¿Qué significa el vestido de baño para las mujeres?

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V.R.

 

¿Se imaginan una vida donde la pieza principal del look era un complejo corset? ¿Dónde la moda femenina era tan compleja que una mujer necesitaba ayuda para vestirse? La ropa es un indicador de lo que se puede hacer físicamente (piensen en los tacones, ¿pueden caminar muchas cuadras desprevenidas por las aceras elevadas en un par altísimo?).

De una manera similar, en la historia, las mujeres venían de usar una ropa que les implicaba estar quietas, en casa, acompañadas, sin mucha actividad significativa. Los cambios del tiempo fueron cambiando eso poco a poco y cuando se volvió común que las personas visitaran playas o escenarios marinos, las mujeres se antojaron de ser más activas. ¿Cómo hacerlo cubiertas con ropas pesadas que impedían moverse de manera libre?

El vestido de baño es una prueba rotunda de que en la vida de las mujeres la ropa siempre tiene una carga doble: tiene efecto físico y también simbólico. A medida que el vestido de baño fue evolucionando, permitió que más mujeres se unieran al ánimo activo y deportivo, demostrando los efectos psicológicos que causaba un movimiento más libre.

La libertad del cuerpo causaba apetito de libertades sociales también.

Pero, el vestido de baño, que es una particular manera de estar vestida y desvestida, tiene como enfoque el cuerpo de la mujer. Por eso también siempre ha sido una manera de entender el ideal de belleza de momentos distintos.

En los 40, antes de que se instalara por siempre el bikini, los trajes de dos piezas, que tenían tops tipo halter y un complemento que cubría caderas, ombligo y dérriere, acentuaban el ideal de mujer del momento; imaginen a Ava Gardner y Marilyn Monroe y Rita Hayworth. Sirenas curvas de glamour lustroso y gracia divina. El ombligo, en aquel entonces, era terreno prohibido. Y la pieza de la parte inferior, por ejemplo, permitía que las imperfecciones y blanduras del cuerpo se ocultaran con gracia. La flacura estaba lejos de ser el prototipo.

Cuando en 1946 aparece el bikini, saltan a la vista partes del cuerpo femenino que hasta entonces estaban prohibidas a la mirada. Para lucirlo, una mujer debía ajustarse a una silueta de mayor delgadez. La primera mujer en usarlo públicamente, Micheline Bernandini, no era modelo sino una bailarina nudista. Era tal el escándalo, que ni las modelos estaban dispuestas a modelarlo cuando se lanzó en público en la audaz Francia.

Cuando se volvió más presente, era común que las mujeres tuvieran un poco de flacidez en el abdomen. Cuando en los 70, Cheryl Tiegs desató el ideal de un cuerpo atlético – que perdura hasta nuestros días -, se volvió común que para usar un bikini una mujer tuviese que condicionar su cuerpo acordemente. Y desde entonces, el bikini – y el vestido de baño en general – parecen haber alcanzado un punto sin retorno. Porque el bikini no sólo se instaló como máximo rey, sino porque los ideales de belleza femeninos han seguido gravitando hacia la dureza cultivada por el ejercicio.

El vestido de baño tiende un espejo para mirar las formas cómo se ha ido comportando el cuerpo femenino a través del tiempo. Más descubierto, más activo, más cultivado, más condicionado, más libre. Se comporta como símbolo: de belleza, libertades, angustias, posibilidades. ¿No es fascinante pensar cómo una pieza que nos viste y nos desviste nos cuenta tanto sobre la historia femenina.

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