MODA FEMINISTA

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Ensayo sobre feminidad y feminismo en un tiempo en que las libertades del ser y la apariencia nunca han sido tan amplias para las mujeres.

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Es posible que las mujeres que adoran Mad Men recuerden dos maravillas de la serie: la delicia visual que es Don Draper y la forma en que la historia revela el mundo femenino de la época. Mad Men es un mundo poseído por hombres, donde las mujeres – elegantes, llenas de gracia, vestidas y peinadas con glamour clásico – se limitan al rol de asistente, esposa, dama doméstica o amante.

Pero aunque la serie muestra – sobre todo en sus inicios – que a comienzos de los años sesenta el acoso de los hombres en las oficinas era visto como un juego cotidiano y aceptable; y que era poco lo que una mujer podía ser o escoger, muchas nos enamoramos perdidamente de Mad Men. De ese pasado donde se llevaban recogidos dramáticos, ojos gatunamente delineados, fajas arriba de los tacones y debajo de prendas y faldas. Mad Men es un poderoso mundo que nos ha hechizado con su narrativa cinematográfica y su poder estético.

Pero a pesar de que la serie es un retrato de lo difícil que era ser mujer, la moda levantó a Mad Men en el pedestal de sus inspiraciones. Muchas nos enamoramos también de las siluetas que dominaban las escenas de la serie, de la idea de una feminidad más glamorosa y compuesta. En las pasarelas fueron abundantes los looks con cinturas estrechas, faldas llenas y midi como las de Betty, o formas ceñidas a las caderas en faldas lápiz como las de Joan. El paisaje visual se llenó de homenajes a la serie. Abundaron los disfraces y las fiestas temáticas en Halloween, y algunas marcas como Banana Republic lanzaron líneas cápsulas basadas en las formas modernistas y pulidas del momento.

El peligro de estas fiebres es cuando están basadas enteramente en la estética. ¿Qué es lo que adoramos realmente de una época en que las mujeres usaban ropa interior que limitaba sus movimientos y en la que se aleccionaba que su lugar era la cocina o el escritorio de la asistente? Sin duda, nos seduce la estética. El cuidado en el vestir. Nos seduce la realidad de otro tiempo, lo romántico que puede verse el pasado, el contraste con nuestra época. Todo, finalmente, guarda su propia belleza.

Y es cierto que Mad Men es un exquisito mundo visual, donde la moda nos hace soñar con un medio en que la elegancia era la norma tanto para hombres como mujeres. Pero también es cierto que la serie está ambientada en un interesante momento temporal: la era del pre-feminismo. Unos años antes de que reventara la oleada feminista que cambió la vida de las mujeres para siempre.

Fue en 1967 – año al que se aproxima la trama actual de la serie – cuando empezó lo que se conoce como el Movimiento de Liberación Femenina, una serie de estallidos en la política y la academia con una rebeldía específica: cansancio ante las pocas opciones que tenían entonces las mujeres. La evolución de ese movimiento es lo que explica que, hoy, como nunca antes, las mujeres podamos escoger ser lo que añoramos y que, como nunca antes y pese a las imperfecciones inevitables, exista un balance mucho mayor entre géneros.

Con frecuencia, las mujeres contemporáneas olvidan que hasta hace unas pocas décadas, por ejemplo, las mujeres en Colombia no podían votar; que era inconcebible que una mujer ocupara los mismos espacios que un hombre, que ser poco convencional era terreno prohibido para una mujer y que, hoy, inéditamente, gozamos de una libertad que nos bendice con posibilidades muchísimo más amplias que en cualquier otro momento de la historia. A veces, las mujeres dan por sentado su libertad, uno de los bienes más preciados en la vida y la historia de la mujer. A veces olvidamos también que incluso hoy, en 2014, no todas las mujeres son tan libres.

Pero esas libertades de hoy que sí tenemos son frutos directos del feminismo. Al feminismo debemos todo lo que podemos ser hoy. Lo que las mujeres del Movimiento de Liberación Femenina buscaban, finalmente, era expandir la posibilidad que tenía una mujer para escoger; para traspasar los límites de los roles tradicionales que, con frecuencia, retrata Mad Men. A esas feministas debemos lo que hoy nos parece natural en nuestras vidas.

Las mujeres de hoy, sin embargo, renegamos con facilidad la palabra feminismo. Se nos antoja aburrida y radical. Nos parece lejana y teñida de resentimiento. En la imaginación de muchos, feminista es una mujer amarga, estéticamente descuidada y adversa. Una mujer que con sus pensamientos excéntricos y exagerados no es capaz de las delicadezas del arte femenino. Con frecuencia, feminismo y feminidad se perciben como opuestos.

Como toda gran corriente de pensamiento, el feminismo es amplio y está lleno de matices. Una feminista negra de clase media en la década del setenta no podía ser igual a una blanca del mismo dominio social. Una feminista latinoamericana no puede ser igual a la que enfrenta sus propias preguntas en Norteamérica. Las posibilidades del feminismo de hoy no pueden ser iguales a las que flotaban en el aire de los años setenta.

Hay que entender también a las mujeres de la primera ola feminista. Hay que recordar que cada cosa se comprende mejor cuando se mira dentro de su contexto.. Que algunas de esas mujeres que se rebelaron contra el rol de la criatura doméstica voltearan su espalda a la moda tiene que ver con el cansancio que tenían de ser medidas únicamente por la apariencia.

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Moda y Feminismo

La historia de la moda moderna es, en gran parte, la historia de la mujer. La moda es uno de los temas que con mayor frecuencia se asocia con lo femenino. Este giro, sin embargo – de que la moda es un tema exclusivamente de mujeres – sucede en un momento específico, en el siglo dieciocho, cuando el capitalismo nace y el mundo se industrializa. Antes, en el Renacimiento, por ejemplo, la moda era un tema de clase social, de status y poder. Desde el siglo dieciocho, por contraste, la moda divide los terrenos de lo que significa ser hombre y mujer.

Un breve recuento. Luego de la Revolución Francesa, flota en el aire un sinsabor por la opulencia. Los hombres, que salen del ocio aristocrático, comienzan a trabajar en asuntos que los trasladan a las oficinas. Se vuelven seres públicos y activos. Para afianzar el sentimiento de que todos son hermanos, la ropa masculina pasa a ser sobria y homogénea. Este momento es lo que el psicólogo J.C. Flugel nombró, en 1930, “La Gran Renuncia Masculina” – el momento en que los hombres desisten de la belleza y del cultivo de la apariencia. La utilidad se vuelve desde entonces el centro de la vida masculina.

Por contraste, las mujeres permanecen en el mundo doméstico. Al contrario de los hombres, no son limitadas en el terreno estético. Al contrario. En la cómoda intimidad de sus casas pueden llevar vestidos exagerados y variados. Sobre sus cuerpos se inscribe la riqueza del hombre que las mantiene. La prensa de moda las motiva a cambiarse muchas veces el día. Los columnistas las motivan a nutrir su encanto y su belleza para complacer a sus hombres. Las mujeres no trabajan pero, curiosamente, su ropa y el interior de sus casas se convierten en los símbolos de dinero de su marido. Ornamentar su casa y ornamentar su cuerpo eran las formas en que un hombre demostraba su poder adquisitivo.

En este mundo, la apariencia se convierte en la mayor virtud de una mujer. A diferencia de los hombres, las mujeres son libres de jugar con la estética. La moda moderna, cuya gran fuente es la novedad, las motiva al cambio y el reemplazo permanente. La moda, ese mundo cambiante de apariencias, permite que las mujeres sean performers a través de la estética, lo que implica queel tema gane terreno como algo superficial, frívolo, femenino y por ende, poco sólido y confiable, menor o menos importante.

Cuando las mujeres se despojan del corset y comienzan a envolverse en ropas que permiten mayor libertad de movimiento y más exposición de la piel, la vestimenta de la mujer se convierte en una forma más fuerte de complacer la mirada masculina.

En los años 70, muchas feministas hablaron sobre cine. Y con Laura Mulvey nació una interesante teoría que en inglés se llama the male gaze, algo así como ‘la fuerte mirada masculina’.

En breve, esta teoría indica que la mujer es un objeto de la mirada del hombre. El hombre la mira y la mujer es un objeto que se deja ver. Las películas de Hollywood, por ejemplo, proyectan la imagen de la mujer desde la mirada masculina– como un objeto de deseo. Las mujeres, por su lado, actúan y desean verse de acorde al deseo masculino, e intentan convertirse en objetos preciosos para su mirada. En este orden, una mujer encuentra su placer en la satisfacción que experimenta un hombre al mirarla. En esta lógica, las mujeres se visten para la mirada masculina.

John Berger escribió: “los hombres actúan, las mujeres aparentan. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se ven a sí mismas ser miradas.” En ese pensamiento, una mujer se divide siempre en dos: en su imagen y en lo que es. Su actividad y su ser siempre tiene que ver con cómo se ve.

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Moda Feminista

Durante muchísimos años, el feminismo se opuso rotundamente a la moda. Las feministas tenían motivos. Por un lado, pesaba el cansancio de que la estética fuera la gran forma de medir a una mujer. Por el otro, estas mujeres, radicales en algunos sentidos, inauguraban una tradición que antes no existía: la posibilidad de que una mujer pudiera escribir desde las cumbres de la teoría y la academia.

Para muchas feministas, la moda era un asunto limitante y constrictivo. Un sistema que hacía del cuerpo un objeto más, una atadura al ansioso deseo del consumismo y en últimas, una telaraña donde la mujer quedaba dominada por la mirada masculina. Suena extremo, ligeramente resentido. Demasiado radical. Pero estas mujeres estaban respondiendo a su tiempo; lo que querían era salirse del esquema de la apariencia para valer.

En los ochenta, sin embargo, teóricas posmodernas de la moda como Elizabeth Wilson suavizaron estos pensamientos. ¿Quién dijo que la moda era únicamente una fuente de ansiedad? ¿Quién dijo que la apariencia, la ropa, y el performance que permite la moda no es una fuente de dicha para las mujeres?

La moda puede ser un juego, una dinámica a la que los hombres, por ejemplo, no tienen acceso. La moda puede ser un juego de transformación, donde una mujer cambia, varía y fantasea sin perderse a sí misma. La ropa tiene poderes filosóficos y psicológicos en la vida de una mujer. Le permite ahondar en su pasión por la belleza. Le permite gozar de una rica creatividad visual. Le permite usar incontables atuendos y asumir incontables facetas sin dejar de ser la misma mujer.

En el complejo arte de ser mujer, siempre hay unas líneas muy delgadas entre el ser y la apariencia. ¿Cómo mostrar lo que somos a través de nuestra ropa? ¿Cómo balanceamos lo que somos con cómo nos vemos? ¿Cuál es el balance correcto entre lo que invertimos en nuestra estética y en nuestro interior?

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Mujeres post-feministas

Si Mad Men está ambientada en la era del pre-feminismo, antes de que las mujeres pudieran escoger ser más que esposas o asistentes, hoy, por contraste, vivimos el capítulo del post-feminismo. En este escenario, el nuevo feminismo se define en gran medida a través de la moda y la apariencia. El ejemplo más vivo de esto fue, por supuesto, Sex and the City. Allí, un grupo de mujeres que muchas conocemos y veneramos a nuestra manera, demostró que el empoderamiento femenino no tenía que implicar la renuncia a la feminidad y la ropa bella. Al contrario, la serie nos enseñó que una parte fundamental de la independencia femenina tiene todo que ver con una vida fabulosa, llena de apariencias magníficas.

Pero si miramos atrás, también hay que reconocer que Sex and the City nutrió muchas fantasías insostenibles para las generaciones de mujeres que siguieron la serie de cerca. Tal vez muchas recordamos que Carrie, ya una treintañera independiente, cae en cuenta un día que, debido a su pasión por los zapatos costosos, no tiene cómo sostener su vida. También debemos recordar que el sueldo de una columnista en un periódico local no es necesariamente suficiente para costear, mes a mes, múltiples sandalias de Manolo Blahnik.

Sin duda, estas nuevas líneas han permitido que feminidad y feminismo sean palabras que se encuentren.

Pero algunas teorías recientes de la moda ven algunos peligros en este tipo de feminismo. Rechazar la moda completamente es negarnos el deleite que nos produce el juego y la fantasía como mujeres, es cierto; pero recuperar la apariencia como el gran motor en la vida de una mujer también nos niega la posibilidad de ser mujeres con estilo pero también sustancia.

Si en los setenta las feministas se fueron de un solo lado de la balanza, con un rechazo radical hacia la moda, hoy, por contraste, la moda es fundamental para ser feminista y ser una mujer de este tiempo. ¿Pero dónde poner la línea? ¿Cómo evitar perdernos en un radicalismo?

Otras ideas de hoy dictan que las teorías posmodernistas de la moda, – que rechazaron las ideas feministas de que la moda era sólo opresión para la mujer -, pueden ser demasiado indulgentes con la apariencia. El peligro está en que si celebramos la moda como un juego de roles y un gran deleite femenino, también podemos caer en la trampa de inflar demasiado lo que vale la apariencia en la vida de la mujer moderna.

Vivimos en un mundo donde la estética y los signos circulan muchas veces sin contenido. La ropa ya no es status de poder. Tampoco es, como en el siglo diecinueve, algo totalmente diciente sobre el alma de una persona. En ese entonces se creía que cualquier prenda era un símbolo que podía equipararse el espíritu de quien la llevara puesta.

Hoy, cualquiera puede usar una chaqueta de cuero sin ser necesariamente rocanrolero. Cualquiera pueda llevar unos jeans desgastados sin estar haciendo una afirmación de distinción rebelde. En este mundo, donde el ser tiene mucho que ver con la apariencia y es difícil leer los significados de la ropa, algo está pasando también con las mujeres.

Hija de mi tiempo, observo con frecuencia los movimientos del universo digital. Mi propia tesis en Fashion Studies está basada en la forma cómo las nuevas tecnologías han cambiado nuestra forma de ver la moda y la estética. Mi teoría personal es que lo digital, que nos permite un voyerismo sin límites, parece estar recuperando la apariencia como el gran atributo en la vida de una mujer. ¿Será posible que la celebración excesiva de la moda y la belleza estén produciendo un retroceso?

Es cierto también, por ejemplo, que como han dicho algunas teóricas de la moda como Agnès Rocamora, los blogs de estilo personal han permitido que las mujeres se auto-representen de una forma inédita en la historia. Por primera vez y a través de estos diarios digitales, las mujeres han logrado algo de control sobre su magen. Este tipo de blogs ha permitido que las mujeres decidan cómo son vistas por lo demás. Esto, de cierta manera, subvierte la famosa teoría de the male gaze  (o ‘la fuerte mirada masculina’), según la cual las mujeres se visten, posan o se ornamentan únicamente para complacer la mirada del hombre.

Pero las blogueras se han convertido también en una forma de publicidad, y muchas han perdido la autenticidad que tal vez hizo que, al comienzo, el movimiento global fuera un poco subversivo para las mujeres. Muchas – pero ciertamente no todas – dejan hoy el sabor de estar más interesadas en la apariencia que en otra cosa.

En un mundo donde la moda es accesible a través de la imagen, donde la moda se observa en pantallas de computadores y celulares, casi cualquiera puede ver, disfrutar, percibir, conocer y sentirse identificado con un sistema que solía ser de pocos, un sistema elitista y de puertas cerradas. Si la moda está de moda es porque cada día es más alcanzable a través de las tecnologías digitales.

El hecho de poder mirar, a nuestro gusto, sin límites ni mediación, hace que podamos acceder y que por ende, celebremos más y más las apariencias. Hoy, cuando todos podemos ser curadores y editores de nuestras vidas a través de las imágenes que compartimos en Instagram, por ejemplo, el ser y la apariencia se confunden con más facilidad.

Y hay algo más. Algo que noto, por ejemplo, en una nueva tendencia que he comenzado a observar. En las mañanas, por las tardes y en ese ritmo irrefrenable que caracteriza Instagram, he comenzado a percibir cuentas dedicadas única y exclusivamente a la motivación del fitness. La pantalla del teléfono es dominada por imágenes de torsos moldeados y elásticos; imágenes de muslos finos y perfectamente hechos, cuerpos impresionantemente trabajados,. A veces, las fotografías contienen tips de ejercicios o mensajes que estresan motivaciones para ir al gimnasio.

Estas fotografías pueden motivar a una mujer a intensificar el cultivo de su cuerpo. Inspiran salud pero también desatan ansiedad ante una carencia. Estos cuerpos, por supuesto, son el fruto de trabajos constantes e intensos. Tal vez, incluso, las dueñas de estas cuentas hayan hecho de sus cuerpos su práctica laboral. Esto significa que llevan vidas donde el cuerpo es el eje primordial. Pero si hay algo cierto sobre la feminidad es que es, sobre todo, un universo inmensamente diverso. Y vale preguntar, ¿qué sucede cuando una mujer invierte todo su ser en su apariencia? ¿Qué sucede cuando es todo lo que la define y le interesa?

En la cultura colombiana, sigue siendo común que la belleza sea la gran virtud en la vida de una mujer. En las ciudades de clima caliente, por ejemplo, las chicas aprenden a trabajar y exhibir sus cuerpos desde pequeñas. Hoy, estas chicas jóvenes, conscientes de que con frecuencia sus cuerpos serán fotografiados y publicados en Instagram, por ejemplo, se sienten intensamente motivadas a invertir más en sus cuerpos. La pregunta es si están invirtiendo en otras áreas que las sostengan como individuos. La pregunta es, también, qué tanto de lo que buscan viene determinado por personas externas, qué tanto de lo que hacen en sus cuerpos es para complacer a la mirada masculina.

Sin duda, la belleza es una pasión femenina. La belleza nos permite sentirnos más vivas. El efecto de un objeto bello, frente a los ojos o sobre el cuerpo, tiene un poder transformador en la psiquis de una mujer. Y una de las grandes delicias de ser mujer es precisamente esa habilidad de materializar lo invisible a través de las cosas del mundo.

¿Pero qué pasa cuando la apariencia domina lo que somos como mujeres? ¿Qué pasa cuando la vida entera de una mujer gira entorno a la mejoría de su cuerpo en un gimnasio? ¿Qué pasa cuando una mujer paga cualquier precio por cumplir las expectativas de belleza de su contexto o para tener los objetos bellos de su deseo?

Toda esa ropa magnífica que nos permite observar sin restricciones Instagram. Aquellos cuerpos fantásticos que muchas añoramos tener. El seductor mundo de las formas bellas. El poder enorme de la apariencia. La apariencia, la belleza, el vestir. ¿Es eso todo lo que queremos como mujeres? Después de años, décadas y siglos de lucha por ser individuos, ¿estamos dispuestas a que la apariencia sea lo que más nos motive y nos empodere?

Tal vez llegó el momento de que feminidad y feminismo se encuentren según las necesidades de nuestro tiempo. Tal vez llegó el momento de que en Colombia la moda, esa cultura vibrante y en ebullición, dé también un giro feminista, donde las mujeres sean conscientes de que en un tiempo que les permite ser libres como nunca antes, vale la pena mantener en mente si vale la pena invertir todo en la apariencia, cuyo poder es finalmente bastante débil. El reto de la mujer de hoy es encontrar ese difícil balance entre lo que es y cómo lo aparenta.

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Publicado el 30 septiembre 2014

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