Momentos Inéditos: La Actual Moda Colombiana

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El congreso de moda académica IxelModa que se realizó hace unos días en Cartagena cerró con los Premios InFashion, un festín de moda nacional que se realiza hace ya media década.
Vanessa Rosales.
Fotos: Roberto Casas

Madres y abuelas pueden decirlo mejor que nosotros: hace unas décadas era casi impensable que en Colombia hubiesen profusas demostraciones de afecto hacia la moda que se inventaba localmente. La calidad, lo deseable, lo realmente conectado con los apetitos femeninos estaba afuera, en otro punto, en un paisaje llamado el extranjero.

No había, por supuesto, Internet. Los canales de televisión se contaban con la mano. El acceso a las revistas y los vehículos visuales que conducían a la moda global no eran un tema cotidiano. Y algo muy importante: la moda no era un tema de muchos, sino de pocos, no era, como hoy, este fenómeno arrasador, ubicuo, presente en todas partes y asumido como interés por muchos. Y no lo era simplemente porque no existía esta vórtice de información. La moda no era una moda. Era un circuito cerrado, un tema místico y especializado.

Existen todavía los dogmáticos que estiman la moda como un mero sinónimo de frivolidad, un tema “suave”, una de las tantas “irracionalidades” de las mujeres. Y hay mujeres que la señalan todavía, desde un dogmatismo anacrónico, como fuente de opresión. Si bien la moda se ha vuelto una palabra manoseada, demasiado utilizada y por ende una gran moda de nuestro tiempo, esto ha hecho de ella un tema particularmente ambivalente: en la medida en que se ha hecho accesible para tantos, se ha vuelto también un tema serio en la intelectualidad.

Y si bien la moda sí genera ideales inalcanzables, el apetito consumista que puede vaciar el espíritu para alentar únicamente el costado humano material, también es cierto que, para muchas mujeres, es una forma de controlar su propia imagen, de definirse a sí mismas en sus propios términos, de ser vanguardista en pro de “repeler” hombres, en vestirse para mucho más que para atrapar la mirada de un hombre potencial.

Pero más allá de que en el mundo la moda haya entrado en la academia como musa de reflexión intelectual, y de que desde los ochenta las feministas estén diciendo que la moda puede ser más subversiva que una forma de dominación, en Colombia hay algo hechizante en lo que está sucediendo. Si bien el país se ha narrado casi siempre desde los prismas de la masculinidad, es decir, desde la historia, la sociología o la política, hoy, en este momento preciso, la moda en Colombia está dando una lección de lo que la moda es capaz de reflejar.

Porque el hecho de que se escenifique una alfombra roja – como preámbulo de una celebración que premia precisamente los más distintos ámbitos de la moda nacional – y que muchos de sus acudientes estén envueltos en bella ropa y apetecibles complementos colombianos es un índice de algo mucho más que tendencias de vestir.

Que en Colombia – y en los últimos Premios InFashion – muchos de los performances de vestir más bellos e interesantes fueran de autoría colombiana es espejo de cómo en Colombia la moda está cristalizando otros hechos sobre la cultura y la sociedad colombiana.

Por un lado, eso demuestra una vez más que la ropa, el vestir, el estilo y la moda son símbolos de cosas más intangibles pero profundamente poderosas. Y también es demostración de cómo ha cambiado un país que se arremolinaba entre las sombras del crimen y la violencia. No porque los malestares colombianos hayan desaparecido, no porque sea este hoy un país perfecto. Sino porque demuestra cómo, desde 2002, las oleadas de inversión extranjera y las transformaciones de la imagen del país en el esquema global comenzaron a asentar el terreno para que se manifestaran los frutos de este momento.

Para que volvieran muchas personas que se habían ido del país, a formarse por fuera, y que al regresar trajeran consigo conocimientos conectados con el actual fervor por las industrias de la creatividad; conocimientos que antes ni siquiera existían en nuestro país. Hoy, esto está creando el nacimiento de nuevas vanguardias y la presencia de una generación colombiana que, alimentando los formatos de la tradición, está inventándose una atmósfera estimulante y aún en plena evolución.

Que entre los acudientes hubiesen creaciones de nombres consolidados y nombres emergentes también es evidencia de la ebullición creativa que palpita en el corazón de esta actual moda colombiana. Había vestidos de Jorge Duque y de Olga Piedrahíta, muestras de Johanna Ortiz y Kika Vargas – nombres que ya resuenan en el circuito asentado de la moda nacional. Pero también habían creaciones de María Angélica Guerra, Walther Duque y (el mío) de Daniella Battle. Y en muñecas y cuellos fulguraban nombres como Liza Echeverri, mientras que las manos de algunas mujeres portaban sus elementos en carteritas exquisitas de Ballen Pellettiere.

Y esa atmósfera, de festín sartorial, de performance calculado, tenía esa corriente eléctrica que actualmente impulsa a la moda colombiana: el hecho latente de que existe hoy una apreciación y un afecto por aquello que es nuestro, colombiano y local. Y eso, a nivel estético, también es vibrante, hipermoderno y cargado del estilo que vemos en la escena global. Tal vez esa corriente eléctrica sea una emoción colectiva, tangible en lo material pero marcada por una noción invisible: un sentido de amor por aquello está buscando formas de expresar nuestra identidad.

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