Mujeres en Tenis y Tacones

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Algunas feministas rechazaron la moda como un limitante para la mujer. Muchas de hoy creen que feminismo implica el uso casi obligado de la moda y los tacones. ¿La moda debe incomodar para ser fabulosa o debe liberar a la mujer? ¿O un poco de ambas cosas? Preguntas sobre la feminidad de hoy.

Vanessa Rosales
Cartagena

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oda mujer que esté iniciada en la práctica de los tacones está también familiarizada con la práctica del dolor. Como otras tantas cosas de la experiencia femenina, no se trata de un dolor total sino más bien ambiguo. Una gran cantidad de mujeres habituadas a la práctica podrán reconocer que se puede tratar, incluso, de un dolor exquisito – dulce, como ha dicho Manolo Blahnik. Los que critican los tacones han señalado que se trata también de una práctica limitante. Y como sucede con frecuencia en el mundo femenino, el uso de tacones tiene que ver tanto con una experiencia física como con las pulsaciones de la mente y el sentir.

La mujer que trepa de vez en cuando sobre la altura de unos zapatos sabe también que hacerlo puede darle un sentido de poder, difícil de describir. Roger Vivier, maestro de la fantasía zapatera, decía que a pesar de ser terrenales (al conectarnos con el piso), los zapatos tienen el poder de transformar el estado del alma y el esquema mental de una mujer. Así, la mujer que lleva todo un día activa, digamos en bailarinas o cualquier otra planicie de confort, puede sentirse distinta cuando el día cambia de color,  ella cambia sus zapatos y cuando sus pies, y su cuerpo, se empinan.

En cierto sentido, sin embargo, los tacones también inmovilizan e impiden. Las que tienen experiencias urbanas – como, por ejemplo, la vida bogotana o neoyorquina, de transporte público, trenes subterráneos, gentíos y tiempos movidos – saben que los tacones sólo pueden ser momentáneos. Una mujer fabulosa me decía hace poco, sentadas ambas en el jardín de La Durée, en Soho, en Nueva York, que los tacones no son para las vidas activas. Me invitó a recordar el Nuevo Look de Christian Dior y la estética que dominó la mayor parte de la década del cincuenta. Faldas amplias, cinturas ínfimas, carteras pequeñas que no permitían cargar demasiado. En últimas, ropa aparatosa que no coincide con las necesidades de una mujer que necesita moverse, rápido y ágilmente.

En una conversación incluida recientemente en la publicación de moda académica Vestoj, Valerie Steele -(historiadora fabulosa y directora del museo de moda del Fashion Institute of Technology)- y Robin Ghivan –(la única crítica de moda que ha ganado un Premio Pulitzer por el tema)- intercambiaron ideas sobre la moda y el poder. El poder, como la moda misma, es una palabra maleable que varía según el contexto y la ocasión. En algún momento, Lucy Brooks, quien guiaba la conversación, invita tanto a Ghivan como a Steele a reflexionar sobre el tipo de ropa que consigue reflejar poder. La cuestión de si la moda empodera o desvalida a las mujeres es un lema común en las reflexiones sobre la relación entre ropa y feminidad. Ambas Ghivan y Steele coinciden en su respuesta. La pieza que logra que ambas se sientan secreta y ligeramente poderosas al entrar en una habitación: unos zapatos de alto tacón.

La ropa tiene la capacidad de hacer que una mujer sienta mucho o poco poder. La escritora Virginia Woolfe tiene todo un cuento corto, magnífico y desgarrador, sobre los efectos del vestido incorrecto en una mujer que asiste a una fiesta, The New Dress. El cuento es una especie de espejo de la experiencia, a veces indescriptible, de mortificaciones profundas y gozos extremos, que tenemos las mujeres con la ropa. Que dos de las mentes de moda más brillantes de nuestro tiempo puedan sentirse transformadas y elevadas a una posición de poder psicológico cuando sus cuerpos se suspenden sobre zapatos altos es un índice de esto también.

Durante mucho tiempo, moda y feminismo parecían estar en opuestos extremos. Desde que la lucha feminista estalló, desde tan atrás como el siglo diecinueve, las mujeres que buscaban igualdad de derechos y más opciones de vida comenzaron a buscar también una forma de vestir que permitiera más libertad de movimiento. Después de todo, los corsets, las complejas capas de tela y el simple hecho de que una mujer necesitara asistencia para entrar en un vestido, eran demostraciones de que aquella ropa estaba hecha para criaturas ociosas, cuyas actividades permanecían en el cautiverio de la vida doméstica. (Algo que recuerda a la estética americana de los años cincuenta y a lo que era, para una furiosa Chanel, el retroceso de lo que había traído consigo Dior.)

Cuando las mujeres pudieron – por fin – tener roles más modernos, cuando fue normal que caminaran por las calles sin acompañamiento, cuando pudieron manejar automóviles y cuando salieron de la casa a ocupar espacios de trabajo, la ropa que usaban cambió con ellas. Pero la desigualdad y las opciones permanecían estrechas.

Por eso, cuando el movimiento feminista de los años sesenta reventó, muchas de las que se unieron a él venían cansadas de que la gran fuente de identidad, el gran rubro de valor de una mujer fuera su apariencia. (Pensemos en Mad Men, donde el acoso en las oficinas era convención y donde la belleza de una secretaria podía ser el camino para ascender a través de un matrimonio con su jefe o algún hombre de posición.) Las mujeres habían sido educadas para ser bellezas visuales y complacientes. Sucedió entonces que algunas feministas, sobre todo las más radicales, vieran en la moda y la cosmética una prisión.

Simone de Beauvoir fue una de esas mujeres. Brillante y lúcida, de Beauvoir es el símbolo de la mujer pensante que para ser lo que era – escritora e intelectual – desistió de todo afán de belleza estética. Esa forma de pensamiento hay que leerla dentro de las dimensiones de su momento. Y resulta peligroso anticiparnos a pensar, como muchos, que las mujeres académicas, las escritoras, las intelectuales y las que, en general, son más complejas o habitan más espacios además del gimnasio y el salón de belleza, no sientan interés por cultivar su apariencia. Este mito persiste en la imaginación de algunos. Así como perdura en el aire una cierta de idea de que una feminista es una mujer iracunda, descuidada, sin depilar.

La radicalidad es un sendero peligroso, lleno de vistas cortas y ciegas. Nos tienta a arrimarnos demasiado a un solo lado de la balanza. Muchas feministas, para lograr lo que exigía su momento, debieron hacer esto justamente. A ellas hay que entenderlas como a nosotras mismas: frutos de un tiempo muy específico. Cuando el movimiento feminista se había disipado de los medios y cuando había sembrado lo que hoy es normal – control sobre el cuerpo y la reproducción, más posibilidades de vida, la inclusión de mujeres en trabajos antes sólo masculinos, la posibilidad de ser mucho más que madre y esposa – una nueva ola de intelectuales decidió recuperar la relación entre moda y feminismo.

Algunas escritoras se aventuraron a decir que la moda, que permite que una mujer juegue con su identidad, puede ser una fuerza de rebeldía más que de conformismo. Porque la moda es mascarada, permite que una mujer juegue a ser distintas mujeres sin dejar de ser la misma. (No existe nada similar en el mundo de los hombres, por ejemplo). Durante mucho tiempo, muchas feministas abogaron que las mujeres buscaran formas más funcionales para vestirse. Hay que entender que esas mujeres ansiaban trabajar, salir del mundo doméstico. Pedían bajarse de los tacones. Pedían salir de formas de vestir tan complejas. Por contraste, las escritoras de los años ochenta ya tenían en sus vidas las ganancias del feminismo. Su época les permitía decir que la moda también es un deleite para las mujeres; que gozamos con la belleza; que adornarnos sin un fin necesariamente práctico puede ser un gran gozo.

Ese es el paisaje general. Muchas mujeres se criaron con los logros del feminismo pero crecieron con el sentimiento de que eran todo menos feministas. Se criaron sabiendo y pensando que podían trabajar y ser madres; escoger la profesión que quisieran y tener zapatos fabulosos, todo al tiempo. El feminismo les dio esos regalos y, sin embargo, la mayoría de esas mujeres rechazaron cualquier posibilidad identificarse o adherirse a la palabra.

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¿Cómo debemos vernos? 

El feminismo es una forma de pensamiento. Un lente para mirar el mundo. Ha tenido cantidades de corrientes; y muchas de ellas reflejan la época en que brotan. El feminismo nos permite hacer preguntas sobre lo que significa ser mujer en cualquier época. Pero la palabra de por sí tiene un poder poco atractivo. Tal vez se debe al ‘ismo’ que la finaliza; tal vez es porque los temas de mujeres luchan por ser tomados en serio dentro de culturales de racionalidad masculina.

Entre los incontables mitos que se han fabricado, se cree que feminismo es una especie de categoría que aísla completamente lo femenino. El argumento aquí, el recordatorio más precisamente, es que no existe nada más femenino que una forma de pensar que permita bucear los significados de ser mujer.

Una pregunta frecuente es si una mujer inteligente, activa, que es productiva, que desee ser bella pero también sustanciosa pierde algo si usa tacones. En tacones, pierde movilidad para andar rápido por las aceras de la urbe, por ejemplo. Gana empoderamiento psicológico si debe hacer algún tipo de aparición pública. Estas son las preguntas espinosas que surgen cuando entramos en las complejidades y sutilezas del universo femenino.

¿Debe entonces una mujer inteligente desistir de todo afán para embellecerse y complacer, en mayor o menos grado, la mirada masculina? ¿Debe una mujer intelectual o altamente exitosa simplificar su vestuario para invertir su tiempo y su energía en cosas más importantes que su apariencia? Por supuesto que no, brincarán algunas con indignación. ¿Cómo es posible que algo que se ha vuelto tan rotundamente femenino como la moda implique una pérdida para una mujer? Pero si una mujer necesita invertir horas de su día en escribir un libro o si requiere preparar una reunión decisiva, ¿debe pasar también dos horas en el gimnasio y dos horas más en la peluquería?

A veces una mujer puede vestirse para hacer una afirmación de moda. Ponerse algo dramático, cargado de color, con una silueta excéntrica. Otras, puede vestirse para decir algo sobre su identidad. Otras veces puede vestirse para seducir al hombre de sus afectos. Y otras para permanecer en la soledad de su trabajo y el tiempo que tiene consigo misma. ¿Dónde trazamos los límites? ¿Cuál es el balance correcto?

La mujer académica, la feminista, la mujer pensante, la que trabaja en oficinas demandantes la que se preocupa por ser mucho más que esposa y madre de alguien. ¿Debe esa mujer dejar de usar tacones para llevar una vida activa? A veces, sí. Habrá otros momentos donde las circunstancias sean confortables y pueda andar elevada sobre muchos centímetros, sintiendo esa exquisita transformación del cuerpo que experimentamos cuando los tacones hacen su efecto. Porque lo cierto es que la moda, en sus versiones más dramáticas, no siempre es afín con el confort y lo práctico. Esa es, en parte, su belleza. Su poder como espectáculo visual. Su fuerza de fantasía.

Pero la cuestión aquí no son las respuestas fijas, sino la invitación a que las mujeres – colombianas y latinas – se hagan este tipo de preguntas.

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Tenis y Tacones

La moda de hoy es un portal para preguntarnos lo que significa ser mujer en el tiempo que vivimos. Nuestra moda actual no es limitante sino más bien libertina. Ecléctica, veloz, llena de combinaciones contrarias que coordinan. Si se piensa, esto podría considerarse un espejo de cómo opera la feminidad actual, un reflejo – o metáfora – de todas las opciones, amplias y diversas, que existen para la mujer de hoy.

Últimamente, se ha visto una tendencia que nos habla sobre estas características. Un tema sobre el que escribí para Vogue. Un tema que empecé a notar con frecuencia en las calles de Nueva York. Que comenzó a teñir tanto el panorama de las páginas lustrosas en las revistas como las imágenes cotidianas de las blogueras, en sus páginas o en sus instantáneas en Instagram. Los tenis. En inglés trainers sneakers.

En SoHo, en Nueva York, aparecían frente a mi mujeres gloriosamente vestidas. Con combinaciones de color exquisitas. Con piezas bellamente fabricadas. Con un look que habría adorado tener puesto en el instante en que las veía. Pero, al mirar a sus pies, encontraba con frecuencia tenis, fluorescentes y coloridos, en reemplazo de mocasines, tacones, botas o bailarinas. Luego apareció la imagen de Phoebe Philo para Vogue, con pantalones de cuero holgados, un abrigo cobalto y simple, un saco crema con las firmas de Céline. Philo pensativa, en un sofá, y en sus pies, tenis, en rosa y amarillo. La repetición del  uso de estos zapatos en las imágenes que observamos a diario naturalizó entonces la idea de que un look de moda puede llevarse con tenis.

Usualmente patrimonio del gimnasio y el atletismo, es probable que un par de tenis haya sido impensable para una mujer que seguía la moda, digamos, en 1974. Las normas en aquel entonces comenzaban ya a desbaratarse, pero es posible que en Colombia, nuestras madres, abuelas, tías y familiares tuvieran ideas más estrictas sobre lo que era o no moda. Cuando algo era tendencia, dominaba. Hoy, todas sabemos que las tendencias existen, que podemos disfrutarlas, que son faros temporales para reinventar nuestro armario – pero sabemos que no son credos estrictos.

Los tenis son zapatos de confort. La comodidad es su base. De allí tal vez que Phoebe Philo sea una de sus usuarias más fervorosas. A su manera, Philo se ha inventado una forma de feminismo en el vestir contemporáneo. Cree en la simplicidad. Cree en el confort. Es esposa. Es madre. Durante unos años incluso abandonó la moda para cultivar su vida familiar. Es influyente. Es poderosa. Es femenina. Todas ansiamos cubrirnos o cargar con nosotras Céline.

En varios sentidos, Philo nos recuerda a Coco Chanel y a los fundamentos que, en principio, hicieron de la ropa de Chanel revolucionaria. No porque Chanel se inventara el minimalismo o el modernismo de su tiempo, sino porque Chanel hacía ropa para sí misma y para mujeres como ella: mujeres que por primera vez tenían vidas modernas y activas. Ambas Philo y Chanel, a su manera y vistas en sus contextos, tienen algo de feministas. Los principios de su ropa brindan una comodidad a la mujer que le permite activarse más allá de su belleza física.

Que los tenis sean frecuentes en el paisaje visual de la moda habla también sobre cómo muchas mujeres buscan al vestirse algo de confort. El confort es realista. Nos permite recorrer mayores distancias en la vida urbana. Nos libera de cierta consciencia sobre cómo lucimos. Y si bien es cierto que adorarnos, celebrar nuestras bellezas y envolvernos en ropas exquisitamente hechas es magnífico, también es cierto que las mujeres podemos encontrar libertad cuando vamos cómodas y simples.

Los tacones no son ni serán nunca cómodos. Pero sí tienen el poder de transformar física y psicológicamente a la mujer que se sube a ellos. Inmovilizan el andar físico en ciertas circunstancias, sí, pero también pueden empoderar a una mujer, elevar la forma cómo se siente sobre sí misma. La mayoría de las mujeres no desean siempre, en todo momento, el confort. Como tantas otras cosas en la experiencia femenina, la cuestión está atada al tiempo, el momento, la ocasión y cierto ímpetu. La cuestión de si la mujer que desea moverse y pensar mejor debe deshacerse de los tacones no tiene respuesta fija. Que hoy, una mujer de moda pueda usar tanto tenis como  tacones, habla finalmente sobre lo que es bello y difícil de la moda: el don que nos concede para el cambio y la transformación. Eso, finalmente, guarda semejanzas increíbles con lo que significa ser mujer.

1 Response
  • Daniela
    January 30, 2016

    Excelente post

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