Resignificando a Tiffany’s: Historia Digital de Estilo

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Hace mucho que Tiffany´s, la casa exquisita de joyería que existe desde 1837, abandonó el rótulo que envuelve un film con Audrey Hepburn como protagonista. En sus distintas conexiones con el estilo hipermoderno, Tiffany´s incluye el poder de usar bellezas cargadas de simbolismo; la posibilidad de encontrar un objeto exquisito en precios y rangos distintos; y una extraordinaria capacidad para rehacer las fibras de su espíritu a través de creaciones urbanas, a veces edgy y con piezas que pueden reflejar los distintos momentos de una mujer en su biografía.

 

Vanessa Rosales

 

Evocar el nombre Tiffany´s remite casi de manera instantánea a una escena fílmica que se repite con frecuencia en las imaginaciones populares: una mujer delgada y misteriosa, vestida de negro, con guantes, enjoyada, y que con gafas de sol desciende de un taxi en el amanecer de Manhattan a mordisquear un croissant frente a una vitrina de joyas sublimes. Tiffany´s se asocia casi por impulso a la mujer que protagonizó la icónica película, una versión hollywoodense y ornamentada de un libro, escrito por Truman Capote y cuyas entrelíneas estaban atravesadas por una cierta cualidad trágica de este personaje femenino, glamorosa y suculentamente vestida.

Los mitos siempre son mitad ficción y mitad realismo, y si bien Tiffany’s sí ocupa una porción importante en las fantasías de fabulosidad que permite el cine, lo cierto es que el sello trasciende significativamente la idea de una mujer glamorosa y hechizada por la energía neoyorquina.

Tiffany´s es una larga historia creativa que con más de un siglo de existencia, sabe perpetuar las fibras de su esencia al tiempo que sabe conectarse con la época en que se reinventa y revive.

La imagen de una exquisitez inaccesible, la estela de un fulgor imposible, la noción de que es este un lugar reservado sólo para los diamantes o la finura de la joya costosa y apetecible es, como la sombra de Hepburn, también un mito.

No porque no se encuentren aquí las más elevadas demostraciones de joyería, ensoñaciones como las que han enaltecido otras figuras adoradoras de las joyas como objetos de riqueza y elegancia femenina, sino porque en el Tiffany´s actual coexiste la tradición de las piezas hechas para mujeres ya avanzadas en su biografía – y por ende también en su poder adquisitivo – así como para aquellas que están conectadas, material y estéticamente, con esos momentos de adultez que al reconocerse va cultivando su identidad, su sentido de estilo y su capacidad material.

Y esto es palpable en el hecho de que existan piezas exquisitas cuya forma y materia prima incentiven estéticas más limpias, precios inteligentes y variedad al instante de elegir. Pero además se comprueba en la estética insospechada de algunas de las colecciones que se exhiben. La colección Tiffany T refleja con precisión la manera como la tradición, el clasicismo y los signos típicos de la casa encuentran nuevos métodos de expresión. La T, icono de la casa, letra insigne, representación además de la gran tienda que inmortalizó Hepburn, sobre la Quinta Avenida, no tiene aquí formas de ornamentación clásica, sino más bien un modernismo que va en aguda sintonía con, por ejemplo, la downtown girl neoyorquina.

Para quienes no estén familiarizados con la cartografía de Manhattan, downtown es la parte de la isla que comprende las esferas usualmente asociadas a lo cool y a lo hyp. Las callejuelas de SoHo y su vibrante escena de estilo depurado, con presencias que recuerdan que el uniforme en Nueva York casi siempre apunta al negro y al cuero, al estilismo empoderado y urbanita; o las bellas fachadas del West Village, con su burbujeante escena de tribus bien vestidas y su estética románticamente industrial. Uptown, por contraste, es el circuito de neoyorquinos más realistas – a la manera de Seinfeld y Mad About You – o, bajo los efectos del Upper East Side, con sus damas de Park Avenue y vestir fino, sus adinerados habitantes desplazándose en su lujo aparente por Madison Avenue.

La Tiffany T tiene una estética inesperada para las asociaciones que comúnmente se tienen con Tiffany´s. Líneas modernistas, claridad estética, ese sentir edgy que caracteriza precisamente a quienes, en Nueva York, tienen vidas movidas, donde se requiere hacer una armadura del vestir – combinando gracia con dureza, y la atemporalidad del minimalismo con la belleza de una artesanía sutil.

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Una joya es un objeto que se conserva por su valor y los posibles matices de su materia prima, pero sucede también con frecuencia que en la experiencia femenina muchas mujeres guarden una relación más honda con las joyas que usan y conservan en su vestir. ¿Cuántas veces no sucede que una joya reluce no solo por su mero fulgor físico sino porque conecta a la mujer que la lleva con alguien de su vida, con un momento, y en últimas, con un sentido que la joya simboliza?

Y es precisamente eso, los símbolos, otra de las grandes ideas que albergan algunas de las piezas de Tiffany’s. Las llaves son, por ejemplo, un bello y rotundo símbolo. Un signo además cargado de significados posibles: una metáfora de otro objeto ultra-femenino, el joyero, son emblemas de lo íntimo, del sentido de posibilidad ante la vida, del gozo de ciertos capítulos, de las promesas y realizaciones. Una llave puede ser el símbolo que accede al corazón femenino; la señal de un comienzo o de un momento que termina; la entrada a alguna etapa significativa; es un símbolo de lo literal y de lo figurativo.

Y es, sobre todo, una metáfora misma de ese espíritu simbolista que caracteriza a Tiffany’s. El recuerdo de que una joya, muchas veces, es más que un objeto cuya belleza resiste al tiempo y que es, la materialización a pequeña escala de un significado y de un acto de embellecimiento estético que posee contenido.

¿No es difícil hoy, en un mundo saturado por imágenes digitales, donde la moda es una palabra que tiñe los más distintos circuitos, encontrar precisamente un estilo que posea contenido detrás de sus símbolos?

Las parisinas, por ejemplo, o al menos las de el libro reciente que está circulando entre los círculos de seguidoras de moda How To Be Parisian, hablan en sus páginas sobre cómo una mujer puede encontrar una gran prenda que la marque, la refleje y la caracteriza. Según esta visión, esta prenda es una especie de talismán, un amuleto representativo y protector y un objeto que, además, puede ser el regalo en el que una mujer invierte cierta suma de dinero para dárselo, en un gesto de auto-amor, a sí misma.

Las perlas, por ejemplo, son amuleto del vestir atemporal, pieza que apela a las más distintas categorías femeninas, que se reinventa además en formatos que pueden demostrar la distinción de una mujer anclada en su madurez o que puede la identidad de una mujer en formación. Si la versión es, además, una creación inspirada en los aires modernistas de la década del 20, puede haber en la pieza un simbolismo más estimulante aún.

Si lo pensamos, los veinte, la era Gatsby, es también la era de la flapper, esa figura que recogía los frutos de la Nueva Mujer y que materializó las nuevas modernidades femeninas: movimiento libre, experiencia urbana, posibilidad de trabajar y vivir sola, moverse a través de un vestir más descomplicado y fluido, acciones que habían sido vedadas y que eran hasta entonces inéditas en la experiencia femenina.

Si las perlas son modernistas, y largas y fluidas, si son además símbolo de ese primer capítulo de modernismo femenino, el símbolo tiene entonces mayor hechizo. Pero no es el hechizo del mito y de la ilusión, sino de esa bella capacidad de embellecer el vestir, los detalles distintivos del estilo, con piezas empapadas de significado. Una bella manera de afirmarse en un mundo de símbolos vacíos, una manera de dotar las elecciones materiales y de estilismo con la gracia que tiene experimentar la belleza cuando tiene contenido.

Fotos: Angélica Moreno

Coordinación Editorial: Alejandra Díaz Vélez

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