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“Comprar es navegar una cadena alimenticia de deseo”, escribió Judith Thurman.

En una era de posibilidad estilística, en una ciudad donde si bien hay patrones el orden dominante es el estilo diverso, una mujer, en una tienda, en un vestier, frente a un espejo, ante la posibilidad de compra, puede aturdirse o sentirse sin certeza.
A veces hay prendas que absorben nuestro aliento, brotan un suspiro, se ofrecen como una promesa fresca: la posibilidad, el futuro perfecto, la oportunidad de rehacerse. La ropa con la que una mujer llega al probador se siente de repente desgastada, sin fuerza, sin promesa. Y sin embargo, el deseo por lo nuevo no siempre es tan nítido, no siempre tan preciso, no siempre tan certero.

En la Nueva York actual, en sus tiendas, la temporada de otoño ya lleva un tiempo expuesta. Se han acabado las tallas, el aire sigue impregnado de los 70, hay un furor por los Jeans que parecen heredados de una madre o una pariente, con el lustro de los años, un desgaste seductor, una silueta que ya no es skinny, sino corta y recta. Abundan los borravinos y el color de la arena, la estela otoñal del salmón, algún verde, el gris diverso – y en últimas la paleta arquetípica del otoño, con los matices bohemios del sentir orgánico setentero. Una depuración genérica también.

Y cierta mujer puede sentir, en su propia navegación, en esa cacería de ropas, que está llena de ánimos y deseos, cierta imprecisión. Sentirse rondada por ciertas preguntas constantes: qué despierta amor rotundo,qué es capricho impulsado por la tendencia, qué puede ser deseo motivado por el vestir de otra mujer u originado en una imagen externa y no en su propio gusto, su propio temperamento estético, y también si algo es necesidad meramente camuflada de apetito por algo nuevo.

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