Bailarinas entre el Closet

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Por: Adela Cardona

Como medusas fluorescentes las bailarinas saltan, llenando el espacio con sus ondeantes y translúcidas faldas de muselina. Bailando Serenade de Balanchine, cayendo en un perfecto relevé después de varias piruetas, hay quienes se atreverían a describirlas como etéreas, leves, ligeras y ultra-femeninas. Sin embargo, por entre la tela de sus tutús acampanados se pueden vislumbrar un par de piernas, cuyos vigorosos músculos y canillas son producto de años de trabajo tras bambalinas. Como el pegaso que nace de la sangre de la medusa, el vuelo de las Odettes solo puede salir del esfuerzo de estar hora tras hora haciendo pliés en la barra o practicando arabesques o attitudes.

Mujeres como Isadora Duncan, Marie Sallé o Sisova, por nombrar algunas, fueron símbolos –cada una en su época– de ese canon de belleza sutil y frágil de la mujer que, en algunos casos, se sigue perpetuando. No obstante, como decía Oscar Wilde, “detrás de cada cosa bella siempre hay algo trágico” y yo le agregaría, algo fuerte. Las bailarinas de ballet son la prueba viviente de que la sutileza que se le atribuye al sexo femenino no es excluyente con la fortaleza y el ímpetu, sino más bien complementaria. En los trágicos y potentes roles de Odette o la Sílfide, estas mujeres son el extremo que representa la complejidad de una fémina: un oxímoron entre intrepidez y finura.

En el caso de las bailarinas ese oxímoron se puede ver en sus cuerpos, su ropa y el poder de la mirada. Sus cuerpos, como tantos otros –los de las modelos, por ejemplo– se someten a un estándar. Lo físico de su profesión, sus movimientos (como las vueltas con brazos abiertos), hacen que sean las perfectas víctimas del escrutinio, aún antes de subir al escenario, en los castings. Como escribió el controversial crítico de Ballet, Macaulay[1], este es un “arte apolíneo que requiere de pureza de línea, precisión en la ejecución y harmonía en la apariencia”. Así, se prefiere hoy un cuerpo atlético, alto, con poco busto y poca cola. No obstante, bailarinas con cuerpos alejados del ideal de belleza han logrado los más altos honores: Misty Copeland, negra, curvilínea y de busto prominente es la más reciente maravilla del NYC ballet. Ella, como muchas otras bailarinas, responde a la mirada juzgadora (masculina y femenina) del público usando su cuerpo –su fuerza– para transformarlo en un medio de expresión poética.

En el ballet, el vestuario (forma de extensión íntima de los cuerpos) hace parte también del este campo de batalla de la feminidad. Él se remonta a la corte de Louis XIV, llamado el rey Sol por la vestimenta que usó para bailar ópera. En un principio, el vestuario del ballet no estaba pensando en términos de practicidad sino de magnificencia, en consonancia con la tendencia: elpannier, el corsé y los sombreros llenos de plumas estaban en voga[2]. Estos eran un reflejo de la concepción de la mujer que se tenía en ese tiempo como un objeto vicario, que debía quedarse lo más quieto posible. La pesadez imperaba por encima de esa levedad que hoy consideramos como el epítome de la feminidad.

Por eso, los tutús fueron una revolución en su tiempo. Se volvieron símbolo y metonimia del Ballet –también a través de los cuadros de Degas–, porque le permitieron a las bailarinas moverse con libertad en el espacio. Marié Salle, según Michelle Potter, fue quien primero le subió el ruedo a la falda, para poder mostrar la maestría de sus pies, y quien primero salió al escenario sin panier y sin adornos en la cabeza, solo con una falda que se usaba para entrenar, hecha de capas de muselina (venida de Iraq y de la India). Su presentación fue escandalosa porque la tela se plisaba y pegaba a su cuerpo, al modo de las estatuas de Pompei. No es baladí que Pigmalión se hubiese podido presentar solo en Inglaterra, la nación que se apropió primero de la ideología de la modernidad.

Este atuendo, con su blanco “puro y privilegiado” escondía, sin embargo; un gran peligro, el de quemarse. Las bailarinas debían untar sus faldas de retardante para no prenderse con las luces del escenario. Emma Livry, por ejemplo, prefirió tener un vuelo ligero y glamouroso que protegerse y murió quemada por las llamas del espectáculo y la septicemia de sus llagas.

Con la entrada del siglo XIX, el atuendo de las bailarinas empezó a emular la moda del tiempo, más cómoda, menos aparatosa. Isadora Duncan usó los famosos diseños al bies de Vionnet y Chanel diseñó para el Ballet Ruso de Diaghilev. En los años cincuentas, la estética ballerina renació con el New Look, e iconos como Audrey Hepburn y Fred Astaire así como bailarinas como Peggy Sager.

Hoy, la relación entre moda y Ballet sigue vigente. Desde la típica estética del Ballet Blanche hasta los diseños vanguardistas de Rei Kawakubo; sus creaciones para Scenario pusieron de manifiesto la estrecha relación de la ropa con el cuerpo, cómo esta le da o le quita movilidad, lo hace pararse de otra forma y hace que el sujeto que la lleva deviena otro, por bultos que le pone y los cortes inusuales que hace.

[1] http://www.nytimes.com/2010/12/04/arts/dance/04ballet.html

[2] En Seeing through clothes por Anne Hollander.

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