An Adorned Man

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Moda y masculinidad son palabras que con frecuencia se consideran opuestas. Las nuevas generaciones – y la atmósfera sembrada de los ochenta – han retado dicha noción, que cuenta con más de dos siglos de existencia. En Colombia, hombres como el Mono Casas desafían la idea de que un hombre no puede inventarse a sí mismo a través de la apariencia. Retrato de un hombre que encarna un tipo de Dandismo Hipermoderno.

 

Vanessa Rosales
Fotos: Juan Moore

En el mundo del vestir existen creencias que anclan en nosotros de manera inconsciente. Una de ellas es que el ornamento está hecho para las mujeres y la funcionalidad para los hombres. Dicha creencia no es el fruto del azar o de una caprichosa determinación pero el resultado de una historia que comenzó a marcar la moda, desde el siglo dieciocho, a través del sexo. No siempre fue así. MMC_0282

La idea, común y popular,  de que ser hombre es opuesto al acto de aparentar o que poco tiene que ver con la importancia de la imagen, tiene profundas raíces en lo que desde hace tiempo se considera “masculino”. Bill Burr, el comediante norteamericano tiene una manera cómica y concisa de resumirlo: “niega tus emociones y actúa como si tuvieras todas las respuestas”.

Y si vestirse es una acción alentada por una funcionalidad evidente – la de cubrir el cuerpo para aparecer en público – también es una acción que envuelve otro asunto comúnmente asociado a las mujeres: los sentimientos. Por eso, y desde un prisma que persiste en ciertas atmósferas, moda y masculinidad se encuentran en ecuaciones opuestas. Lo “masculino” no es estéticamente consciente, ni expresivo sensorialmente.

No siempre. Hay hombres – digamos, los dandis (una figura que abogaba por la exquisitez en la cultivación de la apariencia); los gangsters (hiper-masculinos e inclinados hacia el vestir excéntrico); los estetas del rock n roll (de pelo largo y apariencias estilizadas); los punks (varones bañados en taches, crestas, ropas-símbolo); los hombres que pertenecen a las subculturas góticas (que se sienten cómodos con ciertos rasgos femeninos en su apariencia), todos, a su manera, han rebatido este credo general de que hombres “reales” no se invierten en los asuntos de la asertividad estética.

Las nuevas generaciones, además, han venido forjando un sentido de masculinidad que no descarta ya el adorno, que no lo tilda como una desviación de virilidad. Y esa perspectiva – de que lo estético puede ser también parte de una identidad masculina – viene en mayor ascenso desde la década del ochenta (pensemos, por ejemplo, en Richard Gere, en American Gigolo, ultra-masculino, convertido en objeto sexual y profundamente preocupado por su vestimenta, reflejada en su pasión por los trajes Armani). Se trata de una noción que, además, tiene que ver con la manera en que desde la posmodernidad, todos nos hemos hechos performers de cierta manera – nuestra obra es nuestra identidad. Y esa identidad se marca a través de objetos de estilo y las vidas que simbolizan.

Editorial

Siglos atrás, no obstante, hombres y mujeres compartían con igual fervor los gajes de la apariencia. Y sin embargo, hace más de doscientos años que comenzó a dispersarse la creencia de que la masculinidad es un asunto que se opone a lo estético. No porque los hombres no sean, como las mujeres, seres que deban vestirse para aparecer en público, sino porque entre las características de lo “viril” se selló, de manera general, que los hombres, activos, públicos, prácticos, funcionales, no disponen de tiempo o energía para cultivar su aspecto. Como dicta el adagio popular sobre el tema, los hombres hacen y las mujeres aparentan.

Pero, ¿cómo llegamos a eso? ¿Cómo se decidió que los gozos de la estética son patrimonio de las mujeres y no de los hombres? ¿Cómo sucedió eso de que los hombres “renunciaran a ser bellos” y se volcaran, sobre todo, a las actividades que los eximen de la preocupación por la apariencia?

La respuesta es un cóctel complejo que combina lo que nos heredó la Revolución Francesa al hacer que los hombres salieran del ocio indulgente de las cortes y las salas de la aristocracia para activarse en los estrados, las oficinas y los talleres. Mientras ellos salían, las mujeres quedaban atrás, en los divanes, asumiendo un nuevo rol: consumidoras activas que permanecían invisibles, cultural y socialmente.

La respuesta también tiene que ver con el hecho de que, un poco antes, en el siglo dieciocho, la prensa francesa había asignado a las mujeres el impulso por la moda como algo natural y esencial. La contraparte masculina de eso era la teoría de que, biológicamente, los hombres estaban programados para tomar placer en la variedad que ofrecen las mujeres a través de los distintos aspectos que logran asumir. Una idea que aunque ha mutado, se conserva de cierta manera. Desde entonces, por lo general, moda es sinónimo de mujer y nunca de masculinidad.

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Un hombre adornado

Hay, sin embargo, hombres que con su individualidad desafían nociones de este tipo. En su lenguaje, al vestirse, se puede encontrar lo clásico de la ropa masculina – cuyo gran icono es, por supuesto, el traje – combinado con la expresividad que la creatividad estética y el adorno permiten.

En Colombia, uno de esos hombres es el Mono Casas, un hombre que tiene el sello de su Barranquilla natal – es decir, una marcada receptividad hacia lo moderno, esa cualidad inefable de la elegancia caribe y una mentalidad mixta que incluye entre sus influencias temporadas neoyorquinas, el paso por Boston como capítulo educativo y la presencia de más dos décadas de una mujer que conjuga lo francés con lo norteamericano y con quien comparte su vida.

3-Entrar en el mundo privado de Mono implica ser recibido por un espacio exuberante en su eclecticismo, un amplio apartamento en Bogotá que ofrece a la mirada del esteta una jugosa ofrenda de contrariedades en armonía; libros que colman la pared de la sala principal, licoreras antiguas que descansan detrás de un sofá Chester que proviene, además, de la casa barranquillera de Nina García; rastros de desfiles de Olga Piedrahita, piezas de arte (discretas en tamaño pero llamativas en contenido), y gemas tan modernas como antiguas que suman un exquisito sentido de coleccionismo. Atrás, de fondo, un jardín salpicado por el verdor de Bogotá, más allá, cerca al comedor, una cama francesa antigua, y en el centro de la mesa donde sostenemos conversación, una bandeja de plata que ofrece la calidez del té en una vajilla blanca y azul, bizcochos mixtos servidos en una canastilla – todo una orquesta de mixturas exquisitas.

Coleccionismo es precisamente la palabra que aplica para la relación que tiene Mono con el vestir. Su forma de comprar se caracteriza por este impulso, tiene la motivación del coleccionista más que la del comprador. Y sus elecciones tienen también el sello persistente de los poseedores de este tipo de estilo – que parecen ser dueños de un don por animar toda expresión estética en sus vidas por un aire imaginativo y una capacidad de inesperada composición: sus piezas provienen de los sitios más distintos. Un traje de su padre, ropa hecha a la medida, bufandas estampadas de Etro (una pieza característica en su vestir), camisas de Brooks Brothers o de Pink, hallazgos en Arturo Calle o Theory, piezas que han sido traídas de viajes y de bazares que aún no ha encontrado un uso u ocasión.

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Mono posee también el don de los estetas y de los que conversan visualmente desde su sentido de estilo: es hábil para el eclecticismo. Para inventar mezclas cargadas de colisión logran, sin embargo, una exuberante armonía. 2-

La relación de Mono con la moda no se limita sólo al terreno de su propio vestir, sino a una conexión importante con la industria colombiana. En los noventa, fue creador de una línea de carteras célebres, bajo el título de Monosac; fue uno de los comandantes del proceso creativo – que lideró Alicia Mejía con la entonces novedosa Colombiamoda -, cuando con B-Book, la agencia que tenía con su esposa María, inauguraron la realización de desfiles con más niveles de performance y por fuera de la feria y su recinto. Ha sido testigo y partícipe de la expansión, burbujeo y boom que ha tenido el tema en los últimos años, haciendo parte de esa vanguardia que a mediados de los noventa comenzó a percibir a la moda en Colombia como un tema potencialmente fructífero.

Quienes conocen a Mono saben que visualizarlo siempre es un encuentro de placidez estética, están familiarizados con su dandismo, con sus exquisitos hábitos de estilización, con su lenguaje sartorial, cargado de elegante imaginación. Quienes apenas lo ven, reconocerán en su vestir la estampa de la ropa masculina – piezas usualmente utilitarias, funcionales, hechas para la libertad de movimiento y la auto-posesión – cargadas con la gracia del ornamento. Es decir, un vestir funcional que se combina con las intenciones de quien disfruta y no imprime tanto pensamiento calculado en su expresión, de quien materializa el ornamento funcional, como un dandi hipermoderno, práctico e imaginativo.

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