Grandes Triunfos Femeninos con Triumph y Tania

by

Tania

 Vanessa Rosales

 

Muchas mujeres saben, de manera muchas veces inexplicable, que la idea del triunfo es una que envuelve las distintas atmósferas en las que son activas. El triunfo es un concepto presente en la vida de la mujer contemporánea, casi como un requisito implícito, una especie de susurro o rumor que tiñe el radar de la feminidad actual.

Una mujer se siente usualmente jalonada a ser triunfante en la fabricación de su biografía.

Y esta noción es, en parte, el fruto maravilloso del bendecido feminismo, una categoría muchas veces mal comprendida que hace unas décadas sembró y materializó la noción – hoy lógica y natural – de que una mujer podía perseguir cualquier camino, consolidarse en cualquier acción, y ser más allá de los roles asignados por una tradición de identidad restringida. Y en ese sentido, el ideal de triunfar es espejo de la ampliación de posibilidades que han tenido las mujeres en el último medio siglo. Pero en parte también, este sentimiento de obligación de tener que ser una mujer triunfante también es síntoma de un perfeccionismo no siempre acertado en su intensidad como requisito.

Porque, al final de cuentas, ¿qué es el triunfo exactamente? ¿Quién lo determina? ¿Y para qué sirve? ¿Para rellenar unas expectativas delineadas por una perspectiva ajena? ¿O para procurar un sentido de algo que sentimos adentro muy vivo?

Tratándose de un tema acerca de la vida femenina, es inevitable replicar que el triunfo es, sobre todo, una noción subjetiva. Y en eso es bastante similar a la belleza, al vestir o al estilo. Existe según y para quien lo mire; existe desde ángulos y en versiones muy distintas.

Esos debates sobre el triunfo, de si implica retomar ciertos estándares de identidad de otros momentos – orientados más hacia el hogar y la familia – o si consiste en la autonomía, la conquista financiera y profesional, o si debe ser, la combinación de todas en una sola figura femenina, se sienten a estas alturas un tanto desgastados. Las presiones no se han movido, siguen jalonando también a un tipo de perfeccionismo que recuerda a la lúcida idea de Deborah Sparr, directora de la universidad Barnard – una academia toda femenina – cuando sembró, con su libro sobre la feminidad contemporánea, la idea de que, el feminismo, al permitirnos hacer todo, generó en algún momento la distorsionada y confundida idea u obligación de que las debemos hacerlo todo bien.

En esa carrera por alcanzar un triunfo determinado también por la cultura popular de la moda o las películas, muchas mujeres han caído en una carrera contra sí mismas.

Triunfar, como tantas cosas de lo femenino, implica escoger. No todo es prioridad para determinada mujer. No todas se sienten satisfechas o alentadas por lo mismo. Se escoge lo que corresponde con nuestras pasiones, nuestros ritmos, y nuestra particular versión de crearnos a través de nuestras biografías.

Sucede también, como con tantas otras cosas de lo femenino, que un concepto tan amplio y grande como el triunfo, puede tener expresiones en gestos, escenas, momentos, ritos e instantes sencillos. No porque sean pequeños y sin peso o valor, sino porque en su pequeña escala son como metáforas de la sensación que puede tener una mujer cuando se siente triunfante.

Y ese sentimiento tiene mucho que ver con dos cosas: la celebración de nosotras mismas en un acto pleno de aceptación y la conexión con la autenticidad de los que nos anima.

Así, algo tan definitivo en la vida femenina como la ropa interior – ese elemento invisible pero palpable para nosotras a lo largo de nuestros días, ese elemento de vestir que determina también cómo nos sentimos con la ropa ante quienes nos miran – puede ser un símbolo, un terreno de metáforas para hacerle oda a la sensación del triunfo en la experiencia femenina.

Algo tan sutil como sentirnos confortables y dueñas de nosotras mismas desde la actividad del día hacia el final de la tarde; encontrar una prenda cuya textura, sensación y color nos conecten con nuestra particular sensualidad de mujer; poder encontrar una pieza invisible que nos permite, desde el confort y el movimiento libre, sentirnos certeras en nuestra versión visible; sentirnos cómodas con nuestra elección estética o nuestros gustos marcados (como ser clásica en un mundo que a veces jalona hacia lo ecléctico); o sentir un ímpetu de poder no porque nos sintamos duras sino porque estamos en sintonía con lo que auténticamente nos motiva, nos anima y nos caracteriza. Celebrarnos en la auténtica sinuosidad de la figura femenina, acoger la perfección de la belleza imperfecta.

Todas ellas son pequeñas satisfacciones del mundo cotidiano del vestir, pero también son metáforas del triunfo femenino, no en sus versiones grandes y rimbombantes, no en sus formatos públicos y sociales, no como categorías, sino triunfo en términos del sentir, es decir, de experimentarse triunfante a través de las pequeñas grandes cosas que componen nuestras vidas.

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