La moda siempre es ambivalencia

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Vemos una imagen como esta – con la icónica Suzy Parker, capturada para las Vogue de los 40 – y podemos pensar: “Esto sí era moda; esto era verdadero, genuino glamour”. Sentimos la estela de efecto ensoñador ante esa estética de vieja guardia.

Y es cierto. Una imagen como esta refleja un momento donde el ideal era lustroso, muy cultivado, alentado por un sentido de elegancia calculada. No en vano es una imagen ubicada en el mismo mundo donde la Alta Costura – ese terreno cerrado, asociado a la clase, el poder adquisitivo y el rango – seguía siendo dominante. 
Pero tal vez poco pensamos en el precio que podía tener ese tipo de glamour o elegancia.

La moda, como tantas cosas, siempre es ambivalencia, contradicción.

Esa estética de elegancia, de glamour encumbrado, implicaba que las mujeres, por ejemplo, no tuvieran tanta movilidad, que usaran siluetas y piezas más acartonadas. La belleza ensoñadora tenía como ‘precio’ falta de movimiento con libertad, vestir más homogéneo, una moda más emparentada con normas, etiquetas, e ideales femeninos más asociados a la domesticidad.

Todo momento de moda tiene sus ambivalencias. Más glamour, menos libertad; más libertad, menos glamour (vivimos en una época que, después de todo, celebra a las Kardashian); más acceso, menos creatividad; la moda como mundo cerrado, periodos de incubación creativa; ciclos ultra-rápidos, más ropa descartable. 
Leer la moda de esa manera ayuda a entenderla con sus matices, sus grises, sus virtudes y falencias. 

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