Tiempos de Estilo

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La moda y las ropas de hoy permiten revivir, mezclar, interpretar, combinar y yuxtaponer tiempos, décadas y estéticas distintas. Bohemia setentera con Art Deco Tropical: un punto de partida para reflexionar sobre la combinación de tiempos en el vestir.

 

Vanessa Rosales

Fotos: Juan Dávila para www.2waycreative.com

Pensamos en moda y pensamos casi por inercia en ropa, en cuerpos vestidos. Pero en las fibras de la ropa también hay ideas. Volvamos al principio. O mejor aún, hablemos sobre principios. “La novedad es lo que da allure a la moda”, escribió Kant. El filósofo alemán fue uno de los primeros en señalar que la moda tiene más que ver con la cacería de lo nuevo que con la expedición por la belleza.

De hecho, uno de los principios de la moda es el de crear una velocidad tal que el objeto en boga pase rápidamente a ser irrelevante. La moda – y eso aterraba a Kant – nunca ha buscado perfeccionarse o alcanzar un estado ideal, sino crear nuevas formas en una potencia interminable.

Pero hoy, ¿cómo puede existir novedad en las marejadas de velocidad que nos rodean? La lógica de la moda se agotó a sí misma hace un tiempo ya.

Otro filósofo, noruego, escribió: “La nueva libertad de la moda adquirida en las últimas décadas no ha sido tanto la de crear nuevas formas como la de jugar con formas viejas”.

La moda oscila constantemente, se mece entre el acto de recordar y olvidar, de revivir y de borrar. Y es bien sabido que desde hace más de dos décadas somos testigos de las más extraordinarias variantes de reciclajes. La moda se cita a sí misma constantemente, se mira el ombligo, recrea su pasado, se refresca a punta de oxigenar ideas que ya existieron.

Pero cuando la moda hace esto rara vez hace un conjuro literal. Uso la palabra de ese filósofo noruego para explicar de qué se trata este acto de reactivación constante: aquello de rehacer constelaciones desparejas o de ingeniarse versiones más extremas de algo preexistente.

Nosotros vivimos en esa coexistencia particular entre lo nuevo y lo viejo. Desde los sesenta ningún estilo singular ha dominado el campo de la moda. Y en la evolución que ha tenido hasta su gran capítulo digital, ella se ha convertido en “una gran reserva de estilos reciclables”.

Otra crítica de estilo señaló, en 1992, este impulso de creatividad afanosa, orientada hacia el futuro y sin embargo, nostálgica. “Cuando los diseñadores extienden la mirada hacia atrás, a un pasado más distante, no conjuran una sola imagen sino detalles de ella”.

Ese pasado nos rodea también de manera constante, como en un presente continuo, gracias a los repasos televisivos de películas viejas en cable, videos accesibles y la imaginería digital. En los noventa, la fascinación de diseñadores de moda por el pasado corría ya en ciclos secuenciales. En los setenta, volvieron los treinta; en los ochenta, se revivieron los cincuenta; en los noventa, hubo brotes de lemas sesenteras pero se inició esa mixtura total que hoy es mucho más acentuada.

Tal vez, explicaba la misma pluma de moda, todo ese apetito por revivir el pasado era una reacción al sentido de futilidad que ya comenzaba a teñir la atmósfera.

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Mientras, en el campo personal, algunos de nosotros desarrollamos un llamado hacia lo viejo. Acariciamos la fantasía de que cierta década nos corresponde mejor que la que nos encuentra experimentándola como contemporáneos dentro de ella. Las décadas nos llegan a través de imágenes y ficciones, de filmes de otro momento o que lo reviven, de series que hacen lo mismo, de fotografías y documentos. Entonces fantaseamos con que esa época, con sus hábitos y siluetas, nos pertenece.

Como los diseñadores en sus indetenibles reinterpretaciones del pasado, el armario de un individuo, el gesto de vestirse, la elección para proyectar algo con la ropa que cubre el cuerpo, conforman todos un campo para conjurar detalles de épocas distintas.

El tiempo se fragua en nuestro vestir de esta manera. Y el tiempo siempre forja formas estéticas que indican cosas sobre ese marco de temporalidad. Cada época es una gama de eso: de vestir, apariencia, arquitectura, hábitos, ideales, conductas, objetos.

Una pasión sin filtros por el pasado puede, no obstante, convertirse en una nostalgia desacertada. A menos que el nostálgico comprenda que esa añoranza por un tiempo de antes puede ser una proyección fantasiosa y subjetiva, guiada generalmente por la errónea convicción de que el pasado, con ciertas de sus benevolencias, ha podido ser mejor. (Antes había pocos modistos encumbrados, eso si era Moda; antes había una vanguardia de visionarios creadores, eso sí era Arte).

Así lo ilustra brillantemente el film de Woody Allen Midnight in Paris, cuando dos personajes, de tiempos distantes se encuentran y cuando, al final, ambos revelan su fascinación personal por épocas que los preceden y que se les antojan llenas de mayores bondades.

Hoy, estamos más que naturalizados con una atmósfera de coexistencia. Los tiempos se sobreponen y se complementan; se reviven y se acompañan. Las épocas conviven gozando de una validez nivelada. Se reactivan las décadas, se reencuentran los ciclos del tiempo. (Hace unas temporadas, se reviven detalles de los setenta sin excluir la posibilidad de explorar otras estéticas).

“Vivimos una especie de nostalgia hipermoderna y la moda es el campo donde se reinventan los tiempos del pasado en el presente.”

Porque en ese acto íntimo pero público, personal pero performatico, funcional pero simbólico que es vestirnos, podemos insertar pizcas de distintas épocas. Podemos juntar tiempos e influencias en nuestra narrativa sartorial y visual. Nuestro discurso de estilo bien puede incluir tiempos mixtos. Y en eso consiste nuestra contradictoria libertad.

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