La Flâneuse

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Instante floral, ritos constantes, juego de estilo a lo parisino, placeres urbanos.

Se ha conocido casi siempre la figura francesa del <flâneur> – esa criatura que estrenó el sentido de modernidad urbana, es decir, de pasearse por las aceras citadinas, en un estado de indulgencia ante las impresiones espontáneas que genera una experiencia visual.

Pero si bien es una figura, también se trata de un verbo, y más aún, de un estado estado: flânerie. Es decir, deambular zambullido en una masa de anónimos que se observa entre sí de manera pasajera, que se leen a sí mismos a través de los códigos más accesibles a la mirada inmediata: los componentes del vestir, por ejemplo. Se trata de un estado de, como señaló Baudelaire, “observación apasionada”. De leer el caleidoscopio vital de la experiencia urbana; fragmentos visibles de vidas, historias, visiones y circunstancias.

Pero leí en un deslumbrante ensayo de Anne Friedberg, una palabra que me robó el aliento y el corazón – lo que sucede cuando leemos algo que nos eleva por su poder de identificación, su efecto de reflejo. Flâneuse – la contraparte femenina del término largamente conocido y usado.

La mujer en la multitud, la que camina la calle, la que observa esa ofrenda visual que es el paisaje urbano. La mujer que es Flâneuse porque puede deambular la calle gracias a las épocas y las circunstancias.
Bello término que despierta rápidamente la idea de que la modernidad, el deambular como anónimo la calle urbana, tiene todo que ver con la moda, con mirar a otros sujetos vestidos en la calle, con mirar vitrinas, con mirar otras mujeres bien estilizadas, con mirar tiendas de departamento.
Los poderes y distintas posibilidades del acto que es ver.

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