Carta a la Moda

by

vsco-photo-1

Confesión de añoranzas y desesperaciones, de anhelos y posibilidades, de expresiones y gestos vacíos; de sustancias y de un portal hacia las palabras.

 

Querida Moda,

Por lo que a mi respecta, debo decir que llegué a ti tardíamente y a fuerza de obtener, posiblemente, ese poder que sentí me había evadido desde temprano: la belleza. No sé bien en qué momento te instalaste en mi consciencia; tal vez fue un contacto tangencial, más no directo, emparentado con los aspectos que se trazaban en las figuras de la música y de filmes que absorbían mis ojos adormilados por la mismidad de ese caribe semidesértico, donde las vestimentas parecían (parecen) aún evocar, sin tregua, una sombra colonial, el efecto de lo húmedo, esa uniformización que avivan las jerarquías y los comportamientos anquilosados y furtivamente compartidos.

Tal vez tu verbo solo se hizo nítido para mi en la urbe, en esa goma grisácea que recaía sobre la avenida diecinueve, durante los descensos mareados de los autobuses, sucios y veloces que atravesaban el frío bogotano. Tal vez fue formándose, como una palabra escrita en un espejo empañado, en esa maraña sensorial de ascensos matutinos, rompiendo el aire frío y untado de jazmín por las escaleras, encaminada a tomar clases entre individuos que habían habitado la urbanidad desde temprano. Tal vez fue un reconocimiento silente pero certero ante la ilusión del desenfado en una chaqueta de cuero y un par de tenis desgastados. Tal vez comprendí que existías entre los cuerpos furtivos y danzantes, observándose en salones oscuros, entre los ritmos sintéticos o las estridencias de un rock emulado.

La instalación precisa es incierta, pero habías sido, ciertamente, una idea preliminar, presente en mis imaginaciones y añoranzas, más inteligible en los instantes de cine, los fervores musicales, las intenciones suscitadas por el contacto visual con el coolness de la cultura visual y musical que puede recibirse de pantallazos norteamericanos, de las vibras londinenses, de las voces y los ritmos de músicas de otros tiempos. No eran aquellas observaciones, sin embargo, las que arribaron después, cuando jovencita y con una pluma afilada, me senté a presenciar cuerpos de mujeres en movimiento con las ropas ideadas por creadores del país donde nací. Tuve que ir comprendiendo, de a poco, que tu palabra es un portal, que eres portadora de sentidos cuidadosos, cercanos, que se limitan entre ellos, que suman y que también separan.

Lo sé ahora bien. Eres múltiple. Llena de escamas, de puntos turbios y claroscuros, de instantes de posibilidad centelleante, de momentos de sopor desconectado. Tienes el lustro de la magia y las ideas; tienes leves gotas de poética; puedes ser una fantasía decorada; una revolución radical; una ensoñación para el cautiverio o para la libertad. Tu ambivalencia es, sin duda, una magnética cualidad. Permites que un corazón se hinche ante la visión de la belleza; perpetúas una angustia sin palabras, una sensación de escasez, el torrente de la insuficiencia. Esa sensación que una mujer conoce de repente, alguna vez en su joven existencia, cuando una marejada de susurros, de mensajes silentes le indican que su superficie, su apariencia, generan poderes para el mundo exterior, para aquellas otras criaturas siempre cercanas pero ajenas que son los hombres; cómplices o compañeros, también jueces.

En tus instantes de luminosidad, eres ese mundo de ornamentos donde vibra el comportamiento humano; donde se hace objeto la expresión de sentimientos, el flujo de afirmaciones; eres imagen suculenta impregnada de ideas; eres tiempo y ensoñación; eres posibilidad, eres el registro del pasado para otras mujeres; eres significado, propósito, sentido, el recuerdo de cómo la materia alberga lo invisible, los sacudones del tiempo, las nuevas libertades. Y en tus momentos aún más acentuados de belleza, recalcas el arte en tus costuras, en tus enunciaciones, en tus imágenes. Como imagen fotográfica, al óleo, digital e hiperreal, puedes ser el corazón acelerado, el confort que hay al presenciar lo bello, lo estimulante, lo creativo, la imaginación humana.

Pero en tu turbulencia eres también el gesto vacío, la pose ensayada, la ausencia de alma, la sustancia despojada de grosor, la estupidez, la banalidad, la incapacidad de otros por ver que, con el tiempo, te hiciste reina de una sociedad hiperconectada, que puede verte, a través de tantas soledades ligadas a la fragilidad de una pantalla. Eres espejismo. Eres el ego herido; la desconexión con el cuerpo; la inversión constante y desgastante por conservar una forma externa. El tedio por la ausencia de hondura, la chispeante dosis de lo banal, las risas falsas, el afán por ser una superficie bien cultivada.

Hay días en que se torna baja la tolerancia por tus adherentes, tus partícipes, sus fórmulas desgastadas, su intención vanidosa, su apetito por figurar y aparentar; su disposición de removerse de lo que persiste cuando caen las vestiduras y se cancelan las máscaras, las poses, las fotos, las conversaciones de humo. Hay días en que eres una falsedad, una fantasmagoría, una planicie sin hondura, una figura sin dimensiones.

Hoy comprendo que fuiste en este fuero interno, y al comienzo, una forma de compensar un vacío particular. Luego fuiste la reconexión con una fascinación personal, una navegación por la estética y sus linajes con el tiempo. Fuiste bandera de un fervor individual por la belleza. Te volviste un motivo para validar lo femenino en los universos donde hombres pensantes descreditaban todo lo que una mujer pudiese tener como intención para verbalizar o conceptualizar. Te convertiste en una manera de bucear los aspectos ambiguos de la feminidad – las vulnerabilidades, las condiciones, los poderes, las certezas, las peguntas, las cavilaciones. Te volviste una contradicción de orgullo personal; una forma de navegar la contradicción de manera natural, para así encarar la vida, las personas en ella, la historia de la sangre, las confusiones y la claridad.

Te hiciste presencia en una consciencia que a veces se extravió en tus formas briosas y encandiladas.

Te he excavado, te he escarbado, te he leído, te he usado, te he comprendido, te he odiado, te he repudiado, te he aceptado, te he percibido con los matices y los grises que te hacen, te he escrito, te he teorizado, te he reflexionado, te he fotografiado, te he hecho idea, lectura, textos, palabras, sentimientos, amores y rechazos. Te he agotado.

Ahora reconozco tu naturaleza, múltiple, amplia, anciana, gastada, siempre bella, seductora, vacía, fuerte, omnipresente. Te di mis palabras y mis pensamientos. Te di horas de ponderación, te cedí mi deseo, te concedí mi vanidad y mi confusión, te hice vehículo de mis deleites y de mis sufrimientos. Ahora sé que has sido un portal, como en un laberinto vital, para desencadenar, con la certeza que dan los años, el ser verdadero. Fuiste eso, un espacio de apertura, un punto de partida, un camino revelador, para saberme, para habitar mis propias honduras y superficies; eres el primer trecho en este camino que busca el verbo para existir y latir verdaderamente. Fuiste el portal hacia mi cacería por las palabras. Estás pero no eres todo. Nunca debes serlo. Fuiste un lente, una forma de mirar, un terreno inicial.

Ahora te conozco, te guardo con mis propias ambivalencias, te reconozco pero te sé; te sé en tus bellezas y en tus fealdades y por ende, te trasciendo, te voy dejando, me voy arrimando a las extensiones del ser que me componen allá adentro, en la sustancia, no en la forma. Te uso, te veo, pero eres ahora algo más, ese portal, esa forma para escribir, ese mundo que no me consume, que miro de lejos, que puedo discernir, pero desde la vitalidad de mi esencia, de una esencia que usa la forma pero que no se agota en ella.

 

vsco-photo-3

No tags 1

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *