LA MIRADA DIGITAL DE LA MODA: Hablemos de Gucci

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En un mundo de moda donde estamos acostumbrados a espabilar, al ritmo de imágenes e informaciones que circulan veloces 24/7, Alessandro Michele nos ha hecho detenernos, mirar y recordar. Anotaciones sobre la visión de una Gucci actual.

Vanessa Rosales

Fotos tomadas de VogueRunway

¿Cómo hacer que las personas en ese público de moda del momento, acostumbrado a espabilar constantemente, se detenga a mirar, mirar realmente? Alessandro Michele, el director creativo desde hace poco más de un año de Gucci para tener la respuesta a semejante acertijo.

Si la moda crea formas de mirar, nosotros, las criaturas más digitales de la existencia, hemos aprendido a masterizar un tipo de mirada que corre al ritmo de la sobresaturación de imágenes e informaciones – siempre cambiantes, en reemplazo permanente. Cada vez que reinicia el circuito bianual de pasarelas, la marea de imágenes y reseñas que con ellas llegan se acompaña también de debates que, desde la crítica y cada vez con más frecuencia, tocan cuestionas y preguntas sobre un tema particular: la velocidad.

La temporalidad de la moda anda como un relámpago sin tregua. Hay fatiga permanente. Todo se siente constantemente viejo. Olvidamos rápidamente lo que vemos ante la marejada incesante de imágenes disponibles. Pocas cosas consiguen retener nuestra atención más allá de la brevedad del instante digital. La moda se siente como un “eterno presente”, sucediendo en nuestras pantallas, en cada momento, dejando pocos rastros de lo que visualizamos en nuestro constante espabilar.

Y sin embargo, hace unos días, en Milán, cuando Alessandro Michele lanzó sobre la pasarela su más reciente versión de ideas para Gucci, muchos en el público de moda se detuvieron a mirar. Y la muestra, una orgía visual de referencias eclécticas, dejó en muchos un rastro, un recuerdo, la sensación de que habían visto algo que los había afectado con los estímulos que deja con frecuencia la moda cuando hace vibrar: deseo, asombro, fascinación, y algo un poco más raro – retención. Recuerdo.

Aún cuando la colección de Gucci, (con setenta y un looks) fuese un derroche de contrariedades – con potencia estética setentera, acordes vintage, opulencia italiana con pizcas renacentistas, referencias pictóricas, un cierto aire nerdy, matices del Glam Rock del cual David Bowie fue, indudablemente, un feroz emblema, ambivalencia de género y una especie de orquesta de épocas – la carga visual permitía atrapar elementos singulares por separado. Un logro sustancial cuando refrescamos un hecho sobre nuestra actual realidad visual: con frecuencia, incluso los elementos más llamativos se disuelven en la marejada de imágenes a las que nos enfrentamos.

Con la colección masculina de la casa, presentada en enero, sucedió algo similar. Para algunos resonaron, luego de ver la muestra, las chaquetas bordadas. Ahora, quedan vestigios en el apetito sartorial de muchos los zapatos y las carteras, por ejemplo.

¿Cómo hizo Michele para que lo último de Gucci tuviera este particular eco entre los apetitos estilísticos y las imaginaciones visuales de una audiencia que rara vez se detiene a mirar?

Pese a todas las funciones que hoy se les asigna – un cruce entre superestrella, aparato creador y genio de la innovación – la figura del diseñador de moda es, en su aspecto más primordial, la de ser un intérprete de su época. Su medio o vehículo de interpretación es, por supuesto, ese objeto material y portátil llamado ropa.

Y si Michele está teniendo este sensacional efecto es precisamente porque lo suyo, con Gucci, es una prolífica interpretación de nuestro tiempo. ¿Por qué? En primer lugar, porque Michele, quien se ha declarado un apasionado fervoroso de Instagram y de las estéticas del streetstyle actual, está sabiendo articular estos elementos en el nuevo lenguaje que está fabricando para la casa italiana. De la misma manera, su gusto por la antigüedad es tal vez el motivo por el cual lo suyo se siente, sí, vintage pero vigorosamente contemporáneo.

La presencia de la estética del streetstyle se palpa en el trabajo de Michele en la forma cómo los looks sobre la pasarela parecen capturar, de manera precisa, esa proliferación de corrientes estéticas que desde hace unos años se celebra como ideal fashionable de nuestro tiempo. De eso se ha venido tratando el streetstyle en los últimos tiempos: de una pluralidad estilística alentada y al tiempo capturada por las tecnologías digitales. El streetstyle, como género de fotografía, al convertirse en una fusión entre la calle y la pasarela, ha creado una situación en la que los individuos se estilizan de manera llamativa para acoger el ideal de moda actual: un ideal que es ecléctico, que combina contrarios en una armonía visual y llamativa, que crea un mensaje visual que será llamativo cuando sea capturada por la cámara digital.

El hecho de que una sola muestra de Michele parezca, de manera tan armoniosa, un bricolaje de tantas épocas, es también uno de los motivos por los cuales su estética resulta tan precisa y deseable. Desde hace un tiempo ya que nuestro paisaje de estilo es en sí un esquema de épocas y estilos mezclados, donde todo – o casi todo – puede considerarse contemporáneo. Y esto tiene todo que ver con ese gran tema que está meciendo los debates y las preguntas de la moda actual: la velocidad, de los ciclos, de las informaciones, de los tiempos, ha causado que en vez de estar buscando un reemplazo constante de ideas y bienes, la moda se haya volcado a acumularlos.

Y luego, claro, está la ambigüedad. O la comodidad que existe hoy entre los géneros de cruzar entre ellos referencias y posibilidades sartoriales. Si hay algo que Michele también está haciendo, es reafirmando que la mujer actual (y la mujer a la Gucci quiere hablarle) no es la misma que creó Tom Ford: esa fémina sexualizada y sexual, cuya fuerza erótica estaba tanto en su opulencia estilística como en sus actitudes y gestualidades.

La mujer de Michele es la que aspira más bien a ser capturada por el lente digital, (quiere ser una diosa del streetstyle, ha dicho él en entrevistas, precisamente); la que se reconoce cómoda cuando masculiniza su vestuario, la que ha sido socializada dentro de un paisaje donde ser fashionable es, con frecuencia, sinónimo a ser man repeller. Más allá del blog de Leandra Medine, este concepto, de repeler a los hombres para atraer la mirada de la moda y no necesariamente la del deseo masculino, es uno de los cimientos de lo que hoy se considera estilísticamente deseable.

Y Michele, con esta visión, cargada, híbrida, dotada de referencias, perfecta para resonar ante la mirada digital, colmada de los códigos que actualmente se celebran, interpreta, como pocos, nuestra época.

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Campaña de GUCCI primavera – verano 2016

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