HOMBRES DE ESTILO: Gangsters

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Reflexiones sobre esta figura y su vestir.

Vanessa Rosales

Hace más de cien años, uno de los primeros hombres que osó escribir de manera “seria” sobre moda, sembró, de manera precoz, una idea que combinaba los rasgos de la profecía con los de una acertada explicación. Escribió, en 1904, que la moda, como acción, implica siempre un apetito doble, un movimiento simultáneo: por un lado, el deseo por distinguirse como individuo y, al mismo tiempo, la añoranza siempre presente de conformarse para pertenecer. Los seguidores de moda de todos los tiempos navegan esta persistente contradicción – el balance entre seguir los lineamientos de un credo general de la moda y las sutilezas que implica imprimirle el sello propio.

Esta contrariedad, ubicua en la experiencia de la moda a través del tiempo, tiene un fascinante y tal vez inesperado ejemplo en la figura del gangster.

El gangster, ese hombre feroz y con frecuencia indolente, de trajes suculentos salpicados por conspicuas excentricidades; estilizado y esteta, que opera con furias viscerales; esa criatura que no tolera la traición y sin embargo vive inmerso en su potencial realización; ese hombre que en su oficio de violencias no desconoce la crueldad y que es, sin embargo y con frecuencia, un padre tierno, un hijo devoto, un ser potentemente motivado hacia la filiación familiar, capaz de expresar profundos y espinosos amores hacia su tribu biológica de afectos.

Es el prototipo viril que, como ha escrito Hanif Kureishi, no experimenta las sombras de la culpa. Que conserva cierta hechizante frialdad ante su propia brutalidad. Y un tipo de hombre en quien se ubica rápidamente una interesante característica: la cultivación del buen vestir.

Ciertas escenas memorables en filmes y series televisivas suelen involucrarlos invertidos en las cuestiones de la ropa y la apariencia. Una vez han consolidado su poderío, una vez han canalizado su nueva posición financiera, un gangster característico suele asistir a un rito preciso: hacerse confeccionar un traje a la medida, compuesto por los materiales más vistosos y finos – una manera certera y visual de comunicar su recién adquirida postura de nuevo rico. Este rito, que aparece por ejemplo en The Public Enemy, de 1931, y en Boardwalk Empire, la serie más reciente de HBO, refresca, además, la forma en que la ropa tiene el poder de destilar aquello que se ha llamado consumo conspicuo. Es decir, de ser un vehículo silencioso y visual para expresar, sin verbos, quién eres en términos de rango económico y social.

Durante largo tiempo, la moda tenía, de hecho, este eje como gran fin. Era una cuestión de poderes adquisitivos expresados en las ropas escogidas por el portador. Con el tiempo, el sexo y la identidad se fueron haciendo ejes sustanciales de definición al vestir. Pero en el gangster la ropa es un poderoso medio de exhibición, un vehículo expresivo que traza, de manera simultánea, su propio ánimo por pertenecer – vestirse como un caballero, con ropas finas y hechas a la precisión de su cuerpo, ajustadas a los contornos de sus medidas – y su inevitable impulso por distinguirse. La ropa del gangster parece decir “mírame, tengo poder y dinero para vestirme de manera costosa, impecable y fina, pero no soy un caballero que ha heredado dotes sin esfuerzos, soy, en esencia un outsider y los detalles de mi vestir me hacen distinguirme, y estoy aquí para hacerme notar”.

El gran pecado de John Gotti, por ejemplo, un gangster real y encarcelado severamente en los noventa, fue precisamente su inhabilidad para la discreción, su inclinación por portar trajes visibles y de elevada gama durante su proceso judicial.

Los gangsters son, ciertamente, visiones de hombres deliciosamente vestidos, con trajes lustrosos, chalecos compatibles, materiales que se ciñen a su corporalidad con la exquisita caída que tiene el material virtuoso y al verlos, en general, se palpa en su estilización la elegancia del caballero sensible al vestir. Es un ser estéticamente consciente, vanidoso, ciertamente también narciso, interesado en hacerse visible a través de distintos medios posibles. Pero en él, aquellas estampas clásicas del vestir masculino – el traje en sus versiones más afiladas y finas, las chaquetas y las piezas insignes de lo viril – van notoriamente animadas por pinceladas de estampado y color, incluyen mixturas vivaces entre textura y grafías, tienen una audacia peculiar que lo hace glamorosamente bullicioso y dispuesto a expresarse a través de la ropa que la escogido.

Hombres agresivos, hombres bien vestidos

Quien conoce los archivos de la moda sabe bien que el gran imaginario del vestir masculino, desde finales del siglo XVIII, dicta, en teoría, que no existe tal cosa como la moda masculina. Lo que existe, en cambio, es un tipo de vestir motivado por un sentido absoluto y casi exclusivo de funcionalidad. Es decir, que los “hombres de verdad” no invierten tiempo, mente, ni energía en los asuntos de la estética y su expresividad. Ese imaginario dicta que los hombres están hechos para vestirse con practicidad y bajo estándares de uniformidad. Jamás para ostentar los gozos del adorno y el artificio.

Varios teóricos han resumido los principios del vestir masculino a través de categorías como consistencia y funcionalidad – categorías que remiten, además, al hecho de que el traje, y en general los hombres y su manera de vestir, deben denotar una restricción sentimental, un vestir que materialice que, en lo viril, las energías se concentran exclusivamente en objetivos organizados, en comportamientos de metas dirigidas.

Estos pensadores han señalado que, por contraste, la ropa femenina, con su gran característica – la variedad – está cargada de posibilidades eróticas, de encantamiento y coquetería. De aquello que justamente un hombre no debe demostrar: sentimientos y estados emotivos. El traje, como la vestimenta para hombres, debe ir al punto, ser conciso, ser confiable para quien lo mira. Por eso, los hombres, en la historia, que han desafiado o desestabilizado esos principios, como el dandy, son percibidos con la sospecha de que tienen una extraña inclinación por los temas femeninos. Son, de hecho, considerados hombres pocos viriles precisamente porque se invierten energéticamente en la apariencia y el vestir.

Pero el gangster bien puede ser una de las figuras masculinas mejor vestidas en el universo de los símbolos audiovisuales. Pensemos en Henry, de Goodfellas; en el legendario Al Capone, que al ser representado por Robert De Niro en The Untouchables fue personificado con un peculiar requisito del actor: que su vestuario fuese ejecutado por el sastre real y legítimo que vestía a Capone. Pensemos de nuevo en el mismo De Niro, pero en Casino, como Sam Rothstein, cuyos trajes de color conspicuo resonaban en la pantalla por su audacia y su elegancia llamativa.

Y el mismo Joe Pesci, en sus distintos roles sanguinarios, con su agresividad implacable, aparece con frecuencia estilizado con esa cualidad del gangster: un hombre que tiene una masculinidad agresiva y no obstante presta atención al detalle, observa la ropa de los otros, cuida y cultiva la ropa que se escoge para sí. Es común que el gangster tenga una afición por la coordinación cromática rimbombante, una cualidad que también contradice la opacidad típica de las normas del vestir para los hombres “viriles”. Evoquemos a Nucky Thompson, en la Atlantic City de la Prohibición, – en la serie Boardwalk Empire – despiadado y caballeroso, coordinador hábil de estampados y coloridos mixtos.

Es aquí también donde volvemos al principio. El gangster encarna una de las paradojas más primordiales de la moda. A través de su vestir – y de su oficio – se conforma y se distingue. Y lo hace también, con frecuencia, porque en el caso de los gangsters norteamericanos, por ejemplo, muchos de ellos eran inmigrantes y sentían aún más el peso de ser extranjeros, criaturas de otra parte intentando escalar, hacer parte, cazando canalizar el gran sueño americano. Esta contradicción alcanza, en el gangster, un nivel significativo. Pues, si el seguidor o la seguidora de moda añoran un nivel de pertenencia en el momento en el que suscriben a los dictámenes de la moda, el gangster quiere hacer una demostración visible de poder y posibilidad, pero no ansía el camuflaje.

En el cine de antes, por ejemplo, una de las premisas básicas en términos de narrativa y vestuario dictaba que el segundo debía ser un soporte para la demostración del personaje. En el gangster, sin embargo, la ropa va más allá; actuando como una especie de talismán, como una representación cargada de sustancia. En muchos casos un gangster es gangster si se ve como tal, alcanza el estado de uno como tal cuando asume la estética, cuando se ve ligeramente extravagante, cuando está marcado por una apariencia que destila dinero pero que no se acopla a los códigos de una elegancia convencional.

En una época en que los imaginarios de masculinidad se recomponen con base a los movimientos de los últimos treinta años, cuando los hombres parecen estar reclamando la posibilidad de ser bellos y no meramente funcionales, cuando las nuevas generaciones, tocadas por el hecho de que la moda es hoy un asunto de la cultura popular, conciben el ornamento y la expresividad como un asunto que también concierne la identidad de lo masculino, el gangster, en su figura estética, nos refresca justo eso: que los hombres también pueden ser partícipes de los asuntos de la estética. No son, por supuesto, referencias de ejemplaridad, pero sí revitalizan aquellos temas siempre susurrantes en los temas del vestir – sobre cómo el vestir masculino, construido sobre un imaginario de solemnidad y uniformidad, también puede ser consciente, calculado, vibrante, magnífico y una delicia de observar.

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