LENTE CRÍTICO: Día 3, Bogotá Fashion Week

by

 

Vanessa Rosales

Bogotá

El asunto con la moda en Colombia es que siempre es preciso definir de qué se está hablando. Qué es moda en un país de la periferia tradicional que en los últimos años, y como tantos otros, se ha visto envuelto en un frenesí por el tema gracias a las tecnologías digitales y la efusividad global por eso que otrora fuese de pocos y que hoy es una arteria de la cultura masiva y popular.

Qué significa moda en un país con nuestras condiciones, con nuestras fragmentadas afiliaciones de identidad, con nuestros temperamentos regionales, nuestras contradicciones climáticas y con nuestros desniveles vitales – en temas tan mortales como la posibilidad social y lo que concede la billetera que nos acompaña. Qué distinciones podemos trazar entre hábitos de vestir y moda como concepto adicional. Esas son preguntas que se mecen entre el festín de apariencias y teléfonos celulares que son este tipo de encuentros (cada vez más numerosos y presentes en más ciudades colombianas).

En Colombia, la interpretación de la moda es, con frecuencia, un termómetro particular de gustos personales y no de criterios bien forjados; un lugar donde las opiniones ante las muestras creativas pueden ser más el reflejo de una afiliación social que de una contemplación analítica.

Pero en Colombia también es cierto que la moda se ha convertido en una fórmula que va al ritmo de esas energías culturales más amplias que intentan, desde hace unos años, deslavar la imagen de un país que fue largamente percibido a través de los filtros de la violencia y el narcotráfico.

Hoy, la moda, como esos comerciales de “el único riesgo es que te quieras quedar”, es un recurso para una sociedad que también ha unido fuerzas en aras de reinventarse y sintonizarse con esa gran añoranza de tantos países latinoamericanos: el arribo a la modernidad. Y también es una fórmula para un contexto que, gracias a su exuberancia, ha ido sembrando expresiones estéticas que contribuyen al florecimiento de nuevos imaginarios.

El boom de los últimos años está comenzando a revelar semillas de decantaciones. Persisten, no obstante, las misteriosas concesiones de importancia a figuras a quienes el conocimiento elude; persiste un mayor sentido de subjetividad tribal y persiste la inhabilidad social de declarar intolerancia ante ciertos actos de ética cuestionable que han circulado en el medio. Persisten torpezas conceptuales. Pero el fervor por la moda ha hecho, por ejemplo, que los desfiles locales, para bien o para mal, tengan el ánimo de cobrar matices teatrales.

Tres desfiles analizados

El desfile de las cuatro de la tarde, de Daniella Batlle, parecía querer evocar justo ese tipo de teatralidad cuando, antes de que las modelos salieran a contonearse, la presentación fuese anticipada por una mujer vestida de negro que cantaba con entonación sentimental. Entonces, la teatralidad se vio reforzada por la aparición de encajes, máscaras y un negro de ópera al que siguió una mixtura de rosa y estampaciones florales; luego ensambles blush con puntos dramáticos (flores maximalistas posicionadas en un hombro en contrapunto con la simetría opuesta, tocados florales y máximos).

Y de repente, azul polvoroso, (un guiño a Pantone, tal vez), y casi de inmediato, luego de una falda plisada con aire de bailarina y un jugueteo entre rosa cuarzo y azul pastel, la profundización del segundo, y ensambles en azul noche, con detalles de piel y lazos, grandes, en juego con más encajes y lo que seguía sintiéndose como una excesiva forma de feminidad. Los looks comenzaron a desprender un aura de herencia opulenta – fácil de asociar al final de los ochenta y a cierta vestimenta de sociedad.

La colección giró entonces hacia los verdes y los magenta, y la audiencia pudo percibir que con la añoranza por afirmar una variada cantidad de ideas, la visión iba perdiendo consistencia. Cuando salieron los looks rojos sobre la pasarela, la cohesión narrativa se había diluido y afloró la pregunta de cuánto conviene que un diseñador invierta sus ingenios en dos colecciones de forma consecutiva y en lapsos tan cortos de tiempo (la diseñadora recién participó en Plataforma K y asumió el reto de otra colección para el evento actual). Un sentido de propósito, y no sólo el bien intencionado afán por expandir sus capacidades creativas, debería ser eje en las motivaciones de un diseñador que se encuentra aún probando su lenguaje. Tal vez, en este caso, habría sido más eficiente explorar el segundo lema de la colección – las delicadezas femeninas del ballet – y recortar el repertorio de ideas y tonalidades.

Por contraste, el show de Isabel Caviedes se anunció desde el primer momento como una celebración de ferocidad. La música – como dictaba el mensaje preliminar sobre la pantalla – recordaba la fuerza que tiene la elección sonora en el aspecto teatral que puede tener un desfile.

El primer look, un vestido tipo slip estilizado sobre una camisa blanca y una gorra anunciaron el cauce de la estética general: acordes urbanos, vibras callejeras, feminidad utilitaria y de cierta manera influenciada por el género musical que sonaba (hip hop, emparentado con la rudeza y el andar citadino). Pero la estética tomó un giro repentino y se desplegaron mangas tipo campana (fuertes en el radar de estilo desde hace un tiempo), en abrigos y blusas con escote profundo. Morrales y botas de lluvia denotaban también el espíritu utilitario de esa mujer que marcha en la funcionalidad de la ciudad.

Y sin embargo, el terciopelo, encandilado, se sintió problemático y fuera de lugar. Algo en lo cromático recordaba al ladrillo y la urbanidad colombiana, la ferocidad cobró forma en rojo apasionado, pero los encuentros entre lemas y materiales carecieron de la armonía necesaria para generar una mixtura precisa y tal vez, la línea que Caviedes asumió en torno a las chaquetas tipo bomber y los chalecos largos, habrían sido un mejor camino de exploración.

Una anotación que invita a la vigilancia más prolija por la calidad material también se hace necesaria luego de ciertos desfiles del Bogotá Fashion Week. En una era donde tantos perciben la moda a través de la imagen digital, el registro fotográfico puede seducir con su forma y no ser compatible con la virtud material.

Una línea distinta tuvo el desfile de Juan Pablo Socarrás, bajo el bello lema de evocar el espíritu viajero de una mujer costeña, encarnada en su bisabuela, Máxima Manjarrés, cuyas travesías por el Caribe en los años 30 evoca una feminidad audaz y progresiva en un contexto que aún hoy está marcado por convencionalismos de feminidad sofocantes. Adriana Lucía aportó aquí la teatralidad, con voz profunda al son de acordes ligeramente vallenatos. El primer look, un vestido largo y marcado por rayas en lavanda, blanco y coral, tuvo su propio matiz performatico: la mujer-símbolo, Máxima, fue seguida por el hombre de sus afectos, encarnado en Claudio Giraldo, la fórmula precisa para desplegar ropa masculina, una de las especialidades de Socarrás.

Para navegar la moda colombiana también hay que ubicarse en sus afiliaciones particulares. Hay apoyos creativos que provienen, como es natural en la subjetividad humana, de fidelidades asentadas con los años. En Colombia, la crítica, que remite a la creatividad, al pulso conceptual, a los vestidos y no a las personas que los llevan o los hacen, encuentra sus dificultades por estas afiliaciones tribales. Pero en estos eventos y con la decantación de los últimos cinco o seis años, comienzan a asomar los distintos tipos de intérpretes y participantes. Están, por ejemplo, los que en cierto momento asumieron el tema cuando era escaso y los que aún conservan una línea de pensamiento que no necesariamente es compatible con los tiempos que corren y con los funcionamientos de la moda actual. Esas separaciones comienzan a hacer parte del paisaje de la moda nacional.

En la colección de Socarrás se sintieron, sobre todo, grandes intenciones conceptuales. Pero la materialidad y la virtud textil requerían mayor rigor. Los looks masculinos, en cambio, estaban cargados de finura caribeña y refrescante; de masculinidad bellamente consciente y cultivada. En lo femenino, los shorts en denim con los cinturones en tonos náuticos, los tonos vibrantes y las ideas de un discurso sartorial costeño (como la chaqueta denim con estampaciones) revelan una prometedora línea conceptual que podría, sin embargo, velar por el lugar común y vigilar la pulcritud textil.

La moda, a diferencia de cómo la manejan tantos intérpretes y figuras auto-proclamadas colombianas, no siempre es sobre el gusto personal o sobre la capacidad de ser real (wearable, en inglés); sino que remite al universo de los significados y las posibilidades. SOY, de María Luísa Ortíz y Diego Guarnizo (quien ha hecho un poético trabajo para la televisión, una plataforma muy habitual entre el groso de la población colombiana), cuya belleza sólo pude apreciar a través de la imagen digital, y el desfile de Socarrás dejan una estela en la atmósfera local: que uno de los lemas que comienzan a explorarse es el asunto de la colombianidad.

El cierre, a cargo del colectivo GRIS (cuya obra no pudo ser plenamente apreciada por el desalentador caos final que tampoco presencié a primera mano), es la muestra de que en Colombia también existen gustos cultivados por una filosa urbanidad. (Las nuevas generaciones dan buena cuenta del eclecticismo estético que ha ido fabricándose en las estéticas colombianas). Y Bogotá Fashion Week deja esa estela precisamente: que nuestras posibles (y múltiples) identidades están cada vez más en el radar. Que nos exigen exploraciones más rigurosas y que en Colombia, la moda es un prisma para analizarnos, reinventarnos y seguir planteando preguntas sobre eso justamente: nuestra identidad.

vanessa@vanguardstyle.com

Fotos: Cámara Lúcida

Pasarela Isabel Caviedes

26184_cav_2602-681x1024 26188_cav_2608-681x1024 26192_cav_2642-681x1024 26201_cav_2714-681x1024 26204_cav_2736-681x1024 26217_cav_2851-681x1024

Pasarela Juan Pablo Socarrás

26392_cav_3005-681x1024 26394_cav_3032-681x1024 26398_cav_3077-681x1024 26404_cav_3136-681x1024 26391_cav_2987-681x1024 26401_cav_3089-681x1024 26412_cav_3196-681x1024 26419_cav_3266-681x1024 26427_cav_3352-681x1024 26431_cav_3393-681x1024

Pasarela Daniela Battle

26104_cfw_1648-681x102426101_cfw_1622-681x1024

26124_cfw_1803-681x1024 26110_cfw_1701-681x1024 26118_cfw_1766-681x1024
26116_cfw_1749-681x102426121_cfw_1787-681x1024 26130_cfw_1846-681x1024 26133_cfw_1867-681x1024 26136_cfw_1889-681x1024 26139_cfw_1906-681x1024 26144_cfw_1946-681x1024 26146_cfw_1965-681x1024 26162_cfw_2098-681x1024 26165_cfw_2121-681x1024 26168_cfw_2143-681x1024 26171_cfw_2169-681x1024

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *