Metálica

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Historia de un estilo

 

Para otoño de 2016 se reenciende el fulgor de esta textura que remite tanto a las sirenas del cine de los 30, la decadencia glamorosa de la Nueva York de los 70, el rock n roll hipermoderno de Balmain hace unos años y lo más reciente de Chanel y Rodarte. Con frecuencia, el retorno de una tendencia es una oportunidad para refrescar que la moda, cazadora de cambios, también es una máquina llena de permanencias que reinventa y revive elementos que están presentes entre las mujeres desde hace mucho tiempo.

Vanessa Rosales

La historia del estilo es una navegación por oleajes de significado. Al atravesar el tiempo, el objeto que sobrevive puede entrar y salir en uso para ganar o perder un nuevo sentido. Todo objeto de estilo es como una palabra: se define más por uso y contexto particular.

La historia de la moda está colmada de casos en los que un hábito, una prenda, una silueta, un color, o una tribu fueron vistas en cierto momento con empeñado rechazo para luego atravesar todas las fronteras, hacer ósmosis y volverse en un comportamiento ampliamente aceptado.

Vale anotar que navegar la historia del estilo es, a veces, descubrir que aquello que podemos considerar una novedad bien puede ser algo que está circulando desde tiempos que no calculamos.

Pensemos por ejemplo en este modus operandi que se nos antoja habitual, donde las celebridades actúan como maniquíes de la Alta Costura en eventos fastuosos, y donde el motivo primordial de celebración son las creaciones televisivas y cinematográficas.

Podemos pensar que es un fenómeno que refleja nuestro presente, donde la Alta Costura, que ha ido perdiendo fuerza en la moda actual, busca conservarse. Podemos asociar esta ecuación de moda-celebridad con la entrada de Anna Wintour a Vogue en 1988 y con su desarrollo en los últimos años. Y sin embargo, no es este un concepto enteramente dotado de novedad – ya a finales del siglo XIX, grandes couturiers del momento habían reconocido el poder de visibilidad que podían inyectar a sus creaciones las mujeres prominentes del escenario. No era el cine pero sí el teatro el gran foco del performance del momento. Y mujeres como Sarah Bernhadt se paseaban entre una audiencia expectante ante su presencia, luciendo los modelos recién salidos de la imaginación de un creativo de haute couture de la París del momento.

Entonces, si el estilo es una fluctuación constante de significados, también es una amalgama de sorpresas. Y también un panorama donde lo nuevo tiene más que ver con nuevos formatos que con inventos esenciales.

Cuando en 2006 más o menos, irrumpieron en el radar digital los creadores de The Sartorialist y Facehunter con la idea de retratar, de manera espontánea, a sujetos interesantemente vestidos por el hábitat urbano, el fenómeno se sintió como una refrescante novedad. Y sin embargo, la idea estaba más que inventada, y había tenido vida en un contexto y un momento diferente: era Londres, eran los 80, y revistas como iD y The Face, fieles a los ideales de que el estilo “verdadero” provenía de las arterias del underground mandaban a sus reporteros a las calles a tomarle el pulso sartorial de jovenzuelos que reconocían sus afiliaciones musicales y vitales a través de sus vestimentas.

En una era saturada de moda, los significados de un objeto de estilo son mucho más maleables. No son tan precisos ni acertados. Una mujer puede llevar una cartera de diseñador sin que eso signifique que su posición económica o social sea compatible con su demostración. Un jovenzuelo puede portar una chaqueta de cuero forrada de mensajes escritos, grafías y taches, y la rebeldía puede ser más pose que actitud vital.

Desde los noventa, además, somos testigos de los más extraordinarios reciclajes de modas pasadas – una dinámica que nos ha conducido a que los estilos convivan sin contrariarse.

Pero si la historia del estilo es una navegación por significados fluctuantes, también – y tal vez en contradicción mágica – se trata también de un encuentro con la cualidad de persistencia que tienen ciertas expresiones, ciertas piezas, ciertos hábitos.

Féminas de metal

Si tanto para primavera como para otoño del presente año se han reactivado las texturas metálicas sentimos en primera instancia una suerte de dejavu. En primer lugar porque la tendencia se ha reciclado en los últimos años, vuelve cada tanto, con cierta frecuencia nos vemos exhortadas una vez más por las revistas a incluirlas dentro de nuestras compras, a reactivar las prendas que tengamos guardadas, a revivir lo que estuvo fuerte hace unas temporadas.

La moda actual tiene una memoria cada vez más breve, el espabilo digital nos ahuyenta de recordaciones. Pero, ¿a qué nos remiten las texturas metálicas?

Las asociamos, por ejemplo, a los destellos de Balmain (no el de la armada de Olivier Rousteing pero el de Christophe Decarnin), cuando en 2011, lanzó sobre la pasarela aquellas minifaldas y mini vestidos fulgurantes, con lustro rocanrolero que nos recordaban ciertamente al estilo que sembró entre la feminidad de cierta generación Kate Moss.

Una excavación más extensa nos conduce casi de manera inevitable al disco, a la decadencia escarchada de los setenta y a uno de sus emblemas más significantes: Studio 54. La bola misma que giraba sobre John Travolta en Saturday Night Fever – emblema fílmico de la época – era una circunferencia de pequeños estallidos metálicos que arrojan su reflejo sobre la pista de baile. En esa evocación puede surgir Cher, con algún traje de brillos ceñidos a la piel esbelta; o Bianca Jagger, danzante y metalizada. Y puede conducir, ciertamente, a David Bowie, forrado en textiles brillantes, insignia del glam rock y de aquellos días donde Londres era una visión de jovencitos maquillados, empinados en plataformas, dispuestos – e inspirados por un ídolo – al plata y al dorado.

Hay dos connotaciones frecuentes para las vestimentas metálicas: glamour y futurismo. Podemos, sí, asociarlas casi siempre con demostraciones de momentos conspicuos como el disco; con iconos que sincretizaban androginia con experiencias espaciales y también con imaginaciones vívidas de tiempos adelantados. (Los filmes del futuro suelen incluir la textura como demostración de un momento distante, ultra técnico y avanzado).

No obstante, los metálicos también son patrimonio del pasado. Y de un tipo de glamour de vieja guardia. Eran frecuentes entre las sirenas del cine del Hollywood de los treinta, por ejemplo. Y por un motivo muy particular: cuando el cine aún se percibía en los grises del blanco y el negro, uno de los métodos técnicos para resaltar el vestuario de las féminas protagónicas en la pantalla era usando el hechizo del lamé, por ejemplo. La audiencia no adivinaba el color del traje pero podía observar los brillos líquidos sobre un fabuloso traje, en una época donde el cine era, además, una de las grandes fuentes de moda para las mujeres que buscaban cómo ataviarse. Fuera de la pantalla, los iconos de los treinta se hacían fotografiar con los mismos materiales, encarnando, además, una era sensualista, posiblemente un producto póstumo de las austeridades marcadas por la Gran Depresión de unos años antes.

Entonces, si navegamos imágenes de estilo del pasado, encontraremos texturas metálicas en una imagen del 32, por ejemplo, o en algún retrato excéntrico de Bowie en su etapa de Ziggy Stardust. La textura, acuosa y fulgurante, es un espejo de caleidoscopios que nos permite entender que, hoy, un patrón de estilo bien puede carecer de significado; que un elemento que va y viene, se ha presentado está presente entre las posibilidades de vestimenta desde mucho antes de lo que sospechamos. Y que la moda siempre es una divina contradicción, siempre permanencia y siempre cambio.

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1 Response
  • Karina Perez Parodi
    April 20, 2016

    Hola, me gustan muchos tus reportajes de moda, me gustaria asistir a unas de tus conversaciones charlas y otros.

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