Cacerías Visuales: Nueva York

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En 1930, JC Flugel escribió sobre lo que llamó “La Gran Renuncia Masculina”. Un episodio singular y asombrosamente duradero en el cual los hombres desistieron de ser bellos para ser, en cambio, seres prácticos y útiles.

El momento de esta gran renuncia fueron los sucesos póstumos a la Revolución Francesa, cuando los lemas de igualdad, fraternidad y libertad apuntaron a hacer de los hombres – los seres que actuaban de manera pública, y que trabajaban y socializaban afuera de sus casas – individuos con aspectos similares. Antes de eso, los hombres adinerados andaban como gatos ociosos y refinados en los divanes de la aristocracia y pertenecían a un mundo donde trabajar era mal visto: el dinero era heredado y expulsaba a los hombres de la dureza humillante del trabajo.

Industrialización y capitalismo mandaron a los hombres a los lugares donde todavía con frecuencia los ubicamos: oficinas y talleres. Para estar allí, para evitar marcas de gran diferencia entre ellos, dice Flugel, comenzaron a vestirse similar y sobriamente; eligiendo una cobertura del cuerpo que favoreciera el trabajo y lo práctico.

Anne Hollander decía que los hombres llegaron rápidamente a la modernidad con su vestir. Una modernidad largamente imitada y cazada por el vestir de las mujeres.

Siglos después, el vestir como algo femenino se ha disuelto. Y ciertos hombres parecen reclamar su derecho a la belleza estética. Lo hacen usando como base el vestir moderno masculino. Lo hacen así, con una elegancia que es excéntrica y sin embargo, pulida, cuidada. La mirada femenina siempre se refresca con un vestir masculino exquisito y pensado ~

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