Tonalidades de Mujer

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Reflexiones sobre el vestir femenino en rojo, negro y blanco.

Vanessa Rosales

El acto de vestirse siempre abre caminos – directos e indirectos – hacia las formas de la apariencia y el surtido mundo de los estados anímicos. Este puede ser uno de los aspectos más fascinantes y misteriosos que se teje entre las mujeres y esa acción mundana de cubrirse el cuerpo todos los días. Ponerse ropa es como abrir un portal constante, desde una dimensión física que siempre logra tocar las fibras de lo mental y lo emotivo.

Y porque es un acto en principio físico, vestirse implica conectarse también con temas tan elementales como los cuerpos y sus formas, las temperaturas y variedades del clima, los colores y sus matices.

El color es uno de esos temas tan habituales y tan visibles en toda acción de vestirse que a veces la costumbre nos desdibuja el contacto con sus efectos y significados. Nos habituamos a la idea del color como algo siempre presente y perdemos de vista la mutable naturaleza que ha podido tener un tono específico a través del tiempo, así como los efectos tan precisos que puede haber sobre una mujer cuando realiza una elección en términos de colorido.

Si el mundo de la moda es, entre muchas cosas, un compendio de ideas que cambian según tiempo y espacio, una de las variables que más aplican a esta idea es precisamente el color. Negro puede ser luto, austeridad, dramatismo o una forma radical de ser elegante o chic. (En el siglo XIX, un pintor impresionista declaró, al estudiar precisamente el arte de la elegancia femenina y parisina de la París del momento, que era esta tonalidad – la ausencia radical – la reina de todos los colores).

Rojo puede ser lujuria, pasión, terrenos prohibidos, símbolos de mujeres de poca reputación, una forma de poder, un emblema de villana o, por el contrario, de mujer cuya confianza en sí misma le permite, al vestirse, la certeza de invitar a los otros a que la miren. Blanco puede ser pureza, juramento de amor, estampa virginal, vestir Caribe, sentido chic de St Tropez, pasaje hacia algún rito.

Si bien una silueta particular – tan simple como unos jeans pitillo o tan elaborada como una falda que evoca, digamos, la memoria del Nuevo Look de Dior – puede tener un efecto en la mujer que la viste, algo similar sucede ese aspecto que es el color que impregna su acto de vestir.

Negra

Clarice Lispector, por ejemplo, escribió: “Cuando se elige el negro – el color más nítido, más impecable, más seductor – la mujer tiene la obligación de ser, más que nunca nítida, impecable y seductora”. ¿Qué efectos potenciales tiene el negro en la mujer que lo viste?

Puede, sin duda, dotarle de armadura de infalible. Puede otorgarle, como lo han concebido los japoneses, la opción de velar su identidad, con visible discreción. Puede, como ha afirmado Rick Owens – uno de los maestros de este color – neutralizar su presencia, evadiéndole una conspicua aparición, restringiéndola de ser un estorbo visual.

En su simplicidad certera puede, además, denotar la elegancia que a los ojos de Coco Chanel era verdadera. Es decir, al cubrirla en su oscura radicalidad y ausencia de color, puede dar todo acerca de la mujer y revelarla en la pureza de su individualidad.

Y el negro también puede, como cree Anne Demeulemeester, evocar una cualidad que es simplemente poética. Abstracta y precisa, todo y nada, al mismo tiempo. En términos de practicidad puede ofrecer también posibilidades de uso como casi ningún otro color. Porque negro puede usarse, como decía Christian Dior, a cualquier edad, en cualquier momento y prácticamente para cualquier ocasión.

Su versatilidad tiene eco en otros aspectos. Puede ser, como declaró Yohji Yamamoto, arrogante pero también modesto; perezoso y fácil pero siempre rotundamente misterioso. Sin molestar a nadie, sin alterar mirada alguna. En esa discreta cualidad reside, tal vez, la creencia de Renoir, para quien el negro era – como se dijo anteriormente – la reina de todas las tonalidades.

Y tiene otra sensacional cualidad: puede darle a una mujer la sensación de que está oculta aún cuando se está mostrando. En los días cuando la duda se posa sobre la auto-composición, en los momentos en que el vestir es una hesitación, un hastío, una modalidad de desconexión y escepticismo, el negro parece muchas veces el conducto más seguro y la forma precisa para abandonar el territorio de la duda y sentirse, a través de su armadura, algo más afirmativa.

Una mujer puede experimentar rotundo amor por el negro porque, como dijo Yves Saint Laurent, éste “afirma, diseña, estiliza”. “Una mujer en un vestidito negro es como una pincelada a lápiz.” Discreta, oculta, afirmada, presente, individuo, lienzo, simple, alma, ella misma.

Blanca

Pero si el negro es una de las formas en que Chanel concibió una mujer revelarse a sí misma como individuo – y no tanto como criatura vestida – el blanco, puro, etéreo, lienzo, fino – es otra tonalidad que posee este poder en el vestir.

En la vida de una mujer un vestido blanco tiene ciertas connotaciones predecibles. Es, por lo general, el uniforme de ese juramento amoroso que representa uno de los grandes peldaños en la convención femenina. Pero precisamente para Chanel – una mujer cuya biografía está escrita sobre cimientos que carecen de convención – vestirse de blanco podía ser reflejo de algo que trascendía los asuntos de la pureza, la tradición y el conformismo. Podía ser, más bien, otro pilar de un credo que sostenía – como una filosofía impresionantemente relevante aún en nuestros días – de que el blanco y el negro son fondos absolutos que actúan como caminos hacia un fin muy Chanel: hacer visible a la mujer más que al vestido.

Mademoiselle Coco expresó célebremente: “Las mujeres piensan en todos los colores, menos en la ausencia de color. He dicho que el negro lo tiene todo. El blanco también. Ambos tienen una belleza absoluta. Son armonía perfecta. Viste a una mujer de blanco o de negro en una gala: ellas serán las más vistas”.

De modo que cuando Chanel se vestía de blanco, se vestía, como escribe en una de sus biografías Justine Picardie, para ser vista. Pero vestirse de blanco no es un llamado a ser conspicua para la mirada, ni tampoco concede esa simultánea y poderosa sensación de estar visible y oculta al mismo tiempo. Pero sí es, a su propia manera, una manera de ser e invitar ser vista. De otra manera. Sí, de mostrar al individuo, pero sobre todo, es una forma de entrar en lo radical y lo simple, de dejarse ver y al hacerlo, recurrir más a la opacidad y a la posibilidad de gozar de una indulgente libertad de ornamentos y estilismos.

Roja

Por contraste, sin embargo, entre los polos radicales de esa ecuación bicolor y siempre seductora que conforman el negro y el blanco, está un tono que no es tan fácil de asimilar por todas. Para algunas, es un matiz que está mejor dejar para salpicar levemente un look; a través de los zapatos, por ejemplo, de una cartera afilada o del inmortal labial que recorre los rastros de Cleopatra, Ava Gardner y Jenna Lyons: el rojo.

El rojo es una encandilada aparición que recibe, con frecuencia, advertencias en psicología cromática. (Evadirlo, por ejemplo, en lugares que nos requieran serenos para concentración o, por contraste, como impulso inconsciente de lujuria y pasión). En el vestir, sin embargo, el rojo bien puede ser el color más conspicuo de todos.

Dice: “mírame, estoy presente”. Afirma disposición – e incluso apetito – por dejarse contemplar. Dice, desde el lenguaje visual, que el silencio de la imagen puede hacer una solicitud expresa a la mirada externa. Dice también que la mujer que se ornamenta con su fragor afirma también que es maestra de su propia mirada interna. (Algo así como “he sido capaz de reconocerme como un punto de visión y por ende, te invito a que me mires tu también”).

El rojo, con sus connotaciones de vitalidad encendida, de vehemencia, es, curiosamente, el color que Bill Blass señaló como la vía certera de vestir cuando una mujer estuviese frente a ese estado existencial que puede ser el ‘qué ponerse’.

Para algunas de nosotras, la duda o la hesitación, impulsan el acto de escudarse en la discreta armadura del negro y su maravillosa ausencia de color. Rojo, sin embargo, parece ser más una audaz voluntad por recibir atención. Y también, posiblemente, una afirmación de posible auto-posesión, de confort en la propia piel , de evocar una versión de vestimenta que connota ánimo escénico y esa disposición que una mujer tiene cuando su aparición externa está motivada por lo que permite un escenario de moda.

En disposición de ocultamiento o en símbolo de encandilar atención, como fórmula de velar a la mujer o de descubrir al individuo detrás de la vestimenta, tres tonos, una mujer, y como siempre, en el performance de lo femenino, negro, blanco, rojo: posibilidades que exaltan y suprimen temas que se contradicen o complementan.

Fotos: Daniel Díaz Cuervo

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