Lecturas maravillosas de 2016

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Estos son algunos libros que leí a ritmo furtivo y en cuyas páginas encontré aquellos hechizos de vivificación que solo concede, para algunos de nosotros, la palabra escrita.

Vanessa Rosales

 

Los últimos meses de este año me encontraron sumida en la apacible cueva de la lectura. El estado inmediato que precedía a esa inmersión – es decir, el lapso solitario en que escribí un primer libro – alentaron que postergara y refrescara los hilos de historia y teoría de la moda y el estilo; hilos que durante un tiempo mantuve como soportes de lectura y navegación. Mi inmersión fue, de ese modo, un retorno y un reencuentro con uno de los terrenos que más surqué como lectora atenta y sumergida en otros tiempos: la literatura.

Esta vez, sin embargo, cerré el campo de navegación y me detuve sobre todo en plumas femeninas. Había escuchado, por supuesto, de Elena Ferrante; sabía que su nombre latía en el radar de las modas literarias. Había atrapado con fugaz desapego en la mirada sus libros en las librerías. La primera en alentarme a leerla fue la maravillosa Amalia Andrade (quien, hace un par de años atrás, me había empujado a que leyera Historia del amor, de Nicole Kraus, un libro que en su momento logró salvarme).

Después, en Medellín, la gran Judith Thurman me urgió explícitamente que leyera a Ferrante; me confesó que tenía interés en escribir sobre ella para The New Yorker y me explicó – en ese momento, el desagradable periodista que puso en evidencia la más probable identidad detrás de la pluma misteriosa no había hecho la revelación indeseada – que al leerla, se sabía, en los huesos, que quien escribía era sin duda una mujer.

El comentario aludía al hecho de que Ferrante, como muchos saben, ha hecho una elección extravagante al el anonimato, declinar entrevistas y retratos en los medios más notables, figurar como personaje público. Es decir, Ferrante ha declinado la vanidad más común de la escritora y el escritor.

Thurman hacía referencia, además, a una de las conjeturas que se ha tejido en torno a Ferrante: la especulación de que quien escribe es de hecho un hombre.

Y sin embargo, leer a Ferrante es constatar que parece existir una verbalización precisa, deslumbrante – donde hay lucidez, oscuridad, lo inconfesable, lo tangible, lo pequeño, lo real – para la psiquis de mujer.

Mucho se ha dicho sobre cómo uno de los atributos en la narrativa de la célebre saga se encuentra en la brutalidad, poética, bella y desencarnada, para retratar lo que puede ser la amistad femenina. Y aunque es cierto que los tejidos que se forman entre Lenú y Lila a lo largo de toda una vida sí constatan que el mundo de Ferrante proviene indudablemente de una mente femenina, no es ese el único componente que corrobora que la pluma de Ferrante es una destilación de la experiencia femenina. Allí también están las descripciones de los hombres, los roces que tienen las mujeres con ellos; como amantes, maridos, padres, hermanos, amigos, pretendientes, presencias fugaces. El ansía de tenerlos en la vida propia, las consecuencias de su poder, la violencia que se fragua en el contexto napolitano, las formas diversas del deseo que se tiene de ellos.

Un instante preciso retrata las ambivalencias de la feminidad napolitana que Ferrante teje con detallismo punzante. Lenú, el personaje central de la saga que tanto se le celebra a la autora, explica cómo es usual que las mujeres de allí reaccionaran con violencia ante las agresividades de un desconocido pero lo natural y aceptado que era aceptar, con resignada resistencia, la violencia de los hombres más familiares. Los golpes, los moretones, la agresión física, los insultos, la agresividad más exaltada es común entre las ecuaciones que se forjan entre los hombres y las mujeres de Ferrante.

Thurman me indicó que llegara a Ferrante a través de sus primeros relatos y no por los libros de tendencia: es decir, la saga de cuatro libros que cubre la historia de dos amigas en una Nápoles barrial y álgida que se dibuja desde los años cincuenta.

El libro Crónicas del Desamor reúne sus obras iniciales: El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura. Esas primeras inmersiones a su terreno verbal no son poco dolorosas; la franqueza femenina lacera como un espejo; Ferrante nombra lo que late en la psiquis femenina, en pozos oscuros, iluminados por matices, construidos por texturas, formados por amalgamas sensoriales y sensitivas. Las roturas del corazón, los instantes prosaicos, las comparaciones, la incertidumbre en sí, las complejas y turbulentas afecciones maternas, el frenesí del dolor, la experiencia del mundo externo, el apetito por la aprobación, todo se lee en su hechizo acuoso, intercalado aquí por lapsos fantasiosos y vívidas descripciones del prisma femenino.

Con este preámbulo acerca de Ferrante, evoco otro de los grandes libros que se incluyen en esta lista: Las Chicas, de Emma Cline, una autora primeriza a quien, se dice, Random House concedió un avance de dos millones de dólares.

Las mujeres pueden encontrarse a sí mismas tan cosificadas que llegan a sentir el vacío de su valor si éste no proviene de una presencia masculina. Cosificadas. Esa palabra. ¿Cómo así? ¿Qué significa? Ser objeto para la mirada de otro, por ejemplo, ser objeto del deseo masculino. En algún momento en el crecimiento de su cuerpo y de su mente, una mujer puede sentir ese hambriento deseo por ser observada, reconocida amada, deseada por un hombre. Esa noción, esa promesa, hace parte de las fibras de los filmes que vemos, de las fábulas infantiles, de las ensoñaciones comunes, de los deseos compartidos en conversaciones íntimas, del sentido del humor que estalla en momentos de cofradía.

Sobre eso escribe, de cierta manera, Cline en Las Chicas, un libro que no es, en teoría, sobre eso, sino sobre la atracción de una adolescente hacia los hábitos y dinámicas de una secta en California, al final de los sesenta. Y sin embargo, las frases del libro están hechas de jugosas membranas de experiencia femenina, de la psiquis de una jovenzuela donde a través de la cual se pueden presenciar las ráfagas que empiezan a agitarse en una mujer, esa añoranza por ser reconocida; una especie de cartografía, claroscura del, deseo femenino. Eso: el deseo femenino. Y no me refiero al deseo erótico – aún cuando esté inevitablemente implícito en la narrativa – sino a los deseos que colman vidas; el deseo por ciertas posibilidades, ciertas acciones, el deseo de ser de cierto modo, de vivir de manera libre.

Todas las oleadas mediáticas en torno al debut de la joven escritora son acertadas observaciones de la brillantez que compone este libro.

Y luego está la recientemente descubierta Lucía Berlín, cuyos cuentos cortos, impregnados de auto-biografía, revelan una existencia poco convencional, empapada de alcoholismo, maternidad y divorcios, y inmersión en mundos tan diversos como el oficio de limpiar casas y la enfermería. El cuento “Mi Jockey” es uno de mis favoritos.

Solterona: la construcción de una vida propia, de Kate Bolick (best seller de The New York Times) es un ensayo maravilloso que, también desde la autobiografía, reflexiona sobre la soltería femenina. Bolick escruta su tema a través de cinco grandes musas entre quienes se incluyen Edith Wharton y Edna St Vincent Millay. Y aunque no todas las mujeres a través de las cuales Bolick invita con inteligencia provocadora a pensar sobre lo imperioso que es casarse en la existencia de una mujer, fueron, de hecho, solteronas, aunque algunas de ellas sí se casaron, Bolick se encarga de trazar el hecho de que lo hicieron bajo términos muy propios o que se encontraron a sí mismas en sus momentos más deliciosamente creativos luego de interrumpir sus matrimonios. En últimas, la escritora, quien nunca sintió la inminencia matrimonial como un componente fundamental en su realización y que ha gozado de una vida romántica exuberante y variopinta, invita a reevaluar el término solterona – con todos sus tintes oscuros, de mujer fatalmente sola – para refrescarle a las mujeres de nuestra era que el matrimonio es una opción pero que vale la pena, al menos, interrogar por qué lo queremos en nuestras vidas.

Que estos libros las llenen de vida tanto como a mi.

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6 Responses
  • Catalina
    December 28, 2016

    A veces escribes con palabras tan rebuscadas que suena hasta chistoso. Escribes muy lindo, pero simplifica el lenguaje.

    • Vanessa Rosales
      December 28, 2016

      ¿Me das ejemplos concretos de “palabras rebuscadas”, por favor?

      • Maria
        December 29, 2016

        Más que con palabras rebuscadas sueles escribir
        en un tono que, por momentos, cae en lo farragoso, denso, y que desanima a leer hasta al final. Por lo menos a mí, que te leo con frecuencia me pasa… Es como si la forma de la escritura debiera ser igual de profunda y cargada que el fondo sobre el que reflexionas.

        Aunque este texto, a diferencia de otros, se lee más fácil, pongo dos ejemplos de oraciones que podrían haberse escrito mucho más sencillas, menos adjetivizadas:

        * Había atrapado con fugaz desapego en la mirada sus libros en las librerías.

        * todo se lee en su hechizo acuoso, intercalado aquí por lapsos fantasiosos y vívidas descripciones del prisma femenino.

  • Yamid Zuluaga
    December 28, 2016

    Hermosa selección de libros. Felicitaciones.

  • María Camila Prada
    December 29, 2016

    ” y inmersión ” ??? Pilas con la ortografía!

  • Ingrid A.U.
    January 18, 2017

    aunque si es denso en algun momento y no estan de más las criticas mientras sean constructivas, tus escrituras son espectculares y sobretodo muy bien argumentadas. continua siendo tu, en mi caso, disfruto mucho leerte, siento que me instruyo 🙂

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