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Se ha escrito con frecuencia aquí que el acto de mirar – y las imágenes – ejercen un gran poder sobre el acto de vestirse.

Nos vestimos siempre con imágenes externas en mente, imágenes que validan y refuerzan lo que es estiloso y fashionable en el lugar y tiempo en que vivimos. Imágenes que son puntos de partida para nuestras propias escogencias y composiciones estilísticas.

En Nueva York, esta idea cobra un agudo sentido de vida. Un deambular por sus aceras implica atrapar aquí y allá, de frente y de reojo, mujeres con estilismos que despiertan, de repente, la consciencia de algo que olvidamos teníamos, o una nueva posibilidad para una pieza que poseemos. Mujeres cuyo vestir alientan el deseo por algo que no tenemos y que se siente como una ausencia urgente de suplir.

Observar puede ser un aprendizaje silencioso, una lenta absorción estética que se va traduciendo en nuestras adquisiciones y hábitos de vestir. Quien ha vivido sus aceras, quien ha habitado sus días, está familiarizada con este efecto espejo, con esta asimilación visual de ropas, posibilidades y estilos.

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