Top de Momentos 2015: CARTAGENA

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Vanessa Rosales

Existe una pieza escrita de Héctor Rojas Herazo, llamada lúcidamente Esquema sentimental de Cartagena de Indias, que resume, con la precisión de la poesía y el hechizo de la prosa concisa, grandes lemas que atraviesan a la ciudad del Caribe donde nací, me crié y en la que hace poco, durante un tiempo, volví a vivir.

En ella, Rojas Herazo recuerda, a quienes han habitado Cartagena con el peculiar prisma que lee en sus horas vaporosas y sus efectos de luz una lacerante quietud, que ella es, ciertamente, “un fenómeno de meditación”.

Cartagena se medita, se asimila como una adormiladora sustancia que envuelve con fiebre marchita o dulcificada sensación. Severa, azul, tostada, seca, precisa, irreal, recóndita – son todas palabras que brotan en la pieza para describir con implacable exactitud a esta “señora” quieta, en pausa, que hace que el corazón se intensifique en sus atenciones precisamente por ser un lugar donde, como dice Rojas Herazo, no sucede nada.

Sucede sí que las instantáneas sociales de revistas encumbradas, que las élites y las camadas de beautiful people, que orbitan siempre hacia nuevos escenarios, la saturen, desde hace un tiempo, cuando inician los nuevos años. Sucede sí que incontables parejas asistan a su humedad de abanico de mano para sellar sus amores en iglesias que fueron intercedidas por persecuciones inquisitoriales y una esclavización sanguinaria. Sucede que detrás de sus fortines, en medio de la luz almíbar que la baña, proliferen casas dignas de las páginas lustrosas de las que se alimentan precisamente los encumbrados.

Y sin embargo, por Cartagena, cuya belleza se intensifica a través de las formas que cultivan en ella extranjeros e individuos enamorados de su gracia, sisea una corriente demoledora que tanta belleza de superficie no ha podido maquillar: la miseria contrastante, la quietud que no es sólo un efecto temporal o de sol tostado, sino que es también, de manera alarmante, la estancada cualidad de un lugar donde aspirar a desarrollos libres, por méritos y acciones, es una posibilidad escasa.

Cartagena siempre fue para mí un sopor que durante mucho poco supe discernir, mecida, como largamente estuve, entre la contrariedad de su belleza embrujadora y su muchas veces insoportable estado de pausa. Su estampa Caribe, no obstante, esculpió mi alma.

Cartagena con sus ocasos en mis instantes colegiales, pintoreteados de violetas y grises, animados por corales y cobrizos que descienden con la tarde; con su dulzor sonoro, animado por el ruido de la maría mulata y por el repentino alce de voz de una mujer negra que vende, de manera figurativa, alegría; o del hombre tostado por el sol que en su carreta ofrenda los mangos y aguacates más espléndidos del globo terráqueo y cuya jugosidad se accede, al detenerlo con un grito, entregándole unas cuantas monedas.

Cartagena con sus actitudes tribales, y sus mujeres que a temprana edad permiten descender en sus aspectos y estados vitales una cualidad señorial; Cartagena y sus estelas coloniales, donde la jerarquía se marca aún bajo asunto racial, donde el vestir, la mentalidad, las prácticas, las convicciones, las rutas de vida parecen una masa uniforme, aplastada bajo el sol de la media tarde, sofocada mientras el sol genera en la bahía un milagro de espejos atravesado por alcatraces.

Ningún lugar existe sin sus particulares ambigüedades. Todo lugar es prueba de que no existe redondez en la realidad, o circunstancias lisas – todo lugar es prueba de que las bellezas y las flaquezas se entrecruzan con sus matices.

De allí que el lugar donde ansié refugiarme luego de una temporada de dos años en Nueva York fuera precisamente ese punto del Caribe, del que tantas veces preferí huir, amarillo y mecido por el salitre, donde las veraniegas vibran en su vivacidad magenta a lo largo del año sin inviernos que hagan de ellas rastros invisibles donde prima el gris; donde la palma sisea por la tarde como el bolero de una Habana pre-revolucionaria y donde existe algo que en mi prisma personal siempre resuena como un hecho deslumbrante: que se trata de un lugar donde la carencia material viene muchas veces acompañada de cantidades de alegría que parece así suplir ciertos vacíos.

Cartagena fue el paisaje de mi creación de estilo por un año. Entonces venía de sentirme anulada por la grandeza de esa dama feroz que es Nueva York donde, al contrario, todo sucede en puntos simultáneos de tiempo sin descanso; donde la experiencia moderna impulsa al habitante común a sentirse a veces extraviado entre el anonimato y a preguntarse, si acaso un día, quién es, en qué consiste su hipotética unicidad, en medio de tantas criaturas que añoran posibilidad de consumo, estética y éxito, entendiéndolos todos desde el prisma norteamericano y desde una perspectiva que ha hecho de la estética una exclusiva fuente de identidad.

Pese a todas sus bellezas en apariencia, Cartagena no es ni debe ser un lugar de moda o estilo. (Entendiendo ambos como conceptos que destilan de tradiciones particulares, como la europea y desde la modernidad cosmopolita). Su propia moda o su propio estilo son frutos de un contexto donde prima la pobreza material y donde aquellos que sí disponen del poder adquisitivo para exponerse a las ocurrencias de la moda escogen, la mayoría de las veces, proyectar en sus hábitos sartoriales los hábitos sociales que los caracterizan.

Es decir, homogeneidad, estilismos hechos también para simplemente y llanamente sortear la despiadada humedad, y para camuflarse bien dentro de la masa social que celebra la repetición de comportamientos compartidos.

Entonces, para reconocerme a mí misma en medio de aquella humedad, para expresar la individualidad que sembró en mi la experiencia antes porteña y luego neoyorquina; y para ser dueña de un vestir que estuviese mejor moldeado según mi momento femenino y vital, el recurso fue una alquimia.

Usar el clima para arrimarse a lo más exquisito del Caribe (pensando en potenciales iconos femeninos de la región, extrayendo componentes aislados de aquí y allá de otros iconos – la salsa, el bolero, La Fania). Hacer de sus casas, – cuyas apariciones cromáticas recuerdan a los ocasos, con sus lilas y corales, sus amarillos canario y sus azules cobaltos, con sus portones sevillanos y mozárabes – fondos, los escenarios para exhibir un vestuario que lograra el híbrido de una mujer que es hija de la hipermodernidad.

Simbolizar, a través de un objeto de estilo, – el abanico de mano – el híbrido mismo que es el Caribe, cruce de negritud y catolicismo forzado, encuentro entre flamenco andaluz y tambora de furor africano, nido de nuevos coloridos y combinaciones de odios y amores, de encuentros también forzados entre deidades y condiciones de vida.

Y, finalmente, comprender, con claridad, que el vestir en cada lugar es justo eso: una amalgama de circunstancias, mecidas por el clima y sus coloridos, los ideales celebrados, la disponibilidad que genera la cultura material, las tradiciones y los nuevos ánimos. Fruto de un contexto salpicado por bellezas e imperfecciones, imperfecto, como todo lugar donde zumba la vida.

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