De arabia a colombia: Una herencia de moda

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Por: Adela Cardona

De rizos tinturados de dorado, labial rojo, ajuares dorados y una túnica bordada para estar en casa, Gaby Iza es un ejemplo de muchas mujeres árabe-colombianas, cuya identidad se encuentra escindida entre los ancestros sirio-libaneses–palestinos y nuestra tierra. La indumentaria –como la gastronomía, la música, el comercio y la religión–fue y es una zona de pugna identitaria, para aquellos árabes que emigraron a Colombia y para las generaciones posteriores.

Cuando pensamos en la moda árabe, solemos imaginarnos jupe-culottes– como los que hacía Patou en 1910– burkas, hiyabs, túnicas y turbantes. Imaginario orientalista, perpetuado por la literatura, el arte, el cine, y todas las imágenes que influyen en el sentido del vestir, como lo anotó Anne Hollander. No obstante en nuestro país, que se caracteriza por el mestizaje y la hibridación, la vestimenta de los emigrantes árabes también se entretejió con los hilos de occidente, las puntadas francesas y las costuras propias.

La relación de los árabes con la indumentaria es ancestral, su hermoso trabajo con el oro, la filigrana, la confección de las sedas traídas de china y de los tapetes pre-matrimoniales son, entre otros, algunos de sus trabajos más impresionantes con la indumentaria. Además, desde antes de migrar a Colombia, su vestimenta y arte ya había tenido contacto con occidente. Primero con España y luego con la vestimenta francesa, dado que los franceses conquistaron sus territorios, con la excusa de liberarlos de la ocupación otomana.

Con el éxodo, en oleadas entre 1890 y 1930 aproximadamente, los árabes buscaron una tierra más fértil, próspera y amable, en dónde refugiarse de la violencia de la guerra en su tierra natal. En Colombia, con sus hermosos paisajes, su abundancia de agua y tierra apta para el cultivo, encontraron un lugar para establecerse. En las fotografías de mi abuela Gaby, y en textos como los de Manira Chujfi, se puede ver e intuir una relación doble con el vestir, que Willy Cruz notó: las mujeres de la colonia árabe no se vestían en su diario vivir a la manera tradicional de sus territorios natales, sino a la manera francesa, italiana o estadounidense.

Mi abuela, por ejemplo, se casó con un vestido estilo New Look, con chaleco de guipur, confeccionado por su hermana Lucy Iza, que le cosía a las reinas. He aquí una de las paradojas de la moda, servir para distinguir y al mismo tiempo para mimetizar. Ya era suficiente que hubiesen llegado en barcos desde Marsella, hablando un idioma extranjero, con costumbres distintas, como para que quisieran diferenciarse aún más de la población de un país, en el que querían ser acogidos.

Willy Cruz llega por eso a la conclusión de que solían usar su traje tradicional como disfraz. Pero –con el texto de Marina Chuijfi, y mi experiencia propia, viendo a mi abuela y mis tías– creo que las ocasiones en las que usan túnicas bordadas en arabescos de oro, de los materiales más ricos posibles, como la seda, van más allá del disfraz a las ocasiones especiales, como los matrimonios o los cumpleaños y las fiestas especiales.

La transculturación de allá para acá, nos dejó grandes herencias estéticas e indumentarias: los bordados; la filigrana de Mompox, que se teje en delgados hilos de oro; la joyería grande, detallada; y el afán por estar siempre perfectamente vestidas y maquilladas.

De occidente a lo árabe, fueron las modas francesas y norteamericanas las que ejercieron una influencia: en las fotografías y los armarios de las mujeres de la colonia, se encuentran bellos tesoros, como trajes de los años cuarentas, con hombreras y bordados a lo Schiaparelli; o vestidos traídos de viajes a París, comprados en Dior, en consonancia con el art decó; así como vestidos negros cortos, con plumas en el cuello; o aquellos a la moda garçon de los años 20s. Mi abuela me contaba cómo su mamá, Adela Fajuri, libanesa de nacimiento, mandaba a traer ropa de Europa, hasta para la primera comunión de su nieto. El hecho de que se vistieran a lo europeo, no era solo un intento de mimetizarse con la población, sino también un signo del estatus adquirido a punta de trabajo duro en el comercio (principalmente). Dueños de los más prósperos almacenes de telas de Pereira y Cartago, vendían telas de Coltejer y Fabricato, y confeccionaban ropa para su uso personal y para la venta.

La costura y el bordado, eran actividades esenciales para la mujer árabe, así como la cocina y el mantenimiento del hogar. Amal Syriani, otra mujer de la colonia árabe- pereirana, me dijo en una tarde de tinto y manjares, que “una mujer siria que no cocinara y supiera coser, no era mujer”. Por eso, se fueron volviendo famosas por su confección y costura, evidente en los modelos que vestían, confeccionados por ellas, copiados de la moda europea. En el armario de mi abuela Gaby, que ya no cose, hay una colección de la revista Burda, que venía con la moldería que ella usaba para armarse un closet de ensueño, con sus propias manos. Hoy, todavía sale a la calle con collares, pectorales brillantes enormes, brazaletes del líbano y anillos, que combina con blusas de seda y pantalones de puntos. Líbano, Siria, Palestina y occidente se pintan sobre su cuerpo ataviado. Y ahora sobre el mío, heredera de sus vestidos de europa, sus joyas de filigrana del líbano y sus túnicas sirias. Marcas como Khbeis son hoy también herederas de esa tradición, tan rica y bella del mestizaje entre estas dos culturas nuestras.

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