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El estilo de vestimenta femenina ha evolucionado en todas las direcciones imaginables y posibles. Esto, se pensaría (y se piensa con frecuencia) es un síntoma de libertad que no han gozado los hombres, por ejemplo. Y sin embargo, la escritora e historiadora Anne Hollander nos indica que los hombres llegaron a la modernidad, a través del vestir, más de un siglo antes de las mujeres. La ropa conservadora, ante sus ojos, ha sido la femenina, no la de los hombres. En su perspectiva, es más conservador usar ropas complejas, ornamentales e inquietantes; moderno es estar cómodo y hábil para el movimiento.

Para Hollander, uno de los propósitos más sagrados y originales del vestir es el de representar “las aspiraciones espirituales, las proyecciones imaginativas, y los sacrificios prácticos” que separan al ser humano consciente de todas las criaturas sobre el mundo en el que vive. Esa idea, según ella, grandiosa y profunda es, sin embargo, todo menos moderna.

Si los hombres llegaron a la modernidad antes que las mujeres a través de la vestimenta fue porque la ropa masculina se encargó de crear envolturas que impidieran al usuario falta de confort y problemas. Y si las mujeres de hecho entraron a la modernidad en el vestir (aún cuando en tiempo ya habían entrado a experiencias más modernas) fue precisamente porque imitaron los esquemas que habían estado disponibles para los hombres desde mucho antes.

Según Hollander, la apropiación del armario masculino en la experiencia de estilo de las mujeres ha sido una manera de saborear la modernidad y también un proceso que parece no haber terminado. No hay nada nuevo en que las mujeres presten, asimilen, usen y se hayan acostumbrado a cosas del vestir que antes eran exclusivamente para ellos.

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