Caribe Majestuoso

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Mañana te visito otra vez. Y te anticipo con palabras de otra pluma que supo retener fibras de tu esencia.

De un crepúsculo quimérico “con alas de amatista y de cobre” se habla en uno de los textos que mejor describe, para mi, a Cartagena; una bella brevedad de Hector Rojas Herazo de 1955 en que se lee: “Cartagena es, por sobre todas las cosas, un fenómeno de meditación. Hay que meditarla, sumirse en su ámbito de rezo, si anhelamos de veras, descubrir el enérgico secreto de su perfil. Toda ella severa y azul, tostada y seca. Con su habla de campanas y su firme dibujo de torreones y azoteas. Precisa, y por ello mismo, irreal y recóndita. (…) Cartagena es un sufrimiento, un vivir en pena por ella, un melancólico enamoramiento. Se ama su sol y sus portales y su olor de pétrea falda y la parrilla de sus murallas a las dos de la tarde. Se ama todo esto, se lleva muy hondo, se muele entre los nervios y las vísceras, se vuelve zumo de nostalgia , o corremos el riesgo de perderla para siempre. Porque no conozco otro sitio donde las horas sean tan precisas, donde el aire y el tiempo y el polvo y los ramajes, varíen con tal intensidad, reclamen de nosotros tal atención de la sangre, tal expectativa del corazón, como en esta ciudad donde no ocurre nada. En Cartagena la gran noticia es vivir en ella, sufrir y temblar y esperar bajo su cielo. Irse fundiendo como un objeto más, al verdín de su piedra. En esto, simplemente en esto, estriba el embrujo de esta señora del Caribe”.

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