Vestidos para Sirenas: Una Pequeña Historia del Traje de Baño

by

Vanessa Rosales

 

Imaginen ser mujer en el año 1900. Imaginen que si les apetecía algo tan aparentemente simple como nadar, tenían que hacerlo con un aparatoso set que incluía falda, medias de lana y una blusa marinera que tenía mangas tipo globo y llegaba hasta las rodillas. ¿Toda esa ropa para hacer algo donde el cuerpo de una mujer necesita moverse ágil y ligero? Imaginen.

Pero lo cierto es que ese impensable atuendo era mucho más que una simple vestimenta. Era como un símbolo de lo que implicaba y significaba ser una mujer a comienzos del siglo veinte. Viéndolo así, el vestido de baño es una ruta en la que seguir los cambios que han ido transformando a las mujeres y sus vidas.

Es posible que una de las cosas que más encienda el corazón de las mujeres acerca de la moda es cómo ella puede acercarnos a la belleza; suspendernos el suspiro con sus apariciones y posibilidades de fantasía. Pero otro de los temas más fascinantes sobre la moda es también como ésta nos cuenta, a través de sus tiempos e hilos, aquellas cosas que una mujer podía hacer en otra época, cómo podía vivir, qué era posible e imposible para ella. Navegar los cambios del traje de baño a través de sus evoluciones y capítulos enciende justo esta fascinación. Es hechizante ver cómo una forma de vestir significa tanto en la historia femenina.

La moda es una fuerza que moldea el cuerpo. (En el siglo diecinueve apretaba las cinturas, en mitad de siglo veinte revelaba como nunca antes las piernas al mundo entero). Y también es un espejo de lo que un cuerpo vestido puede hacer. Los archivos de la moda nos ofrecen a los ojos los a veces bruscos y variados cambios en las vestimentas; pero también nos dan pistas de temas invisibles pero definitivos en las vidas de las personas. La ropa que se celebra en cierto momento y lugar permite asomarse también en el mundo de las creencias y las formas de vivir.

¿Qué nos muestran los archivos del vestido de baño? Imaginemos que los observamos a través de una bola de cristal. Las imágenes nos hablan sobre la modestia, la libertad, la censura, las conquistas.

La historia del vestido de baño es la historia de las libertades del cuerpo femenino. De manera encantadora, sus formas y cambios revelan lo que se consideraba belleza, sí, pero también muestran lo que una mujer podía hacer con su cuerpo.

En la época en que las mujeres tenían que zambullirse al agua con lanas pesadas y aparatosos vestidos, muchas se ahogaban. Más aún, muchas mujeres no aprendían a nadar. Era más importante conservar “la moral” común que permitir que una mujer usara su cuerpo en una actividad que podía darle salud, gozo y diversión. Eso es prueba de cómo la vestimenta determina el nivel de actividad.

Así que la historia del vestido de baño es también una historia llena de trasgresiones y rebeldías, donde aparecen “leyes de decencia” y complicadas regulaciones. No es casualidad que el bikini se volviera la prenda en 1965, cuando las libertades de las revoluciones culturales ya se habían instalado en el ambiente general. Por eso también, asomarse a la historia del vestido de baño es darle una mirada a cómo han escalado las libertades que una mujer tiene en su vida.

A principios del siglo veinte, las cosas empezaron a soltarse. Un señor llamado Sir Edwyn Sandys decidió probar por sí mismo cómo era nadar con la ropa de baño femenina. Sintió horror. Y propuso como solución un tipo de enterizo suelto, que llegara hasta la rodilla. La prenda era como una túnica que cubría el cuerpo lo suficiente y que permitía algo más de movimiento. Muchas más mujeres aprendieron a nadar. Es fascinante cómo la ropa permite y alienta cosas

Las leyes de “decencia pública” tenían todo que ver con esta vestimenta. Y sobra decir que apuntaban a reprimir más que a liberar las posibilidades de una mujer. El lugar común, la actitud general, era tenazmente conservadora y tenía como fin cubrir, tapar, inmovilizar y esconder el cuerpo femenino.

Imaginen una playa americana a comienzos de siglo. Imaginen que ya las mujeres, al menos, tenían túnicas o enterizos que mostraban algo de los muslos y les permitían moverse en el agua, disfrutar del ocio del mar, estar activas. Era común que ciertos “policías” de la decencia y la moral se acercaran a ellas para medirles los muslos y asegurarse de que estuvieran mostrando la cantidad de piel autorizada. ¡Impensable!

El primer escándalo revolucionario lo causó una mujer australiana a la que llamaban “La Sirena Millonaria”: Annette Kellerman. Kellerman no quería escandalizar por afán de mostrar el cuerpo o seducir con sus curvas; la intención de Kellerman era una mucho más práctica: poder nadar. Cuando apareció, en 1907, con un trajecito que cubría su cuerpo pero que lo mostraba con su silueta ceñida, Kellerman estaba vestida para poder moverse con agilidad en el agua y competir. De cierta manera ella – que se convirtió en estrella de cine y que promovió la natación como una forma de reforzar la feminidad – era una metáfora de la libertad femenina que implicaba nadar. No era una cuestión tanto estética como la búsqueda de realizar una actividad.

En ese camino, nació precisamente la estética Cruise o Resort: en la búsqueda de las mujeres por estar físicamente más activas. En la Costa Azul francesa, una feroz mujer de pelo negro y corto, que venía relajando el vestir femenino, haciéndolo más moderno y prestando elementos masculinos comenzó a promover también el bronceado y la ropa que permitiera moverse libremente y sin preocupación. Le llamaban Coco.

Con ella – y con todo lo que estaba sucediendo alrededor – se haría evidente que el vestido de baño era un vehículo para otros temas en la vida de las mujeres. Sin duda, los cambios en el vestido de baño eran también reflejo una lucha femenina por poder ser más activas. Y también un reflejo de lo que esa actividad y la revelación del cuerpo les permitiría.

La gran prueba de eso sería el icónico bikini.

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