Clarice entre los cajones

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Por Adela Cardona

Facciones afiladas de gata. Hablar pausado y aterciopelado. Cejas arqueadas y puntiagudas. Delineador negro agatado y labios rojos. Clarice. Clarice Lispector con su vestido de rayas y puntos rojos, su collar de vueltas y vueltas perladas y sus uñas largas y aguzadas. Ella, llevándose un cigarrillo a la boca, dijo un día: “Escribo sin la esperanza de que lo que escribo pueda cambiar algo, no cambia nada”.

Clarice, una de las más ingeniosas plumas latinoamericanas, admite sin vacilar que su escritura no cambia nada. Quizá eso tenga que ver con esa condición limítrofe suya, de aquel que ve el mundo desde una distancia casi indiferente. Ucraniana de nacimiento y brasilera de naturalización, ella no se dejó encerrar en ninguno de los cajones que la sociedad le intentó imponer: mujer, madre, esposa, escritora, abogada, judía. Ella volaba entre todas como la cucaracha de G. H., su personaje.

Casada y con hijo, tuvo que lidiar con lo que ha sido una de las grandes cuestiones de la vida femenina: ¿cómo sostener el doble trabajo del hogar y de la vida pública? Su matrimonio con un diplomático falló en últimas y cuando se le preguntó sobre la soledad propia prefirió no comentar. Su hijo, por otro lado, la llevó a embarcarse en un terreno mágico, el de la literatura infantil con tintes de folklore brasileño, lo que pudo haber conciliado un poco esa brecha entre lo íntimo y la escritura. Brecha que de por sí es el espacio de la literatura de Clarice: frontera a lo Anzaldúa, donde convergen tensiones del cuarto propio, de lo público, de lo femenino, lo masculino, lo racional y lo irrepresentable de intentar quitarse las terceras piernas.

Además de escribir obras profundas, con estructuras experimentales que cuestionan el sujeto y la modernidad, Clarice también prestó su pluma para la moda y la feminidad. Escribió sobre el poder de una sombrilla: “Nuestras abuelas consideraban la sombrilla un elemento de coquetería (…) podemos usar la gracia de un paraguas decorado, estampado y alegre” (Lispector, 2011). O del peligro de imitar a los íconos, cuyos maquillajes exagerados solo se adaptan a las luces del espectáculo y se ven absurdos a la luz del día. O de la necesidad de imitarnos a nosotras mismas:

¿A quién debes imitar?

Esa es la cuestión: debes imitarte a ti misma. Es decir, tu trabajo es descubrir en tu propio rostro la mujer que serías si fueras más atractiva, más personal, más inconfundible. Cuando «creas» tu rostro, teniéndote a ti misma como base, tu alegría es la de un descubrimiento, la de una revelación (Lispector, 2011).

Y ese sigue siendo el reto hoy: lograr ser nosotras mismas entre la infinidad de posibilidades de las faldas pitillo o corte A, de los labiales carmesí o morados, de las blusas Tulum o los blazers, que nos permiten jugar e interpretarnos. Clarice lo hacía, se imitaba a sí misma en la simplicidad: maquillaje mínimo, pelo corto y manejable, vestidos pegados rojos con encaje negro, mangas cortas o largas (no sisas), faldas plisadas y collares redondos con el ocasional anillo que acompañaba a su mano extendida con un cigarrillo y unas curvas que no tenía miedo de mostrar.

En sus fotografías y las descripciones de sus libros —como las iniciales de G. H. en sus maletas de viaje— se nota que sus letras no excluían el gusto por la apariencia, por la estética y la “vanidad”, porque como escribió Truman Capote: “Una mujer hermosa, bellamente elegante, nos impresiona como una obra de arte, cambia el talante de nuestro espíritu; ¿es esto un asunto frívolo? Yo creo que no”.

ciGCYam clarice_lispector_4 Clarice Lispector (déc. 1960) - foto Maureen Bisilliat -Acervo da autora IMS 408487-7326274_clarice_lispector_cultura_348_419 CL_pc01env02_foto014

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