Vestirse para el Hay Festival

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Toda ocasión, todo figurar del cuerpo en el ámbito público, todo clima y atmósfera, toda presentación a las miradas externas (es decir, toda aparición social) implica y genera un vestir.

Incluso aquellas en las que, en teoría, la estética no es prominente o no pesa (i.e., un festín de intelectuales, de criaturas que dispensan pensamientos y conceptos a través de palabras, paridas, gestadas, fabricadas en largas horas de soledad y silencio). Y sin embargo, quienes atendemos con la observación y la reflexión el vestir, podemos reconocer patrones de apariencia en diversos lugares.

En el Hay Festival, por ejemplo, los acudientes, de modo general, tienen más años, y un vistazo muy genérico se muestra como un paisaje de mochilas, piezas de lino, prendas con cualidad étnica, guayaberas, blusones amplios y pantalones fluidos; poco rastro de cosmética o damas entradas en años y avanzadas en alteraciones faciales; gafas y barbas – una estética que bien podría proclamarse despreocupada de eso justamente: de la cultivación de lo aparente.

Y sin embargo, la despreocupación estética – como toda otra negación de algo – es una afirmación en sí misma; y una forma cultivación estética también – así sea por puro contraste. Es importante anotar, además, lo siguiente: ¿qué significa exactamente “despreocupación estética? ¿No es cliché considerar que los cúmulos intelectuales se retraen de la cultivación estética? ¿Aplica eso para todos sus participantes? ¿Importa acaso como se estilizan en apariencia quienes se dedican a escribir y a pensar como modelo vital?

El vestir también es un terreno de interrogantes.


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