Mujer como Imagen

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La relación entre las mujeres y las imágenes es diversa y antigua. Cuando eran invisibles a nivel político y cultural, eran ellas quienes llenaban todo tipo de retratos. Durante siglos, esos retratos venían exclusivamente de la interpretación masculina. Pero las distintas liberaciones a partir de los años sesenta empezaron a cambar ese ritmo. Y la era digital ha hecho posible que las mujeres puedan crear, como nunca, sus propias imágenes, representándose a sí mismas de manera constante y sin límites. ¿Libertad total o poder ambiguo? ¿Será posible que el exceso de imagen refuerce la apariencia como gran fuente de identidad femenina?

Reflexión y despedida personal de la imagen digital.

Vanessa Rosales 

Fotos: Juan Moore 

Bella locación: Maison Privat

Bogotá

Una de las imágenes más familiares para las niñas que crecen en tierras latinoamericanas se concentra desde temprano alrededor de la Virgen María. Sin saberlo y poco a poco, ésta se convierte en el referente de ideal femenino para las mujeres que se crían bajo las redes del catolicismo. La imagen cobra vida en estampillas, en la pequeñez tridimensional del rosario, en esculturas silenciosas que observan al feligrés aplicado durante las soñolientas misas. En los rincones domésticos, ella tiene forma rumana o mexicana, es ornamento y talismán. Pero ella es, en el fondo, una imagen reconfortante, la encarnación de lo que una mujer debe ser: suave, entregada, maternal y no obstante virginal.

Que una de las figuras más limpias y sacras en el dogma religioso sea también una poderosa presencia visual sirve aquí para mostrar la fuerte relación que existe entre las mujeres y las imágenes. La mujer más extraordinaria de todas – la que procrea al hijo de Dios intocada por la mundanidad – es retratada de múltiples maneras, en múltiples lugares. Su fuerza está también en su imagen.

Es interesante recordar que al tiempo que se consideraba que las mujeres sólo estaban designadas al destino del servilismo y la domesticidad, ellas eran, no obstante, las grandes protagonistas en las imágenes más variadas. Las mismas épocas donde no se creía en que podían actuar públicamente las posicionaban como centro de todo tipo de representaciones y retratos. Los hombres, los seres que sí actuaban en público, que sí tenían posibilidad social, eran los encargados de representar a las mujeres, de volverlas imagen. Y mientras, ellas, invisibles de la vida cultural, iban acostumbrándose a verse a sí mismas como una imagen representada por alguien más.

Como escribe Karin Sagner, citando al historiador Georges Duby, “las mujeres estaban presentes en imágenes antes de ser descritas, antes de que se narrara sobre ellas y antes de que ellas mismas tomaran la palabra”. 

Esto explica tal vez por qué histórica y culturalmente las mujeres han sido endosadas la noción de que la estética y la apariencia son sus ámbitos de por excelencia, una suerte de filiación de esencia, un rasgo inescapable de su identidad. (En algunos casos incluso el gran rasgo de su identidad, uno que crea la imposibilidad de disolver los límites entre identidad y espejo).

La historia de la mujer como imagen es larga, compleja y arraigada, imposible de condensar aquí. Pero es, ciertamente, un vínculo histórico y constante.

 

Mujeres de Aspecto Digital

 

El tema está colmado de matices y de espinas, y no es este el lugar donde entregar respuestas finales o definitivas, pero sí un pequeño paisaje para reflexionar cómo esa tradición femenina se vive hoy en el mundo digital.

Desde mediados de los 00, vivimos la época de la blogosfera. Los blogs, como sabemos, tienden a concentrarse en historias y representaciones personales del mundo. Son lugares para la auto-conciencia y la auto-expresión. Una cultura que fomenta semejante celebración indulgente de la individualidad se acentúa y exagera a través de la naturaleza efímera de los medios digitales que la alimentan. Ninguna de las dos (individualidad indulgente y velocidad digital) habrían sido posibles sin la entrada del posmodernismo – es decir, la multiplicación de la subjetividad, al acceso a mundos distintos a través de nuevos medios de comunicación y la entrada a un mundo donde los más diversos estilos y corrientes conviven tranquilamente entre sí.

Ahora, la hipermodernidad, es decir nuestro paisaje actual, crea un esquema social donde abundan los más distintos puntos de subjetividad y donde la narración del yo puede hacerse más visible a través de los canales de comunicación instantáneos de las tecnologías digitales. Vivimos rodeados de un flujo de auto-conciencia que se digitaliza y que se expresa a través de la ropa y la fotografía. Vivimos rodeadas por imágenes de mujeres que se hicieron célebres a través de Internet, narrando su propia mirada, creando su propia historia digital.

Nada encarna esto mejor que ese género tan abundante llamado blog de estilo personal. Allí, a comienzos de los 00, las mujeres “ordinarias” comenzaron a ofrecer relatos del yo a través de su interpretación peculiar de las tendencias de vestir. Hoy, los lemas de ese tipo de blog se han extendido a otras modalidades: Instagram, Snapchat, Periscope. Cualquier persona puede hablar de sí en el gran público virtual, auto-celebrarse, representarse visualmente, crear interpretaciones tanto de imagen como escritas.

Lo cierto es que con la entrada al mundo digital, las mujeres ganaron un poder que nunca habían tenido: encontraron que podían hacerse fotos de ellas mismas, representarse a sí mismas, generar su propia versión visual de sí. La ruptura de la gran mirada masculina, se había ido gestando desde los 70, sí, pero las tecnologías digitales reventaron la posibilidad de auto-retratarse y de auto-transformarse en imagen. No es necesario tener un blog para hacer esto. Las pantallas de los celulares se han convertido, como analiza una teórica de moda, en nuevos espejos. A ellos se transfiere la identidad femenina. 

Las mujeres pueden volcar la cámara del celular hacia sí para verificar su maquillaje; pueden sostener el teléfono hacia arriba y sacarse una selfie individual o con otras mujeres; pueden hacer fotos de sus cuerpos delante del espejo para vigilar sus progresos en fitness; pueden hacerse retratar un día que se sienten bellamente vestidas.

Así que el mundo digital concedió a las mujeres una liberación y la posibilidad de ser ellas sus propias representantes a nivel visual. No en vano, el blog de Leandra Medine, The Man Repeller, existe también como una confirmación de que una mujer que crea sus propias imágenes digitales puede tener motivaciones al vestirse que no necesariamente implican querer atraer la mirada masculina. Al contrario, Leandra está para complacer el apetito visual femenino actual, que se complace al observar eclecticismos salvajes y mezclas que no coordinan pero que crean una fascinante armonía.

Pero aún cuando esto se sienta como una forma de libertad, como una manera de haber roto definitivamente con que sean los hombres quienes transformen a las mujeres en imágenes lo cierto es que también estamos sumergidas en un exceso visual. Durante mucho tiempo, una de las pugnas del feminismo consistía en demostrar que las mujeres también pueden actuar y no sólo aparentar. Y la historia más reciente se ha encargado de demostrar la certeza de esa convicción.

Y sin embargo, esta indulgencia con la imagen, ahora más fácil de lograr gracias a lo instantáneo, parece por momentos reforzar la apariencia como fuente de la identidad para las mujeres. La mayoría de los blogs de estilo personal nos inducen en unas suculentas fantasías de chicas con cuerpos espléndidos, jóvenes y bellas, capaces de transformar su guardarropa de manera lujosa y consecutiva, que llevan vidas de esplendor, de hoteles glamorosos, sillas en primera clase, movimiento global y constante, y vidas donde sin duda la apariencia es un gran goce, una fuente de ingreso y una manera de relacionarse con el mundo.

Las blogueras, que se han convertido en iconos de feminidad contemporánea, nunca están tristes, rara vez reflexionan sobre aspectos de la vida más allá de alguna frase centelleante de la importancia de ser quien es. Y bueno, la moda tiene mucho de eso, de vendedora de fantasías y sueños, de carnada de promesas de una vida más glamorosa, más espléndida. Por supuesto que los blogs y las imágenes digitales incluyen esos temas.

Pero la reflexión aquí no es puntualmente sobre las blogueras de estilo personal – ellas son un gran emblema del tipo de imágenes que circulan en el mundo digital y ellas reflejan lemas importantes en la feminidad actual, una que se mece entre las posibilidades amplias y el régimen de las apariencias. 

 

La reflexión aquí es sobre lo que implica ser mujer como imagen digital. ¿Cómo se siente ser imagen en la experiencia femenina? 

Puede ser una tortura, seamos francas, puede llevarnos a un sentimiento de cautiverio, de estar conectadas con algo tan pasajero y sin embargo tan inmediato como la apariencia. Puede ser también un gozo que nos anima y nos complace: estar allí, ante las miradas de otros o sentir una corriente de adrenalina, de aprobación ante nuestro propio reflejo. Comprobarnos bellas en una imagen. No reconocernos en una fotografía, sentirnos ajenas. Puede ser un recurso de afirmación o una forma de sentirnos inadecuadas. Y también, creo, como dice Berger, es frecuente ser mujer y sentirse yendo por el mundo, siendo imagen, por eso atrapamos nuestro reflejo en los vidrios, de las tiendas o hasta de los carros.

Y también hay algo más que es cierto: en todas las épocas las mujeres se sienten inspiradas por las imágenes de otras mujeres. Como escribió otra escritora: “Las mujeres toman placer de la ropa, no sólo al ponérsela, pero también en mirarla y en ver imágenes de otras mujeres con ropa, porque ellas exhortan fantasías de transformación y transportación”.

Agnès Rocamora escribe: “Las imágenes pueden ser una mirada panóptica, de vigilancia, donde las mujeres son interpretadas como objetos, pero citando a Michelle Perriot, si para las mujeres las imágenes son sobre todo algo tiránico, las imágenes también pueden ser una fuente de deleite: el placer de ser destacada, celebrada, embellecida, la Virgen encima de la puerta de una catedral, la dama en los murales de un castillo, y uno puede ahora agregar, la mujer a la moda en la pantalla digital, un placer que presumiblemente aumenta por el sentimiento de control que viene de representarse a sí misma”. 

Cuando miramos la imagen digital de la mujer gloriosamente vestida, de la jovencita de la vida fabulosa destilando su alegría y sonriente, nos transportamos, sentimos cierto placer, el goce que produce el deseo, la presencia de lo bello o la identificación. Pero en un universo donde las imágenes cambian sin cesar, donde abundan, colmadas de estilo y de belleza, también puede desatarse en nosotros la ansiedad, la añoranza, el deseo que no se consuma, el apetito por transformarse a nivel de apariencia únicamente.

Como mujeres, la imagen puede ser inescapable. Es nuestra herencia cultural, nuestro goce, nuestra ambigüedad. Pero al final, ¿qué somos? ¿Actuar o apariencia? ¿Estética o ser? No hay respuesta lineal. La moda y la feminidad son mundos donde la contradicción es una característica esencial. Hay mujeres que concilian todos los elementos con goce extraordinario. Nos inspiran a reconectarnos con el deleite de la estética. Hay otras que nos recuerdan que la fealdad y la carencia de espíritu puede venir envueltos en una apariencia que encarna el ideal estético de nuestro tiempo. La mujer de sustancia aprende que la belleza existe como un componente más en una identidad laberíntica, integral y compleja. Y habremos mujeres que luego de saborear los encantos y los sinsabores de la estética, querremos resguardarnos un momento, despedirnos, y que queden las palabras, que quede el texto. 

 

vanessa@vanguardstyle.com

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