¿Somos nuestras imágenes?

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¿Cuál es el nivel de coincidencia entre esa fabricación estética que concedemos a través de nuestra versión visual y lo que somos, más allá de los filtros que nos presentan como algo para ver? ¿Cuál es la diferencia?
En el mundo digital, las identidades nos llegan como nunca en forma de imagen. Creemos que la imagen ES la identidad de quien la muestra. (La vida de la editora de revista encumbrada; la alegría consumista e inacabable de la bloguera que viste de forma sensacional; los que influencian el mundo actual precisamente a través de estas imágenes, curadas y digitales, a través de las cuales se presentan). Esta idea, del ser como algo sinónimo de la imagen, explotó en un momento particular. Durante largo tiempo, el feminismo rechazó la moda como una prisión limitante para una mujer; muchas de sus corrientes invitaron, por el contrario, a formas “funcionales y naturales” de vestimenta.

Pero las teóricas posmodernistas – ya en los 80 y algunas feministas también – rebatieron estas posiciones, argumentando que la Moda puede ser subversiva, liberadora: rehabilitaron los aspectos positivos de la moda.
Y sin embargo, eso coincidió con un momento en el que la cultura visual comenzó a reducir arte, política y la teatralidad de la vida diaria al juego de las imágenes. Experimentación hedonista con todo tipo de estilos – ideología que dicta que la base es el consumo de ciertos bienes. Y surge allí la figura que nos es muy familiar: el ser como performer (estético). Los símbolos se vuelven lo más importante. Vacíos muchas veces. Nuestra ropa, nuestras imágenes digitales – caemos ante autoridad de esos símbolos, que parecen ser todo, pese a la ausencia de significado palpable.

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