión de un lugar marcado por los flujos de la inmigración, las influencias cosmopolitas y esa disposición, como la describe Vera (la madre de Silvia) que florece en los puntos portuarios, donde la presencia del mar crea una apertura y querer explorar terrenos que se anuncian en el horizonte marino. El alma portuaria se abre desde temprano a las posibilidades de lo foráneo y lo cosmopolita.

Se reconoce también que existe una cierta elegancia cultivada en la mujer caribe que combina la calidez de una cultura vivaz, pero que se afirma en la delicadeza y la pasión por lo modernista.

El sello de Silvia se extiende, además, a los otros componentes que ha creado como empresaria de estilo. Vestir la cama, por ejemplo, fabricar lugares de exquisita estadía, esparcir ese sentido de gusto a la estética de sus tiendas y al restaurante que lleva el nombre de su madre en Cartagena de Indias. Todos ellos hacen parte de lo que es públicamente visible.

Pero como es común en el mito del estilo personal, la realidad es que el lenguaje de Silvia también es tangible desde el primer instante en su hábitat más intimo en Miami, en su hogar. Aquí, la limpieza de las formas, la presencia apaciguadora del blanco, los detalles audaces que coronan aquí y allá la armonía pulida se ofrecen ante el visitante en un alto piso, frente a una bahía colmada de veleros adormilados que se observan en el atardecer tardío.

Aquí, la creadora que lleva su biografía en lo privado y lo íntimo, materializa pasiones que no siempre son visibles a la audiencia que públicamente la percibe. La belleza vivificadora de las flores, el preciso equilibrio de una bella mesa vestida. Y en últimas, la habilidad para transferir su perspectiva a los detalles que hacen la vida instancias de belleza, de sustancia, de inspirador sentido.

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