París: Anotaciones de Estilo y Feminidad

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Vanessa Rosales.

Las mujeres terminan pareciéndose a lo que miran durante mucho tiempo. Esto ha sucedido en todas las épocas. Y le sucede, sobre todo, a la mujer urbana. A la que se enfrenta, día a día, a un mar de anónimos en las aceras, en el transporte público, en las tiendas; la mujer que en la ciudad mira a otras mujeres y que tiene – como escribió Iris Marion Young – muchas oportunidades de verse a sí misma: en el reflejo de una vitrina, en los espejos de un zaguán y hoy, en el reflejo de su pantalla móvil.

La estética o la manera de vestir de una época, de un lugar, se da, en parte, gracias a un efecto tipo espejo. Las mujeres ven el estilo, los gestos y las maneras de vestir de otras mujeres a su alrededor, a lo largo de los años, y aprenden, secreta e inconscientemente, ciertas pautas que se reflejan en su propia apariencia.

A veces también la estética de una mujer es un acto consciente de imitación – la emulación de la imagen de otra mujer que vio, en una página o en una acera. Así que el estilo de una ciudad va cuajando también gracias a la fuerza que tiene el acto de mirar – tanto en el vestir como en el ser mujer. Las mujeres de un paisaje urbano se miran, directa o indirectamente, y en sus decisiones de auto-adorno van apareciendo patrones y similitudes que van sumando códigos de estilo.

Estos códigos dependen también de otros influyentes ineludibles: el clima, los colores de la atmósfera, los tipos de vidas femeninas, el material que está disponible para que las mujeres se vistan, los tipos de cuerpo que poseen, los ideales femeninos que se celebran en la cultura donde existen.

El paisaje globalizado, el acceso a múltiples imágenes de moda a través de un clic, la existencia de la moda rápida – como Zara – y el simple hecho de que millares de mujeres alrededor del globo se estén dejando influenciar, virtualmente, por las mismas imágenes y los mismos referentes de vestir, significa también que en los lugares más distintos, las mujeres de hoy están uniformadas. Pero esto no es un axioma absoluto. En medio de tantos looks uniformes, asoman los matices particulares de las ciudades.

El look de las mujeres en París, que es tan difícil de atrapar con la palabra y sobre lo cual mucho se ha escrito, materializa todos los detalles de sus mitos. Las mujeres parisinas se reflejan las unas a las otras, dentro de ese efecto tipo espejo que supone el estilo, sí, pero ese estilo está sujeto también a los cuerpos que tienen. Cuerpos que tal vez no poseen de forma tan regular, digamos, las latinas.

Como una adolescente en 16 Arrondissement, con unos escasos quince años, los jeans desteñidos y a la cintura, la figura larga y el pelo rubio; un saco abierto y tejido por donde asoma el ombligo. El confort en el vestir, el movimiento de desparpajo, es un rasgo inevitable del cuerpo de la mujer-niña. O como una mujer en el metro, entrada en su cuarta década, con un vestido tipo wrap, encima de la rodilla, las piernas blancas y firmes, la cintura estrecha, el look complementado por unos tacones de longitud media. O la veinteañera cruzando la calle con pantalones pitillo de cuero, una chaqueta de paño a lo Chanel y bailarinas – su figura espigada, el pelo desprolijo. O la mujer de cincuenta, con jeans negros, rocanroleros, un saco preppy y sandalias planas, caderas estrechas, cuerpo delgado. O el grupo de Dior, en Le Fumoir, vestidos de negro, las mujeres con gafas y sin maquillaje, el humo del cigarrillo, la ausencia de esfuerzo, los blazers pulidos colgando sobre el marco del cuerpo por su delgadez.

Si las parisinas poseen esa cualidad intangible que se ha llamado siempre chic es también porque al verse las unas a las otras, a lo largo de los años, han creado formas de vestir las bellezas que su raza les ha concedido. Y han aprendido también esos códigos porque la vida en París, el material que tienen disponible, va sumando una estética que se imita, se aprende, se hereda, se repite.

En París, además, el estilo no discrimina edad. Las parisinas llevan los años con la dignidad que les concede una cultura que aprecia el añejamiento como un ciclo natural de las cosas, de la vida. Una mujer que puede ser bisabuela, de pelo blanco, se sienta en un café en la tarde con una amiga; lleva gafas de sol con marco de carey, lleva el icónico trenchcoat de las parisinas, una pañoleta de colores a lo Hermés, una cartera antigua, unos tacones negros. Y toma el café con las canas descubiertas, con los años expuestos, con un vestir que refleja, sin embargo, que con los años una mujer aprende lo suficiente de sí misma para hacer de su vestir el lenguaje de su espíritu.

La parisina es hija de un lugar donde se ha creído siempre que el vestir tiene la altura que tienen las artes más celebradas, como la literatura o el cine. Es fruto de una cultura donde se cree que estilo es todo aquello que rodea al individuo y donde la belleza no puede actuar como un artificio superfluo, sino como el refuerzo de algo más, como la marca de lo funcional. A eso se le puede llamar estilo con espíritu.

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