Reflexiones de una mente consciente de la superficie

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La cacería por ser una mujer de estilo y de sustancia.

Vanessa Rosales

Nueva York, 2014

La mujer que me mira desde el espejo conoce bien lo que significa la contradicción. La observo con frecuencia, reconozco sus cambios mundanos, observando mientras un lema invisible asoma en el espejo: la batalla entre ser y aparentar. He llevado una vida hecha de esta contradicción. Asumiendo oscilaciones furiosas entre ser e imagen. Como un péndulo, como una ola.

Vengo del mar. De un Caribe que imagino con pisos de ajedrez, y aires impregnados por la voz de Benny Moré, donde las flores magenta se mantienen vivas a lo largo del año, cayendo como cascadas desde balcones coloniales que adornan casas color lavanda, turquesa pálido y rosa coral. Donde féminas de belleza gloriosa saben exudar divinidad – ya sea por naturaleza o por artificios prestados; donde predomina que las mujeres sean definidas y medidas por cómo lucen.

Tal vez por sea que las metáforas marítimas sean precisas en lo que a mi respecta. Mi propia naturaleza tiene afinidades y semejanza con una perla que se oculta en una concha hermética. Con frecuencia he experimentado temor; de todo – de la vida y de sus cosas más pequeñas, de las menores interacciones con el mundo. El temor hace que la perla se oculte, asiéndola en un estado de aislamiento. Pero el temor desaparece y el auto-control también me conduce mientras navego, y la concha comienza a fulgurar en su estado de apertura, haciéndome la criatura luminosa, atemporal, marfil y redondeada que puedo llegar a ser. Estar oculta o mostrarme luminosamente – oscilar entre ambas es otra de mis contradicciones primarias. Porque he sentido el miedo en las cavernas de mi mente, pero porque he tenido el coraje de llevar la vida de una mujer no-convencional.

Tanto la feminidad y la moda son dominios hechos de contradicción. Las ropas son cosas que portan significados y sentidos. Una mujer actúa, es, sin perder de vista cómo se ve. Me considero versada en estas contradicciones del ser mujer. Fluctuando constantemente entre la cacería del estilo – ennegreciendo mis pestañas, coloreando mis labios, moviendo mi cuerpo en gestos de atletismo, adornándome con las ropas correctas – y una cacería por la sustancia también – invirtiendo mi tiempo en la escritura, en el trabajo, en un sentido de ser que no dependa completamente sobre mi apariencia y el refuerzo de cosas externas.

La cacería es por ser una mujer de estilo y de sustancia. De niña, añoraba saber escribir. Antes de saber hacerlo, llenaba cuadernos a rayas con jeroglíficos infantiles. Mi hermana había nacido y yo sabía con una furiosa intuición que quería saber escribir. Rezaba – criada en una atmósfera católica – para poseer, avanzada en tiempo, el don de la belleza femenina. Retengo la imagen de un lavadero en la ciudad de Barranquilla, un sueño o una imaginación, y de pedir desde allí, pequeña, a la fuerza divina que me concediera pelo rubio y ojos zafiro. En mi versión más radical, durante la adolescencia, me convertí en una especie de esencialista, escindida de la tribu. Impregnada de soledad excesiva, despojada de las formas de belleza que se esperaban de una jovencita en esas tardes de colegio tocadas por el salitre y dictadas muchas en inglés. Cultivé mi mente mientras que las mujeres de mi edad, en un paisaje tropical y latino, aprendían los artes de poseer buenos cuerpos y los dones para socialización tribal. Los pensamientos no parecían inhibirlas, sabían de las redes que se tejen en la vida, las hacen y por las razones que se espera de una mujer en cierto lugar y ciertas formas de pensamiento.

La poesía era entonces mi forma. Pero luego advino una furiosa oscilación. Repudié aquella intelectualidad y cedí a una vanidad que me mareó. De fondo, estaba rechazando el sendero del escritor o la escritora que se alimenta tantas veces de la pena y del dolor. La feminidad suele vibrar a través de la supervivencia que se aprende en las formas silenciosas de reinvención. Y mi progresiva transformación estética comenzó. Y aún así, otra contradicción: el sentimiento de una falta de poder, no ser nunca lo suficientemente bella y, sin embargo, poderosa por ser más que una forma hecha de gracias que encienden los apetitos y deseos de los hombres.

He sido cazada también por una furia hacia el hecho de ser mujer. Ardientemente resistente a ser dominada. Estoy colmada de reflexiones sobre dominio y libertad. Y aún así, en el amor, por momentos he caído en ciertas docilidades indecibles. Añorando un amor masculino que ame en mi las honduras, las bellezas, las dificultades. Descubriendo, de a poco, que aquella añoranza sólo podría ser colmada adentro mío. Una acción sostenida, propia, fabricada desde la experiencia interna e individual.

Cuando encontré a Chanel, leonina, temí que ella sostuviese un espejo a mi propia feminidad, un reflejo de ciertas renuncias femeninas que por momentos he temido. Encontré en el feminismo un prisma a través del cual discernir, articular, encontrar sentido a lo que significa ser mujer en mi época particular. Chanel fue hija de su tiempo, un tiempo distinto. Lo soy yo también, mujer hipermoderna en la vórtice inédita de libertad femenina que vivimos.

Adoro las chaquetas de cuero, sobre mi lomo y mi cuerpo, en las fotografías de mí misma, en el espejo. La simplicidad en el vestir metropolitano de mujeres largas y espigadas en las ciudades donde no nací me cautivan. Pero en las calles neoyorquinas he podido descubrir que no soy yo una sofisticada urbanita. En las aceras, en los minutos veloces y subterráneos, en el cruce con el mundo en los contornos agitados de esa isla, sentí que lo mío era ser una mujer del caribe, donde no he sido una criatura puramente de moda ni tampoco una académica empedernida. Nueva York me impulsó a considerar que provengo de un lugar donde la piel negra y la fruta colorida colman un paisaje visual en el que la belleza y la descomposición coexisten. Donde las mujeres son medidas en identidad por su apariencia y su superficie. Donde he sido no-convencional por hacer de una gracia estética adquirida compatible con la hondura y la naturaleza pensativa, por llevar una vida de imagen y del acto de ser verdaderamente.

 

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