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Santander

Hace unos años, cuando volqué la pluma hacia la moda colombiana, el tono y el lente estaban cargados de una punzante crítica que intentó, en su momento, usar el concepto de ‘mal gusto’ para hablar de un tema específico: mal gusto entendido como un vestir pensado exclusivamente para la mirada masculina; mal gusto percibido en las secuelas que dejó el narcotráfico en la estética del país; mal gusto en una entonces notoria ausencia de calidad en algunos de los trabajos de diseñadores colombianos; mal gusto como un paisaje estético donde, veía entonces, primaba un afán por parte de las mujeres para volverse visión sexual y no tanto para afirmarse como individuos con identidad.

Los viajes a Cali, a Medellín, a Ibagué, los vistazos a Barranquilla y a Cartagena alentaban esta perspectiva, que en su momento ganó adeptos y contrincantes fervorosos.

Con los años y la persistencia en el oficio de querer escribir y analizar la estética del país fui comprendiendo lo que hoy por hoy compone mi perspectiva: que la estética es un asunto de contexto.  Algunos de los elementos que moldean los ideales estéticos de un contexto: las posibilidades económicas, lo que está disponible en las tiendas, lo que las mujeres ven y emulan en su entorno desde pequeñas.  A medida que viajo por Colombia constato esta idea, que comprende toda estética como una construcción ligada al tiempo, el espacio, la cultura, la herencia y las feminidades que pueden surgir en consecuencia.

En esa aceptación, la estética de Colombia se ofrece mucho más matizada y diferente.

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