Vestidas para ser esposas

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Algunas reflexiones sobre lo que significa el matrimonio en las vidas y vestimentas de las mujeres de hoy.

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Vanessa Rosales Altamar

En el mundo de las mujeres, la noción de que tarde que temprano llegará el momento de ser esposa siempre parece flotar en el ambiente. Las fábulas infantiles, los filmes, las imaginaciones compartidas, las expectativas comunes, todas siembran, dictan, desde temprano, la importancia de encontrar la salvación, el engranaje para ser una mujer realmente plena: un príncipe, un amor sin deterioro, una maciza y protectora edificación.

En las edades más adultas, el asunto flota no como una mera posibilidad o como algo latente. sino bajo la forma de una especie de apremio, una urgencia que incrementa, una idea que acecha y que imponen la tradición, un eslabón por completarse, (pronto, por favor, que la biología nos estruja con sus efectos, que nuestras contemporáneas se han topado con su contraparte masculina y ya han caído bajo las redes de la procreación).

Ciertamente, las bodas son una intensa preocupación femenina. El mercado dedicado al tema está compuesto en su gruesa mayoría por mujeres. El asunto que gira en torno al vestido tiene amplias expresiones en la cultura popular. Los filmes norteamericanos caricaturizan esa añoranza, que se incuba generalmente en la niña soñadora que al alcanzar la adultez materializa su fantasía personal: celebrar con el hombre apto rodeada por sus afectos escenificando un festín colmado de códigos tradicionales – un vestido color nube, una celebración feliz, un rito que confirma su conquista de mujer triunfadora y plena. Hay ideas populares que bromean con la idea de que el día de la boda es un día realmente designado para los antojos y las voluntades de la mujer.

En la actualidad hay programas televisivos que ponen a las mujeres como eje de la maquinaria matrimonial – con tramas que gravitan alrededor de la imperiosa elección del vestido. Otros se concentran en narrativas cuya médula consiste en retratar las vidas de mujeres que se identifican y que sobresalen por ser esposa de alguien célebre o llamativo.

En el ventanal inagotable que son las redes sociales, abundan las imágenes de mujeres que enseñan sus anillos de compromiso momentos después de haberlos recibido. En una cultura fuertemente motivada por el impulso de compartir a través de imágenes digitales, se ha vuelto frecuente ser testigo de ese acontecimiento tan valorado en el espectro femenino: saberse la elegida para entrar en los albores de un amor cuyo propósito es no terminar jamás. Al lenguaje de los hashtags se ha sumado, además, la tendencia de conjugar los nombres de quienes celebran el rito.

En las instancias más cotidianas, en las amistades femeninas, en los vínculos filiales, se sobreentiende, de modo tácito, que el futuro depara lo mismo para toda mujer. Seguramente, algún día, antes de que alcance cierto umbral biológico, habrá de encontrar al individuo con quien replicar esa promesa cuyo nivel de constancia es altamente atípico en la condición humana: un afecto macizo e imperturbable, hacia una sola persona, durante el resto de la vida.

Novias: imaginaciones sobre lo femenino

Que el matrimonio – como la moda – sea un asunto comúnmente asociado a las mujeres, tiene motivos específicos. Durante siglos, el casamiento era una de las única forma que tenía una mujer para existir a nivel económico y social. Era lo máximo a cual podía aspirar.

En esquemas donde una mujer no debía trabajar, participar, educarse, tener influencia social, desarrollar criterios o ser activa, su rol primordial consistía en aliarse con sabiduría, procurar hijos y garantizar así la existencia del linaje de su marido. Un casamiento era un contrato a través del cual una mujer procuraba su despliegue en el mundo material: un hogar y un estado social digno.

El matrimonio era, además, el único espacio que admitía la activación de la sexualidad femenina. Sólo dentro de sus confines podía una mujer asumir su erotismo. El matrimonio era el único terreno en el cual se admitía que una mujer fuese sexual (y no tanto, por favor, porque en la visión de los hombres, una mujer puede incluso ser madre siendo virgen).

Casarse era la vía obligada para generar lazos – sellar apellidos, unificar castas, cumplir motivaciones políticas, generar mejorías sociales, aspirar a una procreación más evolucionada. Y era una de las únicas maneras de sacudirse un poco del pecado que, según varias religiones, nos condena aparentemente por el simple hecho de ser humanos.

Antes del siglo diecinueve, el amor romántico no era un ingrediente fundamental para el casamiento.

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“Con quién casarse y con quién sucederá – estas dos preguntas definen la existencia de cada mujer, independiente de dónde haya sido criada o qué religión practique o no”, escribe, en las primeras líneas de su libro Solterona: la construcción de una vida propia, Kate Bolick. .

Solterona, para Bolick, no necesariamente implica una mujer sin casar sino una que se maneja y que lleva su vida como un individuo. La individualidad no siempre fue algo permitido a las mujeres. Llevar una vida dictaminada por los propios términos es, en realidad, una novedad en la existencia femenina; algo que se ha visto desde hace apenas unas décadas.

Desde niñas, somos educadas para añorar ser la esposa de alguien. Podemos llegar a evocar, en nuestras soledades femeninas, el posible paradero del hombre con el que habremos de realizar ese gran ritual. De adultas, el tema cobra una proximidad cuando, por ciclos de biología y biografía, quienes nos son familiares inician la secuencia de bodas a las que nos invitan y bebés que nacen de manera serial.

¿Cómo explicar que, a pesar de que las mujeres llevan décadas afirmando que añoran más que belleza física, matrimonio y maternidad, siga siendo tan apremiante que una mujer se case?

¿Cómo explicar que pese al incremento en divorcios que hubo a partir de los setenta (cuando ya empezaban a sentirse los frutos de las liberaciones femeninas), en 2016 siga siendo tan importante la convención del amor eterno?

Muchos entendemos hoy que si los matrimonios antes duraban más, era sí, por amor, pero también porque separarse podía ser una transgresión social. En muchos momentos y lugares, la estructura del asunto hacía que las mujeres no pudieran escaparlo. Al salirse de la coraza matrimonial podían quedar desposeídas, socialmente rechazadas, estigmatizadas, extranjeras en la sociedad que antes las acogía.

Las liberaciones femeninas no sólo causaron oleadas de divorcios porque muchas mujeres encontraron que podían aspirar a mayor autonomía o porque sintieron que añoraban algo más que la casa y la cocina; también trajeron muchas novedades para la experiencia de ser mujer. En 2016, lo que hace unas décadas era revolucionario hoy ha decantado lo suficiente como para ser habitual, natural y cotidiano.

En este punto, no es novedoso que una mujer se debata cómo encajar las opciones que tiene; cómo balancear los roles tradicionales con los nuevos. Aún cuando no es nuevo que el proyecto de ser mujer tenga muchas más capas y dimensiones, también es cierto que, visto dentro de la amplia historia de la humanidad, no deja de ser algo relativamente reciente. Todavía estamos buscando respuestas.

De allí que uno de los constantes temas de la feminidad sea el cómo balancear la actividad con la vocación maternal. Una cuestión que pocas veces concierne a los hombres. Ni en los lugares de trabajo, ni en las visualizaciones personales suele estar presente cómo intervendrán los hijos o la decisión de crear un espacio familiar en las aspiraciones individuales de los hombres.

Al interrogar el tema del matrimonio seguro habrá muchas respuestas destiladas del romanticismo más genuino. Cómo no creer que existe, allá afuera, otra mitad que nos hará plenas. Cómo no idealizar un vestido que nos puede ubicar dentro de la fantasía infantil de la princesa. Cómo no visualizar envejecer junto a un hombre, con quien el amor pueda ser como en los filmes que moldearon nuestras proyecciones y fantasías. Cómo no creer en un amor poderoso que resista al tiempo.

Y sin embargo, esta reflexión no pretende oponerse al matrimonio en sí, se trata de una invitación para las mujeres del presente: a que se cuestionen por qué se quiere, por qué se siente necesario el matrimonio. Por qué, como mujeres, decidimos incluirlo en nuestro proyecto de ser. Por qué lo añoramos, si es que lo añoramos realmente.

¿Qué es casarse? ¿Un ideal impuesto? ¿Un espejo de lo fervorosamente judeo-cristianas que son nuestras concepciones del mundo? ¿Una idea a la que nos aferramos porque es más fuerte la inercia de la convención? ¿Estamos esperando a que, al dar ese paso, llegaremos a estar completos?

Tal vez olvidamos que estamos frente a los inicios del siglo veintiuno y que estamos ante la necesidad de nuevos discursos, nuevas formas que se acoplen a los sacudones que han sucedido para los sexos en las últimas décadas.

¿Qué significa el matrimonio hoy para una mujer? ¿Qué le da en el presente? ¿Qué le permite? ¿Qué representa?

Muchas veces se trata de un deber ser que se ha instaurado con fuerza en nuestro subconsciente. Algo que se nos ha enseñado es casi obligatorio en el acto de ser mujer. En otros casos se trata de la añoranza por sellar la vida junto a otro, multiplicarse, forjar un espacio compartido dentro de un orden aprendido de las tradiciones religiosas. La

Las mujeres ya no precisan del matrimonio para subsistir económicamente o para afianzarse como un ser social. Al mismo tiempo, es bastante común que las mujeres trabajen igual o más que un hombre y que, por ser mujeres, ganen menos. Aún subsiste, en muchos códigos familiares para nosotros, la noción del hombre como el breadwinner,el que pone la comida en la mesa, si bien no literalmente, al menos a nivel simbólico. Que una mujer gane más que un hombre puede ser un sinsabor para códigos masculinos tradicionales. En esos esquemas, el hombre debe proveer para ser varón.

Por supuesto que la convicción rotunda del amor también es un aliciente. (Como puede verse en el reciente filme francés Mon Roi). El deseo de construir un proyecto vital compartido es válido y comprensible. Pero también se puede cuestionar lo que nos parece evidente. Por qué y para qué queremos el matrimonio como mujeres llegando al final de la segunda década de los 00.

También se trata de considerar que, una vez dentro del terreno matrimonial, no dejemos de salpicar nuestra vida de autonomía e individualidad; que la identidad no colapse en la entrega maternal o el rol como pareja. Que no busquemos completarnos a través de ese ritual; que no depositemos en el otro nuestra satisfacción vital. Y eso aplica para ambos sexos: no hay acto más amoroso que el de permitirle al otro una libertad completa. “Estemos solos juntos”, como escribió Leonard Cohen.

Una de las cosas que, además, tal vez subestiman las mujeres es la libertad que nuestra época nos concede. Entonces, ¿abalanzarse sobre el terreno matrimonial porque la biografía convencional así lo indica; crecer, estudiar, trabajar, casarse, procrear? ¿O atrevernos, tal vez, a fabricar nuestro propio discurso de amor?

Últimas anotaciones: sobre la moda

Hay varios temas que conciernen a los significados que se le han asignado al vestido con el que una mujer se convierte en esposa. Blanco es el color de cabecera.

Un color que denota pureza e inocencia en la mujer. Es decir, para casarse, una mujer debe lucir virginal, depurada, libre de las impurezas de su aspecto carnal. Y aunque, esto sea sobre todo cierto más a nivel simbólico, hay algo inquietante al aceptar esos términos. No es que las mujeres de hoy, al casarse de blanco, estén implicando algo en términos de su sexualidad, pero en muchas ocasiones sí aceptan casarse luciendo como princesas, intocadas, con faldas anchas y siluetas que no necesariamente son compatibles con la idea de una mujer moderna.

A pesar de que la moda femenina ha evolucionado de incontables maneras, los códigos de vestimenta matrimonial siguen alentando una estética bastante convencional. Strapless, faldas con cualidad de merengues, exagerados pliegues color algodón, la actuación de princesa virginal y no de mujer sexy. A veces, habrá quienes rompan la norma con delicioso ingenio – una escritora feminista y una editora de moda que se casaron de rojo; una mujer de la moda que escogió un durazno levísimo hecho por una de las diseñadoras colombianas más conspicuas del momento; una ex modelo inglesa que escogió una ensoñadora pieza bohemia con pizcas de rock n roll; una actriz norteamericana que se casó de un rosa espléndido.

Vale la pena recordar, además, que si bien el blanco fue usado por la realeza para sus casamientos, no siempre fue el color habitual. Simplemente porque el blanco era precisamente un color que demostraba poder y posición social; no todo el mundo podía lucir un blanco puro y limpio. Los métodos de limpieza populares no permitían hacer lo que sí era dado a las castas privilegiadas. Las mujeres se casaban de negro, con trajes simples, ceremoniales, a veces incluso con algo que hacía parte de su vestir cotidiano.

La Reina Victoria marcó el hito con el vestido blanco para casarse. Lo hizo, sin embargo, bajo interesantes circunstancias. Primero, por amor, pues son conocidas las reflexiones amorosas que consignaba la reina en su diario sobre su esposo. Segundo, al querer hacer algo diferente – siendo que era ella quien ocuparía el lugar de reina – se dispuso a verse vistosa, un espectáculo imponente. Bello esa demás aprender que lo suyo tenía un significado más: como soberana estaba apoyando la industria de la seda inglesa. Todo su vestido era una afirmación de lo que estaba expresando como nueva reina.

De ella valdría la pena tener en cuenta todo el significado individual que había en el vestido. También es importante considerar que esa silueta, esa blancura, esa exquisitez pomposa, eran todos naturales en ese contexto. Como lo era el formato y los métodos matrimoniales. Tal vez hoy el discurso del vestuario matrimonial pueda, como los discursos del matrimonio también, permitirse nuevas formas.

De cierta manera, los vestidos de novia más convencionales replican el tipo de vestido que se usa para casarse hace más de cien años. De la misma manera, ciertas expectativas y costumbres sobre el matrimonio necesitan un refrescamiento. Al menos preguntarse para qué, por qué y cómo hacerlo de nuestra propia manera.

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