El desfile de Chanel, el reflejo impávido de una Cuba ausente en su fantasía

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Por: Lux Lancheros

“Es solo que ir a Cuba es la nueva forma de vestir una camiseta del Ché Guevara para la gente rica”, decía la indignada reportera del portal Style Caster al condenar  la actitud increíblemente frívola de las Kardashian en La Habana, que concordaba muy bien con el ambiente de celebridades y jolgorio que se construyó alrededor del desfile de Chanel y que resume muy bien, a nivel representativo, lo que significó que se hiciera en Cuba.

Porque aparte del significado histórico que conlleva (una marca de lujo universal en una de las pocas dictaduras que quedan en el mundo) y a diferencia de otras partes del globo, la gente no se agolpaba para ver prendas que no podía comprar, por la dura y certera razón de que probablemente estaba adquiriendo productos de primera necesidad. Asimismo, era notable el contraste de las prendas y accesorios que  recordaron viejas épocas de un pasado esplendoroso para el imaginario anglosajón, lleno de autos coloridos, lentejuelas de cabaret y derrochadora diversión en medio de una ciudad ruinosa en cuyas grietas y desprevenidos habitantes se ve el espíritu de sobrevivencia. Donde apenas pasaban y eran indiferentes ante el espectáculo del que estaba pendiente un mundo que tenía el privilegio y el derecho de la moda que les fue negado, pero que a ellos dejó de importarles hace mucho. Ante todo esto, ¿qué significó realmente  el desfile de Chanel en medio de la apertura de Cuba hacia el mundo? ¿Qué significa este número en un país donde una prenda simple es un tesoro? ¿La moda vuelve a despreciar el contexto político y social que escenifica un cambio histórico o simplemente lo representa?

Hubo una situación similar que ocurrió hace más de sesenta años. En la Francia de la posguerra, se trató de ver la moda como un elemento simbólico que quería revivir el esplendor de Europa antes de su destrucción. Se creó “El Teatro de la Moda”. Los diseñadores franceses se reunieron y crearon sus más exquisitas colecciones en muñecas, porque no había tela suficiente para modelos reales. La exhibición fue tan célebre que llegó hasta Estados Unidos. Pero a su vez, en aquellos tiempos, a la casa Dior también se le ocurrió que una modelo debía posar para una editorial con su famoso “New Look” en medio de una ciudad que sobrevivía a punta de cupones y racionamiento, precisamente en el mercado de  Montmartre. La modelo era la que contrastaba en medio de ese fondo miserable. Las mujeres que estaban allí, enfurecidas ante tal expresión de belleza que consideraron poco práctica y sobre todo lejana de  su realidad, le arrancaron la ropa, tal y como alguna vez lo hizo la turba con cualquier mujer histórica o anónima que hubiese mostrado estos mismos rasgos a través de su indumentaria. ¿Por qué funcionó entonces tan bien el “Teatro de la Moda” y no  la editorial de Dior? ¿Fueron distintas las representaciones a la hora de acercar a las personas hacia ella?  Absolutamente. Con el “Teatro”, la  moda dejó de verse como un elemento innecesario, un lujo inaccesible y desdeñoso, para llegar a la gente en forma de entretenimiento. Esta podía consumirla, así fuera de lejos, porque sabía lo que significó antes de Hitler. Sabía que podría volver a tenerla, a la espera de tiempos mejores. No era distante de su realidad, como sucedió con la modelo de Dior, que involuntariamente, con su expresión de elegancia todavía demasiado adelantada a una época que no se recuperaba de los estragos de la guerra, los ignoró. Les mostró cuán lejos estaban de poder algún día verse como ella y las mujeres se lo cobraron caro.  Esto también sucede en el caso cubano: la moda recuerda un elemento lejano y prohibido al que ni siquiera sus ciudadanos pueden acceder.

Un sueño que nunca fue para ellos, así como probablemente no lo fue hace seis décadas en medio de su época de casinos y cabarets, porque el suyo es un país que apenas digiere un pasado que no logra asimilar por cómo sucedió, un presente que se le viene encima y en el que la moda significa una fantasía a la que accedían a través de los extintos negocios de ropa importada y revistas Vogue que son tesoros de libertad, pero que Karl Lagerfeld y su circo no tocaron ni de cerca. ¿Libertad el Chanel que podrá comprar solo el que se sentó en el desfile y que probablemente sea como el que su bisabuela usó al bailar conga en una fiesta de Batista, cuando eso lo puede dar una marca más cercana a lo que deseo para mí y mi familia? Tal vez sea esa dura pregunta lo que plantea el desfile al final : si los cubanos serán partícipes de lo que pase en su país de ahora en adelante, si se habla de consumo y de expresiones sartoriales, o simplemente seguirán pasando, fantasmagórica e indiferentemente, al lado de un universo que  alguna vez estuvo pero que nunca fue suyo. Pero el que, por supuesto, y en concordancia con estos tiempos de celebrante apatía,  ahora tiene al nieto de Castro como modelo instagrameable  y boínas del Che de lujo incluidas.

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4 Responses
  • Verónica
    May 18, 2016

    Su escrito es terriblemente superficial y oscuro, no desarrolla ningún argumento con sustentos sólo habla por hablar, y da a entender que en los países que no viven en regímenes de dictaduras como usted lo señala, dando a entender al lector ingenuamente en que las democracias realmente existentes si son incluyentes. Como si las pasarelas que se dan en otras partes del mundo no ocurrieran los fenómenos que usted allí señala. Es claro que esto al igual que los
    Rolling Stones son golpes blandos, una cultura diferente no es mala simplemente por eso, su análisis es terrible y nada bueno aporta al mundo.

    • Verónica
      May 22, 2016

      Soft power*

    • Luz Lancheros
      November 26, 2016

      Creo que con la muerte de Fidel Castro (ya en vida), de cómo dictó la vida de los cubanos y recordando las desgracias del Mariel, los balseros en 1994 y demás relatos del exilio, Verónica, o todo lo que se hizo en el mercado negro para subsistir y que precisamente fueran los cubanos que vieran en bienes de consumo una forma de libertad, el análisis es más que certero. No se puede hablar de “cultura diferente” al tener cinco siglos de Historia e historias en las que precisamente hay toda una forma de consumo que se trasluce en necesidad y en libertad. Castro dictó la vida cotidiana de su gente y como se puede ver en toda la Historia que a usted le falta por leer, el experimento salió exitoso en cuanto a educación y salud, pero las décadas subsiguientes lo mostraron demasiado viejo, derruído y oxidado para enfrentar a un mundo cambiante. Eso de ningún modo es “cultura diferente”. Hablamos desde tarros de leche hasta gente que pide ropa a los turistas porque no tiene el acceso a ella. La misma Yoani Sánchez hablaba de los mercados negros de ropa, ropa, perfumes y demás cosas además de lo básico que los cubanos atesoraban. Recuerdo una carta a la revista Vogue hace dos años, Verónica. Era de Cuba. Les agradecían a los editores por darles una oportunidad de mirar el mundo más allá de lo que Él les ofrecía. De poder expresarse a sí mismos en un lugar donde físicamente no pueden hacerlo. Puede que para usted esto sea solo una apología al consumo más superficial. Pero es muy distinto cuando hablamos de lugares en donde esto irónicamente es un símbolo de libertad personal. Por ejemplo, esto pasó también en la China. Le recuerdo que bajo Mao los chinos estuvieron uniformados. En las décadas siguientes, los chinos encontraron en las marcas una forma de expresar sus nuevos valores. Buenos o malos, esas categorías morales las dejamos a juicio de la Historia. No está en mí moralizar sino analizar contextos. Y si alguien como Yoani Sánchez escribe de algo que pasa en su propio país, de cómo sus paisanos llegaron a querer con ansía ropa de Forever 21 porque veían en eso un símbolo de individualidad, de una forma de expresión, es porque va más allá de un análisis ad hominem que pretende endilgarme. “White privileged girl”. Si bien el consumo no hace que nuestras democracias sean incluyentes, el hecho de que usted y yo podamos expresar esto en una sociedad en la que todo el consumo cultural la permea, el hecho de que no nos penalicen por salir con falda o pantalón a la calle o por precisamente comprar ropa en mercado negro, habla de ciertos valores individuales que sí pudimos cumplir a diferencia de las dictaduras donde esto no es válido. Y donde el juego político sí rige milimétricamente la vida de sus ciudadanos, como sí sucedió con Castro, que les dijo a sus paisanos qué comer, qué leer y qué decir. Ni usted ni yo pudimos evitar que eligieran a Trump o al político que prefiera usted odiar. Pero ninguno de ellos, por el momento, nos ha dicho cómo conducirnos en nuestra propia vida. Saludos.

    • Bartolomé
      November 26, 2016

      Perdón, pero superficial es la crítica al texto. ¿…”las democracias realmente existentes si (sic) son incluyentes”? ¿Qué demonios significa eso? ¿Que existen democracias ‘irrealmente’ existentes? Lo que la autora señala, como una hipótesis viable y perfectamente aplicable a la realidad de nuestros días, es que el renacimiento del mercado de la moda en la posguerra sucedió porque existían las condiciones de un mercado boyante en puerta y un ánimo de consumo. Que en Europa podía consumirse moda antes, y era parte integral de la vida – no así en Cuba. Sugeriría, más bien, que lea con un poco de mayor cuidado, porque la crítica es tan blanda y superficial como usted acusa al texto de serlo.

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