Top de Momentos 2015: Conferencia en FIT

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Un gran instante en mi trabajo y trayectoria: ser invitada por la doctora Valerie Steele a exponer, en el Fashion Institute of Technology de Nueva York, las ideas sobre un tema que refleja esa parte de mi trabajo que crea conexiones entre la teoría y el presente de la moda que nos rodea.

 

Vanessa Rosales

 

Para muchos, la moda no es ni será nunca un tema de importancia. Cuando la misma Valerie Steele, – doctora en historia con más de una docena de libros y quien capitanea el museo de moda del Fashion Institute of Technology – se encontraba realizando su doctorado en Historia, en Yale, una noche, en un cóctel, uno de los más reputados pensadores en política internacional le inquirió sobre el tema de su disertación doctoral. Ante la respuesta “fashion”, el ilustre intelectual replicó con una pregunta revestida de interés: “ah, ¿qué corriente?”, expresó interesado, “¿alemán? ¿italiano?”. Confundida, Steele comprendió que su interlocutor había captado la palabra fascism y al esclarecer que el tema de su investigación era la moda, (fashion), el reputado intelectual se retiró con silencioso desdén, sin musitar palabra.

La batalla para que la moda sea tomada en serio como asunto intelectual o de pensamiento es todo menos nueva, y está cargada de contradicciones y ambivalencias muy típicas de la moda en sí. Pese a las señales nítidas de los cambios que esta aversión ha dado en los últimos tiempos, aún flota en la atmósfera general – al menos dentro de ciertos gremios – cierta renuencia a ofrendarle a la moda el crédito de ser un tema serio.

¿No es irónico, por ejemplo, que William Shawn, la mente maestra de The New Yorker haya alentado a una de sus escritoras, Kennedy Fraser, a escribir sobre moda en la revista usando las fórmulas narrativas que se le ocurrieran? En los textos de Fraser la moda aparece, por supuesto, es la musa de la reflexión, pero su manera de retratarla es abstracta y muchas veces filosófica. ¿En qué sentido? De una silueta o una moda peculiar brotan las más inesperadas reflexiones sobre ciertas acciones femeninas o sobre la existencia humana en la urbanidad. Fraser, además, estaba escribiendo en la icónica e intelectual publicación en los años setenta, es decir, hace un tiempo considerable. En su posición de capitán de textos, Shawn comprendía que el tema, si era tratado desde la inteligencia, podía fructificar textos prolíficos.

Curiosamente también, Robin Ghivan, la reportera del Washington Post, fue concedida un Pulitzer por sus prolijos empalmes entre política y vestir. Y su propia perspectiva, materializada siempre en una prosa nítida, elegante y perspicaz, es un interesante espejo de cómo la ropa y la apariencia se cuelan en los temas que, a primera vista, parecen desconectados de ellas.

Pero es precisamente el hecho de que sea un asunto que concierne formas, ropas y apariencias, lo que ha hecho que la renuencia a darlo por un tema serio sea un asunto tan común. Porque las apariencias, además, están ligadas a dos temas incómodos para todo modo de pensamiento que, desde la religiosidad cree en la modestia y que desde la masculinidad ve en la razón instrumental la única vía para entender el mundo: cuerpo y mortalidad.

Si vamos un poco más allá, el tema del cuerpo, como emblema de que somos mortales, como peligro de la intrascendencia y como provocación hacia lo prohibido y pecaminoso es, casi siempre, un tema que también se asocia con alta frecuencia a las mujeres. Y es justo esa otra asociación casi instantánea -entre moda y mujer -, lo que ha hecho también la moda sea percibida como temita sensiblero, segundón, indigno, banal y pasajero. Desde la racionalidad de los patriarcas, todo tema femenino es secundario e intrascendente.

Cuando Holly Brubach, otra gran pluma de la moda, advirtió que su deseo era escribir sobre el tema, estaba motivada por la convicción de persuadir al mundo – y a los hombres – de que el tema era una forma de navegar la condición humana a través del prisma de las apariencias. Y observó, con gran lucidez, de que hay siempre dos grandes elementos a la vista en la experiencia urbana: ropas y edificios. Las primeras, sin embargo, consideradas efímeras y de mujeres, han sido vistas con desdén; los segundos, percibidos en cambio como masculinos y duraderos han gozado mucho más del privilegio de la seriedad académica.

Pese a todo ello, las renuencias persisten, pero los cambios también se ven.

Una de las mujeres que ha liberado esa batalla, de otorgarle a la moda la condición de tema de pensamiento, ha sido precisamente la doctora Steele. Y es también el Fashion Institute of Technology en Nueva York una de las instituciones académicas que, como Parsons The New School for Design, dan prueba de que la moda puede estudiarse no sólo desde el diseño. La doctora Steele ha curado más de 20 exhibiciones para el museo dedicadas al tema y ambas escuelas ofrecen programas donde la moda se estudia, fervorosamente, desde las más distintas corrientes de las ciencias sociales, a través de los lentes de la historia y la teoría, y con la ayuda de los pensadores que, a primera vista, parecerían estar disociados del tema. En otras partes del mundo, hay doctorados en Estudios de Moda, un campo académico que combina las más diversas corrientes de estudios culturales para ahondar en el tema.

Hace poco, por ejemplo, el sello español Anagrama, con un cohorte de jurados más bien conservador, otorgó a Patricia Soley el Premio Anagrama de Ensayo, con Divinas: Modelos, Mentiras y Poder. Una semilla para la literatura hispana sobre el tema, donde existe un significativo vacío de posibilidades y de textos.

Una tarde neoyorquina, con el aire cargándose al fin de primavera, la doctora Steele me recibió entre sus libros, vestida como es habitual de negro, y echó un vistazo a lo que era ya el fruto final de mi tesis. El tema era ambivalente y esquivo pero estimulante también: las tecnologías digitales del presente y las formas cómo estás han esculpido nuevas experiencias y nuevas formas de relacionarnos visualmente con la moda. El tercer capítulo había sido el más retador del proceso, teniendo como corazón a nada menos que Instagram, la plataforma digital que con media década de existencia ha acaparado a un porcentaje deslumbrante de la industria de la moda del presente.

El fruto de aquella tarde fue una honradora invitación: que expusiera esas ideas en el calendario de conferencias y charlas que ofrece FIT todas las temporadas. Así, una tarde de octubre, con un otoño neoyorquino enmascarado bajo el encanto primaveral, conversé con Ariele Elia, una de las curadoras del museo sobre los distintos efectos y los hilos fascinantes que se han tejido entre el cuadradito digital de Instagram y la moda actual.

Una oleada de preguntas al final y el caluroso acercamiento de un número significativo de los acudientes reveló, además, que muchos no sabían exactamente a qué atenerse ante el tema. Instagram es un tema habitual en la cotidianidad del presente, usado por muchos pero intelectualizado por pocos. Como la mayoría de los temas del presente, y como un tema que plantea adentrarse en una estética y una temporalidad poderosamente efímera, Instagram representa todo un reto a la hora de tomar la distancia que precisa una reflexión que exige la pausa del pensamiento.

Es precisamente esa mezcla, – la de imprimir un ánimo reflexivo, un prisma pensativo y una mirada teórica pero accesible a los temas de envuelven la moda que nos rodea – una de las grandes motivaciones en la batalla en que ha librado también quien esto escribe.

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