Postal de un Fervor

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Todos tenemos lemas, patrones, objetos hacia los cuales nuestra pasión se dirige por fuerza inconsciente o con intención. Se puede llamar pasión.

La mía por los libros tiene raíces en una niñez cartagenera, en las lecturas que de niña y con avidez hacia en inglés. Tiene forma de adolescencia caribeña, de ocasos en la isla de Manga, soledades musicalizadas por rocanrol y la sensación, esa imborrable sensación de que el libro de turno era un pequeño embrujo consolador. Un sentimiento o un estado del alma conocido pero escrito por alguien más.
En el baño de McNally Jackson, una de mis librerías adoradas en Nueva York, está tatuada la frase que parece contener, con bella lucidez, esa sensación: de verse en los libros como en un espejo, de encontrarse sustentado por el sentido, de estar acompañado por otros que también han sentido lo que habita en el solitario lector:
“Los libros me enseñaron que las cosas que más me atormentaban eran las mismas cosas que me conectaban con todas las personas que están vivas o que alguna vez han estado vivas”, James Baldwin.

Pequeña oda digital a un gran amor.

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