Miradas imaginarias ¿para quién se visten las mujeres?

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Vanessa Rosales
Ilustraciones: Amelia Rosales

Existe entre los hombres la popular y equivocada creencia de que las mujeres se visten para otras mujeres. Es posible que esta convicción, que surge en los momentos cuando conversan sobre la incomprensible naturaleza de su opuesto complementario, mareados por la confusión y la cerveza, acompañe otra observación: que las mujeres compiten entre sí. Por contraste, dictan otros imaginarios, los hombres se extienden una solidaridad entre ellos que en el hábitat femenino parece no existir. Y la forma más conspicua de esa competición, vista por los hombres como aruños y siseos invisibles, se ubica por lo general en la belleza y el vestir.

En el reino de los prototipos, se entiende que la ropa masculina es mucho más simple que la afección que tienen las mujeres hacia ciertos pedazos de tela y zapatos tan poco funcionales que resultan incomprensibles. En el reino de los prototipos, los hombres son criaturas prácticas, racionales, eficaces, mientras que las mujeres – esas delicias que hechizan la vida masculina – son más bien seres atractivos, delicados, emocionales y de poco ‘raciocinio’. Esa falta de ‘raciocinio’ explica por qué compiten inexplicablemente entre sí; que tengan armarios abastecidos y aún exclamen con frecuencia y dramatismo que no tienen para vestirse; que tarden horas en estar listas para salir y que puedan ‘malgastar’ una larga jornada sumergidas en diatribas sobre la compra de un vestido. Esa falta de ‘raciocinio’ explica también por qué la moda – ‘frívola’, ‘banal’ y efímera – ocupa un espacio tan grande en sus vidas.

Sucede que la variedad es la base del vestir femenino. Una falda, por ejemplo, es para un hombre un pedazo de textil que cubre partes más interesantes de la anatomía. En la vida de una mujer, una falda puede ser mini, maxi, midi, pitillo, flauta, globo, sirena, A, plisada, tubo o campesina. Cada posibilidad tiene un efecto en el andar físico y en la forma cómo una mujer se experimenta a sí misma. Un traje, por contraste, es la opción que funciona tanto para un contador o para el presidente de un país; se ve al desayuno o en el bar al final del día, es la prenda que se lleva en un funeral o el día que un hombre decide abandonar su preciada soltería. El traje luce casi intacto desde hace casi dos siglos, la vestimenta femenina varía y permite posibilidades infinitas. Así que esa variedad, que no existe en el mundo masculino, bien puede ser un motivo para “competir”. Pero dicha competencia no es ni tan acertada ni tan simple.

La moda es un lenguaje. Una forma de articular la identidad o de develar el alma a través de un mensaje visual e instantáneo. La moda no siempre fue un tema de mujeres y el hecho de que muchos hombres no dominen ese extraño idioma de apariencias tiene una explicación precisa. Nace en Francia, en el siglo dieciocho, cuando emerge el mundo moderno y capitalista. Antes de la Revolución Francesa, hombres y mujeres compartían el ocio como forma de vida. Socialmente, trabajar era mal visto. Si las sedas pasteles, las pelucas blancas y el maquillaje eran norma estética, tanto hombres y mujeres participaban en sus directrices. Pero con la Revolución Francesa –“libertad, igualdad, fraternidad”- se instaló la idea de que los hombres no debían verse desiguales entre sí. Y hasta entonces, la forma más eficaz de decirle al mundo cuánto dinero tenías era la ropa que te ponías y podías comprar. Al final del siglo dieciocho, en el nuevo paisaje industrial, los hombres salieron de la casa para trasladarse a los talleres y las oficinas – una realidad que hoy se nos antoja naturalísima. Se convierten en seres públicos, cuya función es ser útiles. Para poder lidiar con los asuntos importantes de la vida y la política, un caballero no debe llamar demasiada atención a sí mismo. Ese momento fue tildado por un psicólogo, llamado J.C. Flugel, “La Gran Renuncia Masculina” – el instante histórico en que los hombres desisten de ser bellos para convertirse en criaturas activas.

Mientras tanto, las mujeres quedaron atrás, confinadas en los hogares. El sistema capitalista las motivó a consumir. La prensa las exhortaba a adornarse y a ser ellas mismas el ornamento primordial de sus casas. Así brotó la noción de que la moda y la decoración de interiores son pasatiempos femeninos. En dicha comodidad doméstica, las mujeres podían cambiarse varias veces al día, usar vestidos complejos que ni siquiera podían ponerse ellas mismas. Sus vestimentas, además, debían ser el índice de riqueza de sus maridos. La prensa de moda las convenció de que su rol era ser complacientes para la mirada masculina. Así nació una idea que hoy penetra nuestras nociones de lo que es femenino y masculino: que los hombres se definen por lo que hacen y las mujeres se definen por cómo se ven. En esa lógica, los hombres son y las mujeres aparentan.

Si la moda sigue siendo juzgada como un asuntito banal tiene que ver con el hecho de que es un tema de mujeres. Después de todo, la lógica de la moda está basada en el cambio, lo que no es sólido, lo engañoso, lo que varía – características comúnmente asociadas a la enigmática naturaleza femenina. Pero la modernidad en sí se caracteriza por lo mismo. Sin embargo, cuando el filtro masculino no logra aprehender la experiencia femenina, la salida histórica ha sido tildarla de algo desprovisto de lógica o raciocinio. Si la moda es un tema tan incómodo para tantos tiene que ver también con que es un tema que, se nos olvida, está ligado al cuerpo. El conocimiento occidental ha hecho toda una liga para convencernos de que el cuerpo es intrascendente, y que lo que realmente importa es abstracto y racional. La moda está hecha de ropa, la ropa sobre el cuerpo y el cuerpo nos recuerda lo mortales y frágiles que somos finalmente.

En el argot de la moda, la prensa siempre ha puesto a circular sentencias arrolladoras de personajes con convicciones fuertes. Hace unas décadas, Marlene Dietrich explicó su relación con la ropa de la siguiente manera: “Me visto para la imagen. No para mí misma, no para el público, no para los hombres, no para la moda.” Carine Roitfeld, ex directora de la Vogue francesa ha decretado “me visto para las mujeres y me desvisto para los hombres.” Y Karl Lagerfeld, el señor de pelo blanco que interpreta desde los ochenta el mensaje de Coco Chanel ha exclamado que vestirse para otras mujeres es una gran tontería y que una mujer debe vestirse para el hombre de sus afectos.

Si usted le pregunta hoy, al azar, a una mujer desprevenida para quién se viste, hay probabilidades de que le responda que se viste para ella misma. Miente. Lo que sucede es que vestirse, como mujer, es como una sufrir una especie de esquizofrenia visual. La mujer frente al espejo se mira en la superficie del reflejo, y en su mirada se dispara otra mirada potencial: la forma cómo la verá su hombre cuando la mire, el modo cómo aparecerá frente a sus amigas, la imagen que consolidará frente a un jefe, un hombre que quiere seducir, un grupo familiar, la forma cómo desea o necesita verse a sí misma. La imagen del espejo, además, cohabita con las imágenes que vio la semana pasada en una revista, por la mañana en un blog, anoche en la televisión. Entonces la mirada se multiplica. Cada vez que una mujer se viste su ser se divide; mientras se mira se imagina los escenarios posibles donde será vista por otros que puede o no saber quiénes son.

Es improbable que un intelectual asocie a una mujer seleccionando la ropa del día con el pensamiento alemán de Hegel. Pero Hegel habló de un proceso mental llamado “objetificación”, en el que una persona se proyecta en algo externo para reconocerse como individuo. Algo así como mirarse a sí mismo desde afuera para saber que se posee una vida interior. La experiencia de una mujer al vestirse es así. Una dualidad implacable de verse a sí misma, siempre bajo el escrutinio de otras miradas posibles.

Ser mujer y vestirse es llevar a cuestas una tradición que dicta que la apariencia es la fuente del ser femenino. Vestirse es revivir, día tras día, la carga de que una mujer debe, sobre todas las cosas, complacer. También es recordar un gozo: que, a diferencia del vestir masculino, las mujeres pueden escoger, a través de la ropa, roles distintos, siendo siempre una sola mujer. Lo más difícil sigue siendo explicar que ser mujer y vestirse es una especie de laberinto que la lógica masculina poco ha llegado a conocer.

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1 Response
  • Valeria Forero
    January 12, 2016

    Cuando sacas un libro? Me encanta todo lo que escribes.

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