Top de Momentos 2015: Performance Novia

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Una llamada telefónica de la mente audaz e imaginativa de Ana María Londoño, Editora de Moda de la revista Fucsia, y su secuaz, la sensiblemente inteligente Angélica Gallón, sembró el inicio de un inesperado performance, que incluyó, además, posar ante el lente del talentoso Camo, objeto de mis afectos rotundos y quien, como yo, comparte una cierta cualidad de espíritu y origen Caribe, concedida por ser cartageneros distintivos los dos. Las imágenes fueron hechas al ritmo de Tame Impala, bajo una inmediata relajación, con mi tono favorito de fondo y en la atmósfera cómplice de amistad creativa. La moda siempre es performance, pero este fue una escenificación personalizada de diversión, identidad e imaginación.

Una novia de rebelde picardía

Vanessa Rosales

Si a través de la moda en general una mujer puede oscilar entre la rebeldía y la convención, el performance de novia suele entenderse mucho más dentro de las características de la segunda opción. Las mujeres se casan de blanco. Caminan por un altar con un padre que las entrega. Colman un salón de flores donde habrá danza y licor. Usan algo azul, algo prestado, una liga, algo viejo. Ese día, son actrices en una fantasía que muchas cultivan desde niñas o adolescentes. Se saben como nunca el centro de las miradas que han convocado para el evento. Son performers – o actrices – en el festín que celebra su propia versión del amor que busca ser eterno.

Pero hay lemas en el vestir acostumbrado para ese día que me despiertan una rebelde picardía. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si pensáramos en un vestido que podríamos utilizar otras veces en nuestras vidas? ¿No es una imposición tremendamente limitante que debamos invertir sumas significativas de dinero en un vestido con el que gozaremos sólo una vez en la vida? Sin duda, algunas dirán que en esto reside precisamente lo extraordinario y maravilloso de este vestido. En parte, sí. Pero, cuando imagino mi propia elección, brota en mi memoria la tradición que existía en la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX. Un año después de su noche de bodas, una mujer realizaba todo un rito al repetir, en público, el precioso vestido con el que había accedido a una apuesta de eternidad junto al hombre de su vida.

Imagino que para traducir esto al momento actual, el vestido podría ser, digamos, de aire vintage, y no necesariamente blanco sino, por ejemplo, un plata exquisito, un rosa blush, una aparición de bordados de dorado leve. Podría tener aires de flapper, (esas mujeres hechizantes de los años veinte que bailaban jazz, usaban cigarreras como accesorio chic y tomaban champaña), o con un look que recuerde a la luminosidad de la moda del cine de los años treinta. Con detalles de perla. Con cola de sirena. Con formas más simple y ceñidas al cuerpo. Con más enfoque en los detalles que en una falda inmensa, de princesa flotante. Abogaría por una silueta más sexy, una novia más moderna, que más que novia de alguien más, es una mujer que imprime en su elección trazos de lo que la hacen única, un individuo.

Si la moda en general es juego, mascarada, fantasía, ¿no sería más lógico que el día en que una mujer se vuelve protagonista de una posible ensoñación, el vestir tenga más elementos de diversión y de osadía? Casarse debería ser una invitación de vestir para ser, ese día, todo lo que algún día habríamos querido incluir en nuestra apariencia. Tal vez algunas fantasean con la estética de Bianca Jagger, o se identifican con Grace Kelly, o se les antoja estilizarse como una mujer de otra década, una estrella, una actriz. En ese sentido, abogo también por una novia más sexy, que afirme más su sensualidad femenina, su potencia de mujer, su terrenalidad. ¿Qué tal un escote de encaje en V, profundo y sublime? ¿O una espalda al aire? ¿O la boca roja en vez de rosa sutil?

Como tantas otras cosas de la moda y el vestir, el blanco no siempre fue el tono único para ingresar al terreno del amor. Así como el amor no siempre fue el principal motivo por el cual un hombre y una mujer se unían matrimonialmente. El blanco se volvió el color de bodas por excelencia luego de la que la Reina Victoria lo usara, ostentosamente, en 1840. Se cree que blanco es sinónimo silencioso de virginidad y pureza. Pero lo cierto es su uso, en la historia de los vestidos de novia, tiene mucho más que ver con el poder adquisitivo que otra cosa. Blanco, el color más difícil de dejar en perfecto estado de limpieza, era un lujo para las mujeres en las esferas más altas del privilegio económico y social.

¿Cómo se casaría una mujer de moda como yo? ¿Una mujer del Caribe que ha llevado una vida poco caracterizada por la convención, que se auto denomina ecléctica e hipermoderna, tan salsera como rocanrolera, tan adoradora de la champeta cartagenera como del legado de Chanel? Cuando me llamaron osada e imaginativamente a que orquestara mi propio performance como novia, recordé las sensaciones que suelo tener en las bodas a las que he asistido como comensal o dama de honor. Reviví los comentarios que he hecho a puertas cerradas, a mi madre, por ejemplo, a quien he dicho que me casaría en el Hotel del Prado, de Barranquilla, persiguiendo una fantasía estética y musical que ve en lo antiguo una potente fuente de belleza.

Como un gesto de rebeldía con sentido, tan propia de mi temperamento, no escogería blanco como color. Probablemente me ornamentaría con un bordado de brillos suculentos, impregnados por el tono que más adoro y aprecio: el lavanda. Una destilación ultra-femenino del violeta. Querría, muy seguramente, cruzar en mi performance destellos de Rita Hayworth y María Félix. Llevaría la boca de rojo como estampa usual y para afirmarme menos como novia y más como mujer. Buscaría siluetas que abrasen correctamente mi cuerpo, cazando ser una figura deseable y sexy para el hombre al que estaría jurando amor eterno. Evitaría a toda costa un vestido strapless, con falda de merengue. Porque esa noche seguro querré ser sensual y no inocente. Escogería, por eso, una exquisita muestra con aire hollywoodense para la ceremonia. Largo, brillante, con encajes, perlas, brillos, al cuerpo. Y para la fiesta, donde tendría que haber pisos de ajedrez, canciones de Héctor Lavoe y Maelo Rivera, boleros de Daniel Santos y la Sonora Matancera, y una tanda de champeta criolla de los noventa, probablemente escogería un ensamble chic y caribeño, con aires de mambo, matices de tropicalismo elegante de salón. El ramo que lanzaría a las mujeres de mi vida sería en tonos profundos de violeta, mi otro color; porque lanzaría hacia ellas un símbolo de mi estética y orquídeas, una flor característica del bello país de donde soy. El mío sería un performance de mujer esteta, de apasionada caribeña, de mujer de moda, de escritora consciente, de seductriz lustrosa, de mujer lavanda; una fantasía de una mujer a quien desde niña le gusta hacer las cosas diferente, a su manera.

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