Esquema Sartorial de Cartagena de Indias

by

Vanessa Rosales

Esquema Sartorial de Cartagena de Indias

*Columna publicada en la edición especial dedicada a Cartagena de la revista Semana, Agosto 2015

En sus versiones más abstractas, la moda se asocia con símbolos, estatus, afirmaciones de identidad, lealtades a tribus que se anuncian de forma visual y, en últimas, con asuntos donde la ropa, más que cubrir la piel, representa algo. Pero una de las grandes ambivalencias de la moda es que, en parte, ella también es una necesidad impulsada por la función de inhibir la desnudez – una de las convenciones más increíblemente comunes en las latitudes y sociedades más contrastantes. El ser humano es, por excelencia, una (la única) criatura vestida. Por eso también, la moda, que es un estimulante espejo del contexto donde aflora, siempre tiene que ver con asuntos menos “románticos” o conceptuales; con aquellas cosas que nos refrescan ínfimos y mortales, con temas tan mundanos como los climas y el cuerpo.

La temperatura es y será siempre un poderoso detonante de prácticas estéticas. Cartagena de Indias, por ejemplo, es un escenario de soles altos y humedades, de temperaturas que al medio día invitan al recogimiento y no al paseo, de fiebres que impiden que toda materialidad sea perdurable. Hay que entender que la moda, como fenómeno moderno nacido en las entrañas parisinas, es también un tema asociado a la experiencia urbana: esa de transitar por aceras bajo la mirada esquiva de anónimos y extraños, la de demostrar quien se es a través de la ropa que cubre al transeúnte citadino. Pero cuando una ciudad no es urbana – como una Nueva York, digamos – la moda tiene otros fines y significados.

Existe un hecho sobre Cartagena, tan básico, que en mi prisma siempre ha explicado el por qué su vestir local despliega ciertas características: es ella, como dijo Héctor Rojas Herazo, una gran señora del Caribe, una dama antigua, de estirpe colonial. Esa disposición – impregnada de catolicismo rancio, fortalecida por pasmosas jerarquías sociales, atada a feroces distinciones raciales y arrullada por una energía de vigilancia moral – explican, tal vez, el conservatismo que despliega el cartagenero al vestirse.

Por un lado, las castas altas. Los hombres adoran los pantalones de color habano y las camisas Polo (este último, un destello de las cercanía geográfica y cultural con los Estados Unidos). Un uniforme que materializa la convicción común – y machista – de que masculinidad y cultivación estética no compaginan. En ocasiones, las mujeres emulan este atuendo de manera casi exacta. Se ven las “bermudas” de lino, las camisas fluidas, los pantalones con corte ligero de palazzo, la conjugación frecuente de blanco y kaki – y siempre, no importa la edad, un leve aire señorial en la mujer vestida.

En parte, la estructura psíquica colonial de Cartagena de Indias ha creado también fuertes patrones de comportamiento tribal, de identidades que se homogeneizan con facilidad. Tanto a nivel estético como social. Y la mujer cartagenera parece vestirse, con frecuencia, para crear compatibilidad con esa energía, tan cartagenera también, de quietud y de estela señorial.

El señor cartagenero usa guayabera blanca como evocando el fantasma de Florentino Ariza, porque el Caribe, seamos francos, incita al blanco – esa ausencia de color que otorga la ilusión de frescor. No en vano – y con disculpas de los colombianos del interior – el cachaco crea grandes manchas blancas con sus fiestas de página sociedad, con sus cenas etílicas en La Vitrola, con sus cócteles de temporada de fin de año y con sus asistencias a los festivales que maximizan la población del centro amurallado los primeros días del mes de enero con sus brisas.

Pero hay que darle, digamos, un vistazo al Getsemaní actual, y la mirada encontrará ese bricolaje tan propio de lo criollo, de lo deliciosamente mixto, y de aquella estampa que tiene ese barrio de donde salieron, no por casualidad, los lanceros independistas. Allí se disuelve la estética variopinta, del turista con tendencias ecológicas y hippie, de las casta de jovencitos que, criados en la era digital, han expuesto sus sensibilidades a muchas más corrientes estilísticas.

Y también hay que advertir que la cartagenera más joven se encuentra seducida entre el vestir conspicuo – para la mirada masculina – y las posibilidades que ha abierto para ella el acceso al mundo digital. Observar que el jovencito cartagenero actual pertenece a un contexto donde la masculinidad está reclamando sus vínculos con la cultivación del físico.

Y hay que mirar al salsero empedernido, con su “flamboyancia” caribe, capaz de usar camisas florales, zapatos blancos y ensambles coloridos. (El salsero es como el gángster del Caribe, no teme a la excentricidad pero se conserva dentro de los cánones del vestir masculino convencional). Y hay que ver las camadas de la moda que aterrizan en los hoteles de precios elevadísimos, en los festines a puertas cerradas de casonas exquisitas, esos que llegan bajo el patronazgo o la recomendación de los patriarcas financieros del país o motivados por la luz miel que han evocado reporteros de periódicos neoyorquinos. Con ellos llegan pálpitos estéticos de revista y fabuloso vestir.

Pero también hay que recordar que moda en Cartagena, también está en Bazurto, en los lugares donde los jeans cuestan diez mil pesos y vienen salpicados por brillos, manchas y ornamentos que otras mujeres podrían no encontrar apetitosos para su uso personal. Y también, otro hecho inescapable, que acompaña los temas del clima y del cuerpo: moda también es lo que el escenario permite en términos materiales. El vestir en Cartagena también es reflejo de las ambivalencias del Caribe, exuberancia vivificadora y pobreza desmesurada; lentitud soporosa y lúdica vibrante. Un abanico de matices que hablan sobre asuntos menos visibles que la ropa que nos viste.

*Escritora y Consultora de Moda especializada en historia y teoría de estilo y moda, con una Maestría en Fashion Studies, en Parsons; un Magíster en Periodismo con el periódico argentino La Nación y un perfil de escritura y creación editorial que combina formación en historia, escritura periodística y trabajo digital. www.vanessarosales.com

[1] En 1955, Héctor Rojas Herazo escribió el inolvidable texto “Esquema Sentimental de Cartagena de Indias”, este título es un guiño en su homenaje.

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