Ser y Aparentar: Retratos de una pasión

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Reflexiones de una escritora y mujer de estilo

 

Un oficio que tiene en su corazón la escritura y después el performance de la imagen. Retratos de una mujer cuya pasión es la palabra escrita y cuyo conducto escogido para verbalizar el mundo es el terreno de la estética, la apariencia y el vestir. Imágenes de moda que están cimentadas, sobre todas las cosas, en la pasión por escribir.

Vanessa Rosales

Retratos: Juan Moore
Pelo y maquillaje: Laura Pantoja
Locación: Four Seasons Casa Medina

 

Ser alguien y aparentar muchas cosas son dos lemas comunes en la construcción que puede hacer una mujer de sí misma. Las mujeres cargan con frecuencia una especie de estela que es como un hábito invisible: un movimiento pendular entre las expresiones de lo externo y los palpitaciones del fuero íntimo. Después de todo, a las mujeres se les entrenó durante siglos para asumirse como seres visuales, objetos para la mirada externa y masculina, criaturas que no siempre logran discernir entre su identidad y esa imagen que les devuelve el espejo cuando se miran.

En la historia reciente, y en muchos lugares, como sabemos, se ha ido cimentando una atmósfera en la cual una mujer puede ser lo que sus instintos o deseos le dictaminen. En donde el abanico de identidades femeninas se ha multiplicado de manera bendecida. Aún así, el aspecto visual sigue siendo altamente ligado al ser mujer y a temas de lo femenino.

Este aparentar muchas cosas que se menciona al principio no debe ser tomado en el sentido machista que lee en las transformaciones de la apariencia femenina una forma de engatuso, algo que durante mucho tiempo se creyó era una de las primordiales motivaciones detrás de la moda femenina.

Para quienes no lo sepan, uno de las denuncias más moralistas contra la moda – entre las muchas que ha habido – tenía como piedra angular el argumento de que las vicisitudes caprichosas de la moda no eran más que trucos y artificios femeninos para engañar a los hombres. Algo así como una deleitable brujería. Después de todo, uno de los miedos más viscerales que se ha tenido hacia las mujeres ha conducido con frecuencia a que se las construya dentro de imaginarios que las destacan como peligrosas, malévolas, capaces de desgraciar a los hombres con sus encantos y hechizos físicos.

Así que lo estético, cuando es ligado a lo femenino, carga hondos vestigios de sospecha. (Los patriarcas de la filosofía no podían entender por qué reverenciar un sistema cuyo gran fin no es perfeccionarse sino la búsqueda del cambio por sí mismo. Tal vez de la misma manera, algunas mujeres no logramos entender cómo se podía hablar con tanto ahínco de metafísica sin reconocer las magnitudes filosóficas de la maternidad, por citar un ejemplo conciso).

El caso es que la moda y el vestir han llevado consigo el lastre de ser asuntos cimentados sobre una peligrosa frivolidad; un lastre que parece espejo de los prejuicios que ha sobrellavado en sí y en general el mundo femenino.

Una metáfora de eso es la figura de la femme fatale. En los filmes de los años cuarenta, más específicamente en aquellos hechos para el género de film noir, las mujeres más malévolas, las asesinas, las buscadoras de riqueza mezquinas y sin reparos éticos, las seductoras mortales, todas aquellas figuras femeninas unidas por un temperamento vil comparten, con frecuencia, otra característica: son criaturas suculentamente vestidas.

En fin, ser mujer y perseguir las estelas de la moda son dos cosas que en muchos contextos se miran con prejuicio y recelo. Cuando ambas se combinan, el recelo puede ser más agudo en sus efectos.

*

Pero estas líneas tienen un acorde más personal. Son la reflexión de una mujer que transita entre el ser y el aparentar de una manera precisa. Son líneas que intentan dar una explicación verbal a las imágenes que aquí se consignan – donde aparece una mujer en su lenguaje sartorial, urbano, conciso, simple, y retratada para evocar su fervor primordial: escribir.

Son, entonces, las palabras para decir que es esta la cartografía de una mujer cuyo ser se encuentra en su máxima intensidad cuando escribe y que usa el aparentar para suscribirse al mundo del estilo – al cual se dedica – pero que, al final, sirve como un portal para un gran fin: escribir – siempre escribir. Una mujer que incluye en su aparentar un performance digital, nutrido de los más diversos lemas del paisaje hipermoderno que tiene en sus fibras a la moda y la tecnología. Pero cuya vibración más intensa está en la palabra escrita.

Ahora, en la adolescencia, la estética, la apariencia y el vestir no eran ámbitos particularmente míos. Una espesa radicalidad adolescente me volcó hacia tardes cartageneras y solitarias, llenas de sonoridad rocanrolera y el silencio consolador de los libros. La belleza no era mi característica. Pero sí me hallaba hechizada por los destellos estéticos de los filmes que repetía una y otra vez; me estimulaban no sólo las canciones que tatuaba en mi memoria de tanto oírlas – también las expresiones de vestir que con ellas venían. La dejadez del grunge, Slash saliendo de una iglesia con una chaqueta de cuero infalible, la transformación de Sandy en Grease gracias al cuero y la negrura del vestir; las ropas en los delirios de Woodstock; el glamour cuidadoso de las voces femeninas del jazz que me mecían mientras avistaba los veleros de Manga y su bahía, los coloridos y las excentricidades estilísticas de La Fania, frente a una multitud africana o en un concierto en el Harlem neoyorquino.

Cuando hace más de diez años, observantemente felina, volqué el ímpetu de escribir hacia las expresiones sartoriales de esa Bogotá de mi generación, salpicada por el punk y el new wave que volvían de manera cíclica, los ojos del prejuicio se levantaron sobre mi. ¿Qué hacía una mujer con intereses intelectuales volcándose hacia el ámbito del artificio? La academia expresó ante mi su escepticismo y su ironía. Quienes me habían conocido no discernían cómo conciliar que una mujer de mi tipo se interesara de repente e intensamente en el vestir. Les parecía una especie de traición de espíritu. Para algunos era como una especie de renunciación triste, un elegir un oficio “secundario”a la escritura seria, esa que lleva muchas veces un exceso de melancolías y vida íntima como manchas invisibles en las páginas leídas.

Lo que entonces estaba haciendo, en parte por cierta necesidad de salvación, era abandonar el mundo interno como musa exclusiva para lo que desde los ocho años hacía y sabía que añoraba hacer: escribir. Verbalizar el mundo. Nombrar las cosas, darle forma a esos animales llamados sentimientos, a esas cosas que nos interceden la vista y la experiencia, perseguir esas imágenes sonoras que son las palabras y que, como pájaros, descienden a veces con agónica exquisitez sobre quien las persigue.

Lo que estaba haciendo era escoger ese mundo de las apariencias, esas expresiones de lo visible, todo ese terreno de símbolos, para convertirlos en el ventanal y el conducto hacia el fervor primordial y real de quien esto escribe. Ropas y estilos, performances digitales, fotografías que evocan un sentido de identidad, exploraciones distintas de ese terreno movedizo, bello y a veces agotador llamado moda. Todos, siempre, son para mi, una excusa, un motivo, una musa para ser lo que soy y siempre he sido: una mujer que escribe y ama escribir.

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1 Response
  • VeryHG
    February 26, 2016

    Buena reflexión

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