Blanco

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Blanco

Érase una vez, se dice, cuando las normas de color (o los códigos cromáticos) eran mucho más inflexibles en Bogotá. Cuando los colores claros eran casi prohibidos, transgresiones de la mujer foránea – o de la costa Caribe – que pasaban por la opacidad y la estricta mirada de la ciudad.

Las mujeres de otras generaciones conceden historias de este tipo y tienen recuerdo de las oposiciones que se creaban entre el vestir de la mujer del Atlántico y la mujer bogotana. 
El color, sin embargo, que era ajeno a las prácticas sartoriales de una ciudad predominantemente gris, fue salpicando los hábitos cotidianos. Y un hecho que hoy parece evidente y apenas natural, no siempre fue habitual, fue asentándose bajo el influjo de una mezcla de motivos: la presencia de más culturas en la capital, la apertura comercial colombiana, la lenta penetración de información foránea y finalmente el aterrizaje de un escenario como el que vivimos hoy; donde se funden, en una alquimia cultural, las tecnologías digitales, la moda rápida, el fervor colectivo por la moda, la agudización de un mercado cada vez más competitivo. 
Y el color – así como un tono tan asociado al trópico como el blanco – puede ser parte del vestir bogotano. Aún así, no todos los días hay comodidad al acoger estas prácticas. A pesar de ser comunes y no ya extrañas, el ánimo no siempre se siente en disposición con estas prácticas del vestir.

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