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Este lugar, en Cartagena, guarda para mi la cualidad de lo Caribe que más estimula mis afectos: una cierta elegancia antigua, salida del tiempo, republicana y romántica, habanera (antes de las barbaries que la socavaron), de cuando La Habana era melodía y gracia, baile de salón y big band. Es hermano de otro punto de mis afectos: el Hotel del Prado de Barranquilla, donde priman los pisos de ajedrez y las columnas color vainilla. Aquí y allá, llegó mi abuelo argentino, a enamorarse de una señorita de ascendencia libanesa. 
Está por fuera del circuito habitual, del nuevo lustro de glamour que ha adquirido Cartagena. Está en la boca que conduce a El Laguito, y está allí, desde los 40, con su espesor verde, sus jardines amplios, sus venados huidizos y para mi, con ese halo que tienen los lugares que son anclas de memoria y nuestra identidad en el tiempo.

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