MUJERES PERFECTAS: MITOS DE POSIBILIDAD Y PERFECCIÓN

by
10363324_10152263946328867_5928036155204358050_n

 

Vanessa Rosales
Cartagena

Como muchas mujeres, he tenido la fortuna de encontrar en mi camino a otras mujeres diversas, espléndidas e inspiradoras. Aún así, misteriosamente, rara vez he encontrado a una mujer enteramente satisfecha con sus atributos. Este curiosa observación contrasta con la idea de que lo que más seduce en una mujer puede ser precisamente un sentido de seguridad y auto-confianza – esa potencia difícil de describir verbalmente y que usualmente emana, sin cálculos, de la mujer que la posee. Esa auto-confianza puede ser también una de las batallas más largas y arduas en la vida de una mujer. Y es una cualidad fantástica que enciende inspiración en las personas que la observan.

Pero para nosotras las mujeres esto no es un misterio. Siempre parece haber en nosotras una pequeña falla – o varias – de las que somos agudamente conscientes. (Muslos muy anchos. Busto muy pequeño. Pelo demasiado delgado. Estatura demasiado baja.) Estos breves ejemplos no agotan el amplio repertorio que existe. Pero sí son términos familiares en el argot de las mujeres. Tan familiares, tan incrustados en nuestras auto-percepciones, que parece apenas natural que una mujer sea consciente de lo que carece. Es un tema frecuente en los intercambios íntimos y amistosos que tenemos unas con otras. Lo conversamos divertidas o resignadas, quejumbrosas o agradecidas.

Estas fallas, por supuesto, no se limitan al terreno de lo estético. Pero en el mundo femenino, la belleza el cuerpo y la ropa tienen una importancia que no creo sea necesario explicar aquí. En parte, tiene que ver con la historia que nos precede. Las mujeres han sido entrenadas para ser visualmente placenteras –sobre todo, para la mirada masculina. Para ser deseables. Han sido también educadas para creer que la apariencia es una de las grandes fuentes de la identidad femenina. Que la apariencia sea tan fundamental tiene que ver también con nuestra biología: como seres esencialmente maternos, la fecundidad se asocia también a la belleza. Pero culturalmente, hay una larga tradición que ha dictado que la belleza puede ser el gran “poder” y el más deseado de los atributos femeninos. Debajo de todo eso, está el hecho de que las mujeres más diversas – en espacio, tipo y tiempo – pueden sentirse magnetizadas por la belleza (crearla, poseerla, mirarla, rodearse de ella, serla.)

Sin embargo, hace unas décadas ya que la apariencia no es – en teoría – lo que más pesa en el ser de una mujer. Desde siempre, ciertas mujeres, por constreñidas que estuvieran en sus contextos, ansiaban algo más que ser una bonita carnada para el deseo del hombre. Ansiaban más que matrimonio e hijos. Más que las satisfacciones innegables de la belleza física. Y así, en los más distintos momentos de la historia, hubo mujeres que intentaron tener vidas que reflejaran esos deseos. (Coco Chanel. Tamara Lempicka. Marvel Moreno.)

Pero vale recordar que esas posibilidades – de ser algo más allá del mundo doméstico, de dedicarse a algo que estuviera alineado con intereses verdaderos, de ganar autonomía financiera, de tener control sobre la sexualidad y el cuerpo – llegaron puntualmente con el feminismo de la década del sesenta. (También es cierto que en muchas partes del mundo, esas posibilidades aún no han llegado y que en nuestros predios cercanos pueden ser escasas).

Usando la moda como lente, llevo varios años escribiendo que las libertades que gozamos las mujeres en el presente han aumentado las presiones para ser virtuosas en muchas más áreas. Antes bastaba con ser bella, procurar un buen matrimonio y desarrollar un alto nivel como madre. Las reglas eran pocas. Luego de los sesenta, aquel esquema se multiplicó. Y las mujeres quisieron seguir siendo bellas, madres y esposas, pero también, por ejemplo, salir a los campos de la medicina, las finanzas, la academia, la ley – y todas aquellas cosas que durante mucho tiempo fueron exclusivamente masculinas. La posibilidad de ser más que esposa y madre encendió en las mujeres el deseo de ser activas y atractivas; madres y líderes; fuertes y fabulosas; maternas y proactivas. Ejecutivas en altos tacones; individuos delicados pero luchadores; madres ideales y compañeras idóneas.

Nada de esto es nuevo. Pero estos temas necesitan ser refrescados de manera frecuente. Sobre todo en nuestra cultura colombiana y latina, donde la apariencia sigue siendo uno de los grandes ejes de la identidad femenina.

Como muchas de nosotras vivimos en un mundo donde ser mujer y querer ser médica o directora de cine no es una irreverencia o algo poco factible, tal vez no entendemos que esto no siempre fue así. Acostumbradas a las libertades estupendas de nuestro tiempo, sin darnos cuenta ignoramos lo diferente que ha podido ser para otras mujeres.

Muchas, incluso, somos o hemos sido bastante ingratas con el feminismo. ¿Feminismo? Muchas estiman que se trata de una ira incomprensible, de mujeres poco femeninas que no se cuidan y que van furiosas por la vida. Muchas se sienten completamente ajenas al feminismo. En parte porque los medios activaron en nuestra memoria las corrientes más exageradas del movimiento. (Sí hubo, en ese tiempo, feministas que rehusaron toda delicadeza o afán estético, que andaban en overoles y que se alejaron de amar a los hombres – Andrea Dworkin-; pero también hubo muchas otras ultra-femeninas y vanidosas, que buscaban reconciliar tanto la belleza como la actividad y el pensamiento – Gloria Steinem, por ejemplo.) Todas, sin embargo, lanzaron mensajes con fundamentos.

Como muchas mujeres hemos crecido con los beneficios del feminismo sin haber participado en sus batallas, hemos crecido acostumbradas a que existan muchas libertades. (Como por ejemplo: tener acceso a control anticonceptivo, no tener que recurrir únicamente al matrimonio para asegurar un futuro social y económico, dedicarse a algo más que a la vocación materna, ejercer liderazgo en áreas antes absolutamente cerradas a las mujeres). Por ende, no es extraño que muchas mujeres se sientan desconectadas de los mitos del feminismo.

Durante años, confieso que personalmente me sentía ofendida si me atribuían el término. Sospechaba de ese incómodo ‘ismo’ que termina la palabra. Lo feminista se me antojaba un radicalismo más, escueto, demasiado incendiario. Pero después, me encontré con la teoría del cine feminista de la década del setenta; anduve por los trechos de la historia, las teorías de moda que ahondé me reencontraban una y otra vez con el tema, y comprendí que sin el feminismo nada de lo que hago sería posible sin esa transformación que trajo consigo la palabra en la década del sesenta.

Pero hace poco entendí algo que no esperaba: que los regalos del feminismo nos condenaron también – y sin quererlo – a una creencia limitante. (Creencia que tal vez explica por qué la mayoría de las mujeres tienen tanto trabajo en confiar y creer en ellas mismas). Para sentirse seguras de sí, las mujeres, por lo general, deben sentir que son perfectas.

10333758_674433145958075_7338943832684845570_o

El feminismo abrió nuestras posibilidades de vida. Pero, como escribió brillantemente Debora Spar, al darnos la posibilidad de poder hacerlo todo, las mujeres nos convencimos de que debíamos hacerlo todo. Hoy, en la era ‘post-feminista’, muchas mujeres cazan ideales que les roban el gozo de vivir y que no les permiten alcanzar esos balances fantásticos que pintó para nosotras el feminismo. Los estándares son demasiado amplios, a veces imposibles.

Este aprendizaje provino de dos fuentes: un artículo de portada en The Atlantic (llamado “The Confidence Gap” o “La Brecha de la Seguridad”) y un maravilloso libro que transformó mi mente, escrito por Debora Spar, llamado Mujeres Maravilla: Sexo, Poder y la Búsqueda de la Perfección. En el primero, Katty Kay y Claire Shipman reúnen una serie de investigaciones que demuestran que las mujeres – por motivos tanto biológicos como culturales – tienden a ser menos seguras que los hombres. Incluso si están igual o más calificadas que ellos. Esta falta de seguridad se debe, en parte a que las mujeres son más perspicaces frente a las limitaciones y convenientemente más mesuradas en ciertas ocasiones de riesgo. Pero también sucede porque las condiciones sociales y culturales no permiten que una mujer sea del todo más arriesgada. Esa falta de seguridad también tiene mucho que ver con el hecho de que para sentirse confiadas, auto-poseídas y llenas de certeza, las mujeres tienen que sentirse perfectas (o casi).

Como el feminismo nos dijo que podíamos ser bellas e inteligentes, madres y mujeres sexuales, líderes y buenas hijas y amigas – como el feminismo nos dijo que podíamos dejar de sacrificar lo que realmente queríamos para ser esposas y madres, como nos dijo que podíamos hacer todo, algo se distorsionó en el camino, algo nos fue señalando que debemos ser maravillosas en todas las áreas que el feminismo abrió para nosotras.

Este es, precisamente, el núcleo del libro Spar, un maravilloso viaje por los avances del feminismo y el legado de perfeccionismo que heredamos. Ser buenas profesionales, ser bellas y estar bien vestidas, tener buena piel e ir al gimnasio, ser madres y esposas extraordinarias, impecables y sexy, avanzadas y virtuosas en la cocina, buenas amantes y buenas familiares. Excelentes, maravillosas, perfectas en cada aspecto de la vida. Aspectos que para las mujeres se han multiplicado, aspectos que no han cambiado el hecho biológico de que somos nosotras quienes tienen los hijos y nosotras quienes debemos sortear los complejos balances entre, por ejemplo, la maternidad y el trabajo.

La perfección siempre es y será inalcanzable. Pero nos educan a observarla como referente desde que somos niñas. Barbie y su cuerpo y vida perfecta. Ariel, Jasmine, Belle y el repertorio de princesas de Disney con sus bellezas impecables y sus príncipes y finales inestimablemente felices. El perfeccionismo avanza en nuestra adolescencia y nos alcanza en la vida adulta. Con frecuencia, una mujer puede sentir que lo que hace o es no es suficiente.

Vale agregar que en nuestra era digital, saturada por imágenes que marchan veloces,  somos testigos, a lo largo del día, de los cuerpos, las vidas, los guardarropas y las bellezas “perfectas” de incontables mujeres, famosas, familiares, conocidas o desconocidas. Desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos, el universo digital, al alcance de nuestra cartera, adentro de nuestros bolsillos, con sus imágenes de fitness, las fotografías ultra-curadas de comidas exquisitas, lugares de ensueño y ropas que nos hacen palpitar de fantasía – nos hacen también sentir que, tal vez, no somos suficientes. Que algo carecemos. Que en algo fallamos. Y nuestra seguridad languidece porque, sin darnos cuenta, vamos cazando una perfección que no existe.

Uno de los grandes gozos de la feminidad es la variedad. Hay que verlo nada más en lo que la ropa nos ofrece. Hoy puedo ser dulce en color pastel y mañana puedo ser vamp con matices retro y labios carmesí. Un día me escudo en la dureza de una chaqueta de cuero y esa noche me adorno con flecos que me hagan experimentar, momentáneamente, el espíritu moderno de los años veinte. Esto es juego, mascarada, fantasía. Prácticas que las mujeres conocemos sin que nos las expliquen demasiado.

Pero esa misma variedad vale también para la feminidad en general. Algunas de nosotras nacimos con dones científicos y otras con grandes talento estéticos. Otras demostramos habilidades atléticas precoces y magníficas, mientras que otras poseemos una capacidad intelectual que asoma desde pequeña. Hay mujeres dotadas para los números y las pericias organizacionales; otras con facultades manuales y sensibilidades artísticas extraordinarias. La maravilla es que hoy, muchas mujeres, pueden perseguir el desarrollo de esas habilidades. Y de la misma manera, hay algunas entre nosotras con la constitución ósea de una modelo. Otras con curvas bien esculpidas en un cuerpo pequeño. Otras con rostros angulares o redondos. Ojos oscuros o claros. Otras más discretas en belleza pero mágicamente femeninas. En últimas, existen tantas formas, tantos tipos, tantas posibilidades en el mundo femenino que ese abanico debería ser celebrado.

Igualmente, no todas tenemos ni los mismos dones ni las mismas prioridades. Una mujer puede querer tener hijos a sus veintitrés, mientras que otra esperará al desarrollo más avanzado de una carrera para lanzarse a la maternidad pasados los treinta años. Algunas ven su identidad realizada en el matrimonio y los hijos; otras en los retos físicos y mentales del deporte; otras en el universo del pensamiento teórico; otras como abogadas feroces; y otras en el mundo de las finanzas. Pero no todas podemos ser buenas en todas las áreas de la vida. Si cultivamos horas nuestro cuerpo en el gimnasio, tal vez no podamos ser maravillosas en otras áreas. Si nuestra prioridad es enriquecernos intelectualmente, tal vez el ejercicio es una práctica esporádica pero no constante.

Son ejemplos. Vagos e incompletos. Pero tienen un mensaje. El mensaje que me regaló Debora Spar y que añoro compartir con las mujeres que generosamente me lean: debemos escoger lo que es realmente importante para nosotras y realizarlo. No podemos ser madres ejemplares, vernos como Barbie y también tener una carrera afilada en política. Lo más difícil de la vida contemporánea es tal vez aprender a mantener el balance. Pero el balance nunca será perfecto. Siempre habrá un mínimo desequilibrio, cuyo caos, nos recuerda que la vida es así: incontrolable.

Para contrarrestar las presiones de todas las posibilidades que tienen, Spar escribe que las mujeres se han volcado al control de las pequeñas cosas que amontonan su vida. (Controlo mi cuerpo, por ende controlo lo que como y el tiempo de ejercicio que hago. Planeo con extremo cuidado la vida y la educación de mis hijos para tener control sobre el tipo de madre que soy.) Esto explica, tal vez, por qué en la era cuando las mujeres más gozan de libertad, el cuerpo y la belleza se hayan reactivado como grandes ejes de su identidad. La histeria del fitness en Instagram es un ejemplo. La veneración de la moda es otra. Las comedias románticas norteamericanas hablan sobre algunos prototipos de mujeres post-feministas que vuelven al amor, el matrimonio y los hombres como resguardos.

Que una mujer se escuche a sí misma, que no dependa extensivamente de las afirmaciones de los demás para saber quien es y sentirse agradada consigo misma, que logre entender que es buena en algunas cosas y no en todas – es una batalla que sucede todos los días, en las pequeñas y grandes cosas. El reto, el gran, abrumador reto, es el gozo de la posibilidad. Y, de nuevo, citando a Spar, es empoderarse pero no ejercer control. Tratar de vivir gozosas en nuestra variada imperfección.

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *