¿Por qué (carajos) rinde pleitesía el mundo de la moda a Kim Kardashian?

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Vanessa Rosales.

Que una imagen logre retener la atención de millares de ojos en el firmamento digital es algo que parece cada vez menos probable. Esos ojos, que observan al mundo a través de algún tipo de pantalla, tienen una forma de mirar que es brincona y que espabila al ritmo de hileras e hileras de imágenes que se disuelven para recomenzar a cada instante.

Que una imagen se quede en los sentidos por más que un par de segundos y que logre, además, volverse presente, ubicua, en miles de pantallas, es algo difícil también en una era donde la experiencia del mundo – y en este caso, de la moda – se ha vuelto cada día más bidimensional. Sin embargo, Kim Kardashian, de todas las personas en el mundo, parece tener ese poder.

Cuando aparece en la pantalla, la miramos. Atraídos o repelidos, pero la miramos. No como observamos algunas de las incontables imágenes que danzan en los márgenes de nuestros ojos. Sino bajo el hechizo – no importa cuán efímero – del impacto. Y en un mundo donde la información inunda los sentidos a cada instante, el impacto es justamente uno de los efectos más difíciles de lograr.

Los medios replican sus imágenes como pólvora y las acompañan de pequeños textos que hacen sonar sensacional cualquiera de sus nimias apariciones. Algunas de las publicaciones, impresas y digitales, más respetadas por los seguidores dedicados de la moda la incluyen en sus galerías de estilo y han llegado al punto de reflexionar – o justificar – por qué a Kardashian vale la pena considerarla un genuino icono.

WhoWhatWear, por ejemplo, lo hizo con un top de looks/motivos que argumentan en pro de dicho status. Harper´s Baazar lo hizo también, con una de sus escritoras recelosa ante la posición de Kardashian, pero dispuesta a admitir que ropa costosa bien puede ser sinónimo de buen vestir. Y entre sus reflexiones la idea de que la moda, que incluye temas del gusto, donde la elegancia y lo grotesco se cruzan, intercambian y bordean, implica que lo antes repudiado puede ser musa de celebración colectiva. Kardashian, repudiada, ha cruzado el umbral de lo grotesco para – ¿será? – convertirse en emblema de lo deseado. Y nada menos que Vogue le concedió el índice máximo de realización en el mundo del estilo: la aparición en una de sus portadas.

Durante los últimos días de los recientes desfiles en París, las pantallas digitales se agitaron porque Kardashian había cometido el audaz, increíble, inesperado gesto (¡qué impacto!) de teñirse el pelo de rubio platino. Publicaciones como Vogue y Harper´s Baazar lo informaron con gran sensacionalismo. Día a día se hacían reportes de las curvas de Kardashian forradas en las ropas de algún diseñador de alto perfil. Se replicaban las fotografías de ella, con su esposo, Kanye West, y su pequeña hija, North, atentos en las primeras filas. Y los mirones digitales recibieron la imagen de esa mujer, ahora rubia, cuyo rostro es una lección de realizada artificialidad – con hinchazones en los labios y los pómulos, más los efectos de un sol ficticio sobre la piel tostada y ese último gran efecto que reafirma lo que Kardashian logra en la era digital: el inevitable acto de mirarla.

Todo esto parece sosamente obvio. ¿Quién no sabe que sí, que desde hace años Kardashian se volvió ubicua a punto de no hacer realmente nada? ¿Quién no sabe que los medios bombardean a sus observadores con imágenes de ella, sobre todo desde que selló amor eterno con uno de los hombres más mencionados y narcisos de la cumbre del entretenimiento? ¿Quién no sabe que Kardashian ha hecho esfuerzos – titánicos – para encajar con la camada que camina por la alfombra roja del Metropolitan Museum of Art en el mes de mayo?

Cualquiera que esté medianamente familiarizado con el mundo que se experimenta a través de las pantallas de portátiles y teléfonos móviles bien puede saber todo lo anterior. Y sin embargo, a veces, los hechos que más damos por sentados y las realidades que se antojan cotidianas y acostumbradas merecen ser vistas con ojos extraños; y así, hacerse ajenas ante nuestros ojos para formular esa pequeña pero poderosa pregunta que puede servir como un rayo iluminador: ¿por qué?

¿Por qué se ha concedido semejante lugar en las cumbres de la moda a una mujer cuya imagen es una forzada composición de artificialidad? ¿Por qué se concede atención a una mujer cuyo rasgo más notorio es la fama en virtud de la misma fama?

Dicho estatus actual tiene que ver también con que Kardashian haya desarrollado, por ejemplo, una cercanía con diseñadores como Riccardo Tisci, de Givenchy y Olivier Rousteing, de Balmain. Que desde hace un tiempo – y gracias a su alianza matrimonial con West – haya iniciado esa fachada que la revela vestida de Céline, Alaia, Balenciaga, Balmain, Chanel, Tom Ford, Martin Margiela, Lanvin, Jean Paul Gaultier y, en últimas, una hilera de nombres titánicos en la tradición de la moda encumbrada.

Que Kardashian esté en el foco de la moda actual tiene mucho que ver con lo que escribió Cathy Horyn hace poco acerca de cómo la industria de la moda es hoy una que parece estar enfocada más en las comunicaciones. Una industria donde importa más la ropa que la moda. Y un sistema donde, además, agregaría yo, pesa más a veces la imagen que la ropa misma.

Y el lugar de Kardashian también tiene que ver con algo que dijo Karl Lagerfeld (también en una pieza por Horyn), sobre cómo hoy “todo parece real e irreal al mismo tiempo”.

Real porque todo aparece registrado en alta definición o HD, con lujo de detalles, con close-ups estupendos, porque existe la posibilidad de ver realidades distantes casi al tiempo en que suceden. Porque nos rodean sistemas visuales que permiten ver todo en resoluciones que asemejan…la realidad. Irreal porque todo ese mundo de moda que se ofrece ante nuestras miradas, dispersas en lugares distintos, no es tangible ni real, sino una experiencia más, y se se piensa bien, predominantemente visual. La hiperrealidad de las imágenes digitales nos han sembrado la ilusión de que estamos próximos a muchas realidades que nos son ajenas en realidad.

En el film Celebrity de Woody Allen, una de las protagonistas femeninas – que siendo una mujer ordinaria termina siendo famosa por la fortuna del amor – comenta que lo interesante de las celebridades es la forma cómo reflejan lo que celebra una sociedad particular. En ese sentido, los individuos que se elevan al estatus de celebridad son símbolos de ciertos ideales que circulan en nuestra existencia cotidiana.

En ese caso, ¿qué es exactamente lo que se le celebra a Kim Kardashian?

Que Kardashian esté en la cima de la alta moda refleja otro fenómeno al que nos hemos habituado, que despuntó al comienzo de los 00 y que hoy, instalado con naturalidad, no se nos antoja en absoluto sorprendente: la posibilidad de ganar un estado fama gracias a los trampolines de visibilidad que permite el mundo digital. O, en otras palabras, la posibilidad de ser famoso sin poseer talento, don o virtud, más allá de la habilidad de acaparar una atención algo mórbida. Porque Kardashian es un recordatorio permanente de que se puede ser célebre y suciamente adinerado sin poseer talento alguno.

Ahora, bien puede ser que Kardashian, además, sea una especie de desafío a los ideales de delgadez y blancura que se asocian a lo fashionable desde tan atrás como la época de las flappers. Y que esa posibilidad – de que una mujer notoriamente curvea sea celebrada como icono en un medio que desde hace tiempo se caracteriza por adorar la flacura – sea algo que refleje los tiempos actuales, donde el post-feminismo ha logrado validar más la pluralidad de la belleza femenina. Y que esa celebración, de sus curvas, su colorido, su pelo y su estética en general, sea también reflejo de cómo, a nivel global, se han esparcido estos ideales de mujeres conspicuas a la mirada, llenas de volumen y producción en su estilismo; algo que se creía, por lo general, un lugar común o característico de la estética latina.

Bien puede ser también que Kardashian sea, en teoría, reflejo de una moda que es democrática. Es decir, de esa moda de hoy que puede ser alcanzada por la persona menos sospechada. Esa moda que hoy hace castings de modelos a través de Instagram, que da constantemente la ilusión de estar cerca por estar disponible, segundo a segundo, gracias a la tecnología. De esa moda que se volvió una gran moda ella misma; el fenómeno más ubicuo del mundo contemporáneo, la musa misma de las tecnologías digitales que dominan nuestra cotidianidad. Esa moda que, finalmente, se enfrenta al reto constante de buscar formas de retener la atención de ojos que brincan instante a instante, hechizados bajo el flujo indetenible de relámpagos visuales.

Para algunos también, Kardashian bien puede ser el símbolo de cómo una persona – que tuvo su primera instancia de fama gracias a un video sexual – puede ir adquiriendo, de forma progresiva, un sentido de gusto por la moda. Es decir, un caso de progresión, de superación, de crecimiento, evolución – o como quieran llamarlo los adeptos de esa perspectiva.

Sin embargo, a pesar de todas estas posibles explicaciones, en mi visión, Kardashian es el máximo símbolo de una era donde la moda se rige por signos vacíos. Es decir, una era donde la ropa, la una prenda y el vestir en sí bien pueden no significar en lo absoluto… nada.

Ahora, la intención aquí no es ser moralizante ni dogmática; ni caer en esas posturas que andan circulando desde la crítica donde se insinúa que la moda de antes, por ser cómo era en sus circunstancias históricas, era mejor que la de hoy. El punto aquí es que Kardashian puede ser una gran metáfora de esta moda actual cargada de imagen, en HD, hinchada, correctamente uniformada para encajar. Una moda que vale más por el signo que por el contenido.

Vivimos en una era donde la moda bien puede no simbolizar ni significar nada. Es decir, una moda donde una prenda que antes tuvo signficados particulares sólo tiene poder estético y no de contenido. Una moda que es el resultado del posmodernismo, es decir, de una era que elevó la importancia que tiene la imagen. En ese paisaje, cuando la identidad se construye a través de la apariencia y de la moda, todo – el arte, la política, la cotidiandiad – terminan reduciéndose a eso: imagen.

Hoy, en esta cultura donde el ‘yo digital’ se ha vuelto tan común, nace, además, un tipo de identidad: el ser como performance. Para ser alguien, somos perfomers. Así lo escribe una gran teórica en un ensayo llamado justamente “El ser como imagen”, donde explica que el performance de quiénes somos se hace a través de cosas materiales; – como la ropa – y a través de cosas que funcionan somo signos de lo que somos.

“Vivimos en un mundo constituido únicamente de imágenes que ya no se refieren a nada detrás de ellas mismas, pero que son ellas mismas constitutivas de lo que es real. El individuo moderno se estiliza y está más interesado en la autoridad del signo que en aquello que el signo puede representar. Una vez la ropa entra a ser dominada por la lógica de la moda, su significado se transforma completamente al azar”.

Pero no dejemos que esto se empape demasiado de teorías muy pesadas. El punto es que Kardashian es el símbolo de una moda que no dice más allá de la imagen. Lo único que hay detrás del hecho de que Kardashian vista de Azzedine Alaia, de Riccardo Tisci, de Céline es la posesión de un serio poder adquisitivo. Se podría incluso decir que Kardashian es el símbolo también de la lógica que dominaba la moda hace siglos: el consumo conspicuo. Es decir, vestir lo más costoso y rimbombante para hacer saber quién se es en la escala económica y social. En ese sentido, se podría decir que Kardashian es emblema del arribismo y que con figuras como ella se comprueba que vestir costoso no es buen vestir; es simplemente poder decir, con ropa, que se es adinerado.

Así, Kardashian está donde está porque es ella una metáfora de esa moda actual que puede ser puro signo: inflado, lustroso, con las prendas costosas, los diseñadores indicados y el uniforme para encajar. Un signo vacío. Que brilla por su imagen. Y que por imagen sea lea la ropa bonita que Kardashian puede costear y que utiliza en sus apariciones públicas.

Tal vez mi problema con Kardashian está en que creo que lo que importa detrás del vestido es la mujer y lo que ella, como individuo, representa. La mujer detrás de los vestidos lujosos, costosos y en tendencia de Kardashian es, en cambio, un signo vacío. Es la imagen en virtud de la imagen; la fama porque sí.

Pero en un mundo donde ya la ropa no tiene los mensajes o significados claros que tenía en otros tiempos, no es extraño que una persona así sea elevada a icono. Porque, al final del día, Kardashian sí es icono: de un mundo donde la imagen, bien curada, sin significado y contenido logra retener la atención – durante poco más que varios instantes – de la mirada digital. Y eso no es ni bueno ni malo, simplemente habla de cómo hoy la imagen es la que gana y bueno, de que algunos hayan confundido democracia con vulgaridad.

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