Una Pasarela en el Caribe

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Con la última edición de la @revistasemana está circulando una sustanciosa separata que tiene como musa la ciudad de mis orígenes, estampa y crianza: Cartagena de Indias. En ella, hay un interesante abanico de reflexiones sobre los temas más diversos, con plumas y pensadores cuyas perspectivas celebro y admiro; está la pluma de Javier Ortiz, la del gran @jjjunieles, de @edwsalcedo, de Loncho Sánchez Baute. Y en medio de las páginas, se permitió que hubiesen dos páginas sobre un tema poco usual para Semana y que pocas veces se ha tenido como tema serio o reflexivo: la moda. El texto, cuyo nombre original era “Esquema Sartorial de Cartagena de Indias” – un guiño al titánico Héctor Rojas Herazo y su esquema sentimental de la gema del Caribe – es una pequeña reflexión, desde mi particular perspectiva, sobre el vestir en Cartagena de Indias. No es pequeño que una revista como #Semana conceda un espacio a esta reflexión de este tema y de este tipo. Poco a poco, la moda y el estilo se consolidan como temas de reflexión y disposición pensativa en el país – Invitación de Lectura. Gracias especiales a ti mi adorada @s_echavarria – 

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Existe un hecho sobre Cartagena, tan básico, que en mi prisma siempre ha explicado el por qué su vestir local despliega ciertas características: es ella, como dijo Héctor Rojas Herazo, una gran señora del Caribe, una dama antigua, de estirpe colonial. Esa disposición – impregnada de catolicismo rancio, fortalecida por pasmosas jerarquías sociales, atada a feroces distinciones raciales y arrullada por una energía de vigilancia moral – explican, tal vez, el conservatismo que despliega el cartagenero al vestirse.
Por un lado, las castas altas. Los hombres adoran los pantalones de color habano y las camisas Polo (este último, un destello de las cercanía geográfica y cultural con los Estados Unidos). Un uniforme que materializa la convicción común – y machista – de que masculinidad y cultivación estética no compaginan. En ocasiones, las mujeres emulan este atuendo de manera casi exacta. Se ven las “bermudas” de lino, las camisas fluidas, los pantalones con corte ligero de palazzo, la conjugación frecuente de blanco y kaki – y siempre, no importa la edad, un leve aire señorial en la mujer vestida.
En parte, la estructura psíquica colonial de Cartagena de Indias ha creado también fuertes patrones de comportamiento tribal, de identidades que se homogeneizan con facilidad. Tanto a nivel estético como social. Y la mujer cartagenera parece vestirse, con frecuencia, para crear compatibilidad con esa energía, tan cartagenera también, de quietud y de estela señorial.
El señor cartagenero usa guayabera blanca como evocando el fantasma de Florentino Ariza, porque el Caribe, seamos francos, incita al blanco – esa ausencia de color que otorga la ilusión de frescor. No en vano – y con disculpas de los colombianos del interior – el cachaco crea grandes manchas blancas con sus fiestas de página sociedad, con sus cenas etílicas en La Vitrola, con sus cócteles de temporada de fin de año y con sus asistencias a los festivales que maximizan la población del centro amurallado los primeros días del mes de enero con sus brisas. 

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