Hablemos sobre las estaciones

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LA MIRADA DGITAL DE LA MODA:

La última colección de Céline, el anuncio de ruptura estacional de Burberry, el sentimiento – gracias a Instagram – de que todo es constantemente viejo; que desde hace un tiempo las flores, por ejemplo, sean parte de looks para otoño y que los colores opacos o el cuero formen parte del repertorio de la primavera. Los cambios en el orden y la velocidad nos hablan sobre la conexión de la moda con el tiempo. Un tiempo que va al ritmo de un gran espabilar. Reflexión y análisis sobre el tema.

Vanessa Rosales

El tiempo y la moda sostienen, desde hace siglos, un íntimo romance. La palabra moda evoca rápidamente un mundo visual hecho de ropas, mujeres bellamente vestidas, objetos de deseo, fotografías ensoñadoras y fantasías estéticas. Para algunos, puede evocar también un conducto o una suerte de termómetro: la manera de entender cosas que están más allá de lo meramente aparente (términos como cultura o patrones de comportamiento, por ejemplo). Y sin embargo, la moda, hecha, sí, de ropas y apariencias, también tiene todo que ver con algo más: el tiempo.

Esa liaison (entre moda y tiempo) tiene que ver con el hecho de que como sistema ella se ha basado siempre en la cacería por lo nuevo. Dicha búsqueda la ha conectado siempre con otro tiempo: el futuro.

Durante siglos, las siluetas persistían similares durante décadas. Incluso cuando miramos placas de distintos momentos del siglo XIX, por ejemplo, se nos pueden antojar muy parecidas las siluetas, hechas de sutiles variaciones. Cuando la moda, como la conocemos, entró con fuerza, lo hizo como síntoma y sinónimo de lo moderno. Es decir, bajo el lema de la modernidad “adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo”.

Moda: reemplazar cosas nuevas por viejas; seducir con objetos novedosos; buscar novedad infinita sin miras de perfeccionamiento. Todas ellas son premisas de la lógica tradicional detrás de la moda.

La relación de la moda con el futuro ha tenido una traducción precisa siempre: que las muestras de la alta moda hayan sucedido siempre con seis meses de anticipación. Todo seguidor que se haya iniciado en estos temas aprendió, tempranamente, que febrero y septiembre implican, en la moda, dos momentos de literal anticipación. Y quien escarbe en lo que significa la moda, como concepto, encontrará también que su lógica primordial ha sido la de buscar, infinitamente, lo nuevo en aras de lo nuevo.

Pero, ¿cuánto tiempo podía durar, realmente, la búsqueda de lo auténticamente novedoso? ¿Era posible creer que la moda podía generar para siempre cosas nuevas? ¿Y qué es, al final de cuentas, nuevo? ¿Una silueta inexistente? ¿O podemos evaluar lo nuevo como la reinterpretación de algo de antes, traído al presente, filtrado por los códigos del momento en el que se reinventa? ¿

En los momentos en que nuestras madres y abuelas eran seguidoras de moda, por ejemplo, las cosas “entraban” y “salían” de ser tendencia o no con marcado rigor. Había menos reglas. Menos acceso. Las temporadas venían con looks fijos. Las siluetas mantenían una mística de duración. La moda era como un credo. Se usaba esto y aquello. Y una tendencia, un patrón, un objeto, duraba al menos seis meses en circulación.

En aquel entonces lo nuevo estaba muy bien ubicado en dos grandes momentos: los circuitos de pasarelas bianuales, celebrados en las cuatro ciudades de tradición.

En febrero las mujeres veían el futuro con seis meses de anticipación: se enteraban de lo que vendría para otoño e invierno. Luego, seis meses después, cuando apenas comenzaban a usar aquello que habían visto con antelación, en septiembre, preveían, en esa bola de cristal que entonces era la moda, lo que llevarían durante el retorno de la primavera.

Eso, en los lugares con estaciones, por supuesto. Otra de las asociaciones más poderosas de la moda con el tiempo tiene que ver justo con eso, con el hecho de que los grandes medidores de cambios de vestimenta eran alentados por los cambios de atmósfera, de colores y temperaturas. Con el tiempo, con la visibilización de la moda a través de imágenes digitales, con el ímpetu de muchos lugares externos a la tradición – Nueva York, Londres, Milán y París – de participar en ese frenesí colectivo por el mundo del vestir y la expresión estética, las estaciones comenzaron a verse bajo otra luz.

“Siempre es verano en otra parte”, comentaba una de las críticas de Vogue Runway durante la temporada reciente de pasarelas. “¿Las estaciones tienen validez en estos tiempos?”, cuestionaba también. Si la moda ya no pertenece solo a tres ciudades europeas y una urbe titánica norteamericana ¿pesan tanto los cambios de estación?

Reflexiones sobre una moda en eterno presente

El escenario de hoy ha llevado al affaire entre moda y tiempo a otro nivel.

Primero, porque al agotarse la posibilidad de producir cosas nuevas cada seis meses, la moda dio un giro: pasó de operar sobre una lógica de reemplazo a una de acumulación. ¿Cómo así? En vez de esperar o buscar novedad, comenzó a permitir una sensacional convivencia de estilos – que a veces duran poco o a veces se quedan entre nosotros más tiempo. Así llegó a nosotros el eclecticismo – es decir, la mezcla, la reinvención de estilos viejos de manera espectacular, la aceptación de que coexistan tantos estilos al tiempo y de temperamentos muy distintos.

Segundo, nuestra relación con el tiempo y el espacio también cambió. Ambos se comprimieron. No porque ellos en sí hayan cambiado sino porque ha cambiado de manera significativa nuestra percepción de ellos. Internet nos permitió ver realidades espacialmente distantes, nos permitió acortar los momentos de espera y visualización. Clic: las aceras de Nueva York. Tap: de dónde viene esa blusa estupenda que nos agita la ensoñación.

Al principio fueron los computadores portátiles. Hicieron de nuestra experiencia más inmediata y accesible. Luego, vinieron aparatos como los Blackberries, y finalmente, con la llegada del iPhone llegaron nuevas formas de ver y experimentar la moda como Instagram: un cuadradito que va en nuestros bolsillos y nuestras carteras y que nos permite acceder la moda, al menos visualmente, con feroz inmediatez.

En esa marejada de tiempos cada vez más rápidos e inmediatos, se instaló también entre nosotros algo más: la moda rápida, literalmente – ese sistema de producción de ropas que articula y refleja una era en la que la sobrecarga de información y el acceso nos han hecho más impacientes, más fijados en la apariencia, y distraídos, espabilando más que mirando, al ritmo de las imágenes digitales que se transforman a cada instante sobre la pantalla lustrosa y pequeña de nuestros teléfonos. Con ella, se volvió posible ponerse algo similar a lo que revelaban las grandes novedades de las pasarelas.

Y todo eso fue cambiando el tiempo de la moda actual. Acortó los ciclos – surgieron las Pre-Fall y las Cruise/Resort – incrustadas en la mitad de los circuitos tradicionales, y como reflejo de que seis meses de espera pasó a ser mucho tiempo. Surgieron plataformas como Moda Operandi, que se animaron a acelerar el proceso de compra para algunos diseñadores y para quienes pudieron costear sus piezas.

Las tecnologías digitales, al hacer de la moda una experiencia muy visual, comenzaron a crear una nueva relación hacia las cosas, haciendo que muchas seguidoras de moda comenzaran a preocuparse más por la apariencia de la prenda que por su constitución material. Eso creó, además, una predisposición por sacrificar calidad por cantidad. Expuestas a tantos bienes de moda, alentadas por tantas transformaciones de looks y de ropas vistas a través de sus pantallas digitales, las mujeres añoran también mantenerse al ritmo de la vórtice visual de la moda. 

En suma, un paisaje lleno de imágenes digitales que nos hacen espabilar y que nos alientan al apetito de cambio constante es también un paisaje donde la relación que tenemos con el tiempo también cambia. Un tap nos permite ver moda de manera constante, donde estemos, a donde vayamos; un doble tap nos permite visualizar de dónde proviene una prenda añorada. Y los ciclos, al acortarse, traen otras consecuencias, a nivel estético y de ideal.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con que Burberry haya decidido clausurar el formato más tradicional – primavera/verano y otoño/invierno? ¿O que lo más reciente de Phoebe Philo, pensado para la temporada otoñal, incluyera sandalias de cuero y piezas cuya ligereza no inspirara del todo un look pensado para esos días grisáceos o templados en las ciudades donde comienza a descender el ánimo climático?

¿Qué tiene que ver con que ya no existan delimitaciones tan precisas entre las temporadas, previamente separadas por asuntos de color y lemas visuales? (Ejemplo, que las flores y los tonos alegres fueran patrimonio de lo primaveral o que el cuero fuera custodio exclusivo del otoño). ¿Qué tiene que ver todo esto con la forma en que se han trastocado los órdenes, las líneas de narración, los órdenes temporales?

Que la moda, que siempre buscó lo nuevo, parece que hoy no tuviera pasado ni futuro, sino como expresó la teórica Agnés Rocamora, se encuentra hoy sumida en un eterno presente. ¿Por qué? Hace poco, en una pieza periodística, un ejecutivo de Neiman Marcus explicaba cómo, al sacar para una de sus clientas una chaqueta que había llegado el día anterior, recibió la pregunta: “¿pero no tienes algo nuevo?”. La pieza, que llevaba unos meses disponible, a nivel visual en las redes – en Instagram especialmente – creaba la sensación de que era vieja.

Y de cierta manera, todo se siente constantemente viejo porque a cada instante, a cada segundo, una nueva imagen, una nueva pieza, un nuevo bien, aparece ante nuestro espabilo frente a la pantalla en que la vemos. Así, tal y como existen en nuestra era todo tipo de estilos en una armoniosa coexistencia, algo similar ha sucedido con los tiempos. Otoño, primavera, verano, invierno, sus versiones medias, las estéticas de lo crucero, los estilismos interestacionales – todo existen en una gran orgía visual, en una yuxtaposición de tiempos y temperaturas, en un libertinaje estético que ha hecho que el tiempo sea constantemente veloz, imparable, instantáneo, un eterno presente arrollador. Y la moda, su amante, se ha vuelto también una convulsionada mixtura de estéticas y momentos.

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