Pensamientos Rosa

by

cartagena

Desde antes que una mujer llegue a este mundo, está destinado que su sello será el color rosa. Es el color que se acostumbra para la ropa y los regalos cuando se sabe que viene en camino una niña. Es el que usamos en las habitaciones de recién nacidas y el tono que asignamos a los objetos para marcarlos femeninos. Rosa es el color que acompaña a una niña a lo largo de su infancia, en los brillos de Barbie y la titánica industria de Disney, con sus princesas esbeltas y dotadas de gracia. Y es el tono al que recurren las mujeres adultas cuando, en ciertas circunstancias, desean crear un look de dama, suave y delicado.
La asociación entre rosa y feminidad está profundamente marcada en la imaginación de la mayoría. ¿Pero qué es exactamente lo que tiene el color para despertar, de manera tan instantánea, el mundo de las mujeres y las características de lo femenino?

Que el rosa sea un color de mujeres no siempre fue así. Como casi todas las cosas de la moda y el estilo, la conexión es una construcción histórica. En los siglos XVII y XVIII, en las habitaciones de la aristocracia, cuando los hombres participaban en la moda y la estética tanto como las mujeres, el rosa era un color común en el vestir varonil. Algunos textos incluso lo recomiendan para las habitaciones masculinas, y las pinturas de la época dan cuenta de que el color se extendía al universo femenino y masculino por igual. A comienzos del siglo XX, el azul era recomendado para las niñas recién nacidas, por su carga delicada y tranquila. Los límites entre azul y rosa no eran tan definidos. Pero después de la Segunda Guerra Mundial sucedió algo que sacudió al mundo femenino. Mientras que muchos hombres habían ido a la guerra, muchísimas mujeres habían ocupado sus lugares. Asumieron trabajos usualmente masculinos. Salieron de la casa y trabajaron en cosas en las que nunca antes habían podido. Pero al terminar la guerra, hubo un gran esfuerzo por ‘devolver’ a la mujer a la cocina y al hogar. Los hombres, desmoralizados por el combate, sintieron el extraño efecto de ver a las mujeres vestidas en chaquetas con hombros afilados, trabajando en fábricas, conduciendo automóviles, capaces de una fuerza que a muchos aún hoy intimida. Las campañas culturales se enfocaron en restituir una idea de feminidad que tuviera que ver con lo suave, lo dócil, lo doméstico y lo delicado.
Apareció Dior, con su Nuevo Look, lleno de faldas anchas, curvas y cinturas ínfimas. Y el rosa se apoderó del momento. En vestidos, electrodomésticos, cosméticos y todo aquello que pudiera fortalecer la idea de que una mujer debía ser un ser delicado, manso y sutil. Desde entonces, mujer y rosa son casi lo mismo. Que el rosa sea un símbolo femenino tan fijo es como si el mundo escogiera, desde antes que nacemos, lo que debemos ser como mujeres. Y esto es algo que debemos vigilar. Porque si bien es cierto que el rosa significa suavidad, dulzura, inocencia, romanticismo – todos atributos que pueden ser considerados femeninos, las mujeres también son feroces, fuertes, fulminantes, poderosas y luchadoras.
Tal vez por eso Elsa Schiaparelli popularizó, en la década del 30, el llamado shocking pink o fucsia. Una tonalidad más poderosa y temeraria, que acogía el excentricismo. Pero también es cierto que la mayoría de nosotras nos sentimos hechizadas por el rosa. El rosa nos atrae porque nos conecta con una pasión femenina que no tiene tiempo, ni espacio: el amor por ese tipo de belleza que tienen las flores, mágicas en su naturalidad, libres de artificios.

No tags 0

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *